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13 marzo 2013 3 13 /03 /marzo /2013 22:24

 

Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Ciento quince cardenales entraron en el cónclave como hombres libres, que podían disponer de su vida, viajar a donde quisieran con bastante anonimato, incluso con una cierta holgura económica. Eran cardenales, eran pastores de la Iglesia, obispos o prefectos de Congregaciones vaticanas, gente de prestigio y acostumbrados a mandar. De ellos, ciento catorce van a volver a sus casas a seguir con la vida que llevaban –enriquecidos, eso sí, por la fortísima experiencia espiritual que ha sido el cónclave-; volverán a sus trabajos, a sus rutinas, a sus ocios legítimos y necesarios, a su vida de oración, a sus vacaciones de verano, a su intimidad tranquila; podrán escribir si les place, podrán subirse a su automóvil y conducirlo ellos mismos, podrán irse a cenar a casa de unos familiares o de unos amigos sin llamar la atención de nadie, e incluso podrán ir al cine o al teatro sin que pase nada. Todo esto lo podrán seguir haciendo ciento catorce cardenales.

Pero hay uno, sólo uno, al que todo esto le estará prohibido desde ahora en adelante. Ese habrá sido elegido Papa. Su vida personal sufrirá un cambio radical, absoluto, en todo lo que se refiere a lo externo, a sus hábitos, a su forma de vivir. Tendrá, por supuesto, la libertad interior –que es la esencial-, pero ya no podrá disponer de su tiempo como lo hacía antes, ni tan siquiera podrá desarrollar sus pequeñas aficiones y se tendrá que privar hasta de los más inocentes de los placeres, como dar un paseo por la montaña en su día de descanso o bañarse en el mar en sus vacaciones de verano.

El Papa ya era un hombre de Dios antes de ser nombrado vicario de Cristo. Su vida ya había sido expropiada para ponerla al servicio de una comunidad diocesana concreta o de una labor determinada en la Iglesia católica –si estaba al frente de un dicasterio del Vaticano-. Pero desde su elección hasta las cosas más insignificantes van a ser diferentes. El pequeño Estado en el que va a vivir el resto de su vida –con la excepción de los viajes pastorales fuera de él-, va a ser su monasterio de clausura y ni siquiera podrá salir a pasear por sus jardines cuando le plazca, pues tendrá que limitarse a hacerlo cuando en ellos no haya turistas curioseando por todos los rincones.

Empieza una vida nueva para el sucesor de Pedro. Una vida de absoluta, de total entrega y dedicación a un trabajo tan hermoso como exigente. Es el vicario de Cristo. Es –como decía Santa Catalina de Siena-, el “dulce Cristo en la tierra”. Y eso es más que mucho, eso lo es todo. Pero eso, lógica e inevitablemente, tiene un precio: debe, casi, empezar de cero. Tiene que rehacer su vida, sus esquemas mentales, sus costumbres, para adaptarse a esta clausura dorada y exigente que es vivir siempre en el Vaticano. Sólo podrá apoyarse en Dios y en Él tendrá que encontrar siempre su fuerza.

 

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