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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 16:00

Tercera semana

 
La esperanza de María.
 
                María de la Fe, María de la Memoria. Pero, ¿sólo eso?. No, porque la fe –ayudada por la memoria- no puede terminar en sí misma, no puede acabar en ella. La fe es siempre puerta de otras dos virtudes: la esperanza y el amor.
                Por la fe, María encajó el terrible golpe de ver a su Hijo en aquel camino del calvario que sólo podía tener un final, la muerte. Por la fe, María no se hundió bajo el peso del dolor provocado por la crucifixión de su Hijo. Por la fe, incluso, Nuestra Señora no dudó del amor de Dios y fue capaz no sólo de resistir su dolor sino de convertirse en apoyo para Jesús, la criatura que socorre a su Creador, la discípula que auxilia a su maestro, la redimida que presta ayuda a su redentor.
Pero, ¿nada más?. No. La fe, como he dicho antes, dio paso a las otras dos grandes virtudes cristianas, la esperanza y el amor.
                ¿Qué es la esperanza? ¿en qué consiste? ¿se diferencia en algo de la fe?. La verdad es que ambas, fe y esperanza, están tan unidas que corren el riesgo de confundirse, de no distinguirse una de otra. Si por la fe creemos en algo que no podemos demostrar –lo cual no significa creer en algo que es irracional, que es increíble, sino en algo que se escapa a las leyes de la razón y que por lo tanto no se puede demostrar ni su veracidad ni su falsedad-, por la esperanza disfrutamos de algo que todavía no tenemos. La esperanza nos sitúa en una realidad que pertenece al futuro pero que ya empezamos a gozar en el presente debido a la certeza de que será nuestra más pronto o más tarde. La esperanza, por lo tanto, es la virtud que atenúa la soledad, que alivia la amargura, que hace más llevadera cualquier carga, pues te anuncia que todo pasa y que sólo Dios es el único que permanece y, con él, todo bien, toda bondad, todo amor.
                ¿Cuál fue la esperanza de María? ¿En qué consistió? ¿Cómo se revistió ella de esa virtud y qué efectos tuvo para su alma dolorida?
                Por la esperanza, la Virgen pudo soportar la prueba de ver a su Hijo morir porque consideró que ya había pasado por el trance de la muerte y que estaba en sus brazos, de nuevo vivo, de nuevo lleno de alegría, ahora sí triunfador invencible. Por la esperanza, la Virgen supo que cada salivazo en la cara de Jesús, cada gota de sangre que manaba de su frente, de sus manos, de su costado, se convertiría en oraciones fervorosas de millones de discípulos que creerían en su Hijo a lo largo de la historia. Cada bofetón de los sayones se tornaría en un piropo, cada insulto en una alabanza. La esperanza daba a la Virgen certezas y esas certezas hacían posible que ella soportara la crueldad de la tortura de ver matar a su único Hijo, el inocente cordero.
                María de la esperanza, modelo nuestro, ven a auxiliarnos en nuestras horas más oscuras. Sé tú la luz que rompe las tinieblas del dolor. Sé tú el rayo de sol que traspasa las nubes negras de la tormenta. Que podamos ser como tú, que podamos creer como tú, que podamos tener tu misma esperanza. Sólo así seremos capaces de soportar las duras cruces de la vida, la pérdida de los seres queridos, las traiciones, los desengaños, las enfermedades, la soledad, los fracasos. Tú, María de la Esperanza, eres para nosotros la voz que rompe el silencio de Dios, el modelo que nos enseña qué hay que hacer cuando ese silencio es tan fuerte que rompe y taladra nuestros oídos.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la esperanza de María, que estuvo segura de que su Hijo iba a resucitar y de ahí sacó fuerzas para no desesperarse.
 
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