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20 septiembre 2011 2 20 /09 /septiembre /2011 17:36
  

Durante bastantes años nos han estado engañando. Si, engañando. O mejor, encandilando.

Nos han hecho pensar que la felicidad era una combinación de “derechos + democracia” y, ay dolor, nos estamos dando cuenta de que no es así.

 

Ser felices por Real Decreto, ya lo diga una Declaración Universal de Derechos o lo diga cualquier organización humana que gobierna nuestras vidas de forma más o menos coercitiva, no más que un señuelo. O una luz con el que nos quieren encandilar.

Tenéis derecho a ser felices, nos dicen y para eso os damos el derecho a tener una vivienda digna, un empleo estable, protección económica, a ser homosexuales y así una larga lista de derechos que nos otorgan. Que no son nuestros, nos los dan. Ser felices es aquello que ellos deciden que nos hace felices y nos bombardean con mensajes para que así lo creamos.

Nos dan el derecho a ser padres, a casarnos, a adoptar, si, derecho a adoptar o a ser padres y nos solo ponen las normas que lo facilitan si no que hasta nos lo financian; también tenemos derecho a cambiar de sexo, gratis total. La enumeración de derechos es interminable y llena de detalles lo que demuestra que alguien (álguienes en el idioma de nuestro Gobierno) ha pensado mucho qué derechos debe darnos para que seamos felices.

Ya tenemos esos derechos garantizados por muchas leyes, organismos que vigilan que se cumplan, policías que castigan a los que no cumplen esos derechos y cuerpos de opinión imponiendo que esos derechos, para ser verdaderos derechos, deben ser obligatorios. Si no respetas el derecho de los demás a ser homosexuales, eres homófobo, es decir, es obligatorio que yo piense que la homosexualidad está bien por tanto, es un derecho.

Con ello hemos llegado a la perfección, somos felices si nos dan unos derechos, luego esos derechos son obligatorios y por tanto, alguien tiene que vigilar que se cumplan. Ahora somos obligatoriamente felices. Algo así ha declarado Al Gore que quiere reducir el calentamiento global controlando la población haciendo el aborto una práctica común, en otras palabras, obligatoria. Nos acercamos a las ideas sobre control de la natalidad de Mao pero con traje a medida confeccionado con telas de Loro Piana.

Pero además somos lo que nos dejan ser, tenemos los derechos que nos reconocen, no los que tenemos. Es decir, somos siervos a los que les van dando progresivas concesiones para ir ganado tiempo.

Este enfoque nos lleva a un nuevo círculo en el deseo infinito de que seamos felices; hay amenazas externas, agentes del mal, desórdenes que hay que ordenar de los que no somos conscientes y que obligan a un gobierno fuerte, con accesos a las tecnologías que permitan controlar y superar esas amenazas y riesgos para que luego, solo luego, podamos ser felices.

Pero para ello, transitoriamente debemos limitar tu derecho a la paternidad, para poder reducir el número de “animales destrozadores del planeta”. O tu derecho a elegir para que haya sitio para otros.

Y siguen con el candil, dando vueltas y nosotros como tontos siguiéndolo con la mirada.

Ese candil no nos deja pensar en que los verdaderos derechos, no nos los da nadie, son parte de nos, intrínseca, inseparablemente. Y son mucho más importantes que esos pseudo derechos que nos quieren dar.

Tenemos derecho a la vida, por tanto, nadie puede decidir cuándo empieza y cuando acaba nuestra vida. Nos quieren felices como mis hijos querían a aquel galápago oloroso y del que un día se aburrieron. Por eso regulan el aborto y la eutanasia, por si nos ponemos olorosos y se aburren de nosotros. Ya os podéis imaginar lo que pasó con el galápago.

Somos seres con dignidad intrínseca, por tanto nadie puede mezclar nuestra información genética con la de otro para que seamos más guapos, más rubios, más resistentes a la enfermedad o al cansancio, mejores guerreros o trabajadores más infatigables. Por eso quieren investigar con nuestras células madres embrionarias, para que votemos aquel que nos haga un gesto con el ridículo puñito cerrado como cuando a tu perro le levantas el dedo para que no empiece a comer. Vótame, tengo el puñito cerrado y un pañuelo rojo anudado al cuello.

Somos libres para acertar o para equivocarnos, para correr riesgos o para vivir seguros, lo somos hasta para pecar o ser virtuosos, para pensar de la forma que queramos e incluso para decir lo que pensamos. Por eso, se quejan de que no pueden conducir por nosotros, nos prohíben fumar (tabaco, porque la marihuana si es buena), nos regulan la dieta y las bebidas carbonatadas. Nos marcan un plan de estudios que no se puede ampliar pero eso si, nos educan para que pensemos como ellos aunque sus ideas vayan contra natura y contra lógica y si no, ¿qué carajo es eso de la ideología de género? Y si no lo aceptas, no eres demócrata, por tanto, puedes ser sancionado o incluso, encarcelado.

Lo que nos lleva a la otra pieza de la ecuación magistral de la felicidad progresista, la democracia. Palabra que llena la boca y puesta delante o detrás de cualquier acción, ésta queda automáticamente convalidada. Para ellos la democracia consiste en que una vez cada cinco años, deben acariciar cabezas de niños, aguantar besos de jubiladas, gritar consignas sin sentido, lanzar discursos sin contenido hasta que les hacen la señal de que se está produciendo la conexión, momento en el que tienen que soltar la frase preparada, en su o fuera de su contexto, da igual, es para el telediario. Para ser justos, esos tres meses de reválida están precedidos por unas terribles peleas internas en las que las facciones, pandillas, corrientes de opinión, los llaman ellos, deciden quién tiene derecho al gran juego. Y el que se queda fuera, a pasar frío.

Por tanto, sacan sus candiles y empiezan a lanzar sus destellos hacia nosotros, a prometer nuevos derechos, a jurar amor eterno, a limpiar lo malo y poner en marcha recetas, esta vez si, que arreglen los problemas más acuciantes. Es nuestro momento de gloria en el que a través de los sondeos, podemos hacerles sufrir o albergar esperanzas pero, ¡que poco dura¡

Una vez elegidos se sientan en sus tronos, Cámaras llenas de tronos que les hace sentir grandes y todopoderosos. Con solo pulsar un botón, deciden que ir a 130kph es legal o ilegal bajo la excusa de que es peligroso para nuestra vida. Deciden que un padre ya no es padre, es progenitor y que la unión de los hombres o de dos mujeres es un matrimonio. También deciden que descargar ilegalmente una canción merece más pena que robar diez CD en un corteingles. Que ir a 160kph merece una sanción más dura e inmediata que pegar una paliza a un jubilado que daba de comer a las palomas del parque.

Y yo me pregunto: si a esos señores les ha votado un 60% del electorado, que representa un 35% de la población, ¿Quién les ha autorizado para que regulen la vida o la muerte de alguien? ¿Quién les ha dado el mandato para que regulen lo que ya es, y cambien lo que es por lo que ellos quieren que sea? ¿Quién les ha dado un cheque en blanco para que hagan ingeniería social? Porque esos temas no estaban en los programas, ni se expusieron en los debates televisados, ni se anunciaron en los mítines. Yo voté a lo que oí y leí.

Pero cuando alguna voz se levanta en este sentido, algún catedrático de la UNED escribe en un periódico de capa caída sobre la inmoralidad del mandato imperativo pero luego encuentra resonancia en otros medios, se montan debates al que invitan a un cándido al que oponen diez gritones de forma que el debate queda sentenciado desde que reparten las botellitas de agua previas al inicio de la emisión.

Y siguen con los candiles y las promesas de nuevos derechos. Para eso tenemos los tronos con el botón mágico. Nuestra democracia es tan poderosa que si a un electo le parece que no le gusta la forma en la que ocurrió la historia, se legisla, se fija mediante ley y se convierte en delito el opinar de forma distinta. Si no le gusta lo que hizo su antecesor, siguiendo la larga tradición ya vista desde los faraones, se ordena que se arranquen sus símbolos, se borre su nombre de las estelas y en su lugar se llene el callejero y el horizonte de alabanzas a los suyos que fueron al menos, tan animales como los otros.

Felicidad más democracia, la fórmula mágica de los tiempos que corren y con la que nos tienen sedados.

Pero es hora de que recordemos algo que está por encima, y es que somos creaturas, artefactos de un Creador que nos dotó de una dignidad que proviene de ser imagen y semejanza.

Y que por más señas, nos creó libres, tan libres que comimos del fruto del árbol perdido, construimos una torre que quería tocar el cielo, nos ensoberbecimos y Noe tuvo que navegar, que Sodoma, que Gomorra, que tantos actos de libertad para constatar que Dios nos hizo libres tanto que, mandó a Su Hijo a la tierra, nos dejó la nueva Alianza, nos dio Su muerte en la cruz, se nos ha aparecido Él y Su Santa Madre. Y unos han elegido no oír y otros si. Máxima libertad ante tu Creador. Ya le gustaría a Pinoccio haberla tenido.

Tan libres que muchos han dado su vida y su muerte, libremente por Él y por sus hermanos.

Tan libres que si mañana perdiera la fe, no bajaría un ángel con la espada flamígera, eso sí, oponte al sistema y verás donde acabas.

¿Cómo es posible que los candiles puedan más que la Virgen aparecida, algo que ha ocurrido tantas veces desde Su Asunción? Miramos como tontos al juego de los políticos y olvidamos que hace muy poco, en el siglo XX la Virgen vino a Portugal y en el XIX a Francia, que tal vez nos esté hablando a través de unas mujeres que dicen hablar con ella en la descompuesta Yugoslavia.

Está pasando y no oímos lo que nos dice y sin embargo prestamos atención a esos que ya nos han demostrado su nula fiabilidad.

En cada Misa, en cada momento de recogimiento, nos lo dice, eres hijo mío y entonces, ¿a qué esperamos para salir diciendo que somos más que esos falsos derechos?

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