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6 diciembre 2010 1 06 /12 /diciembre /2010 00:00
La Virgen María. XXI Diciembre de 2010

Coincidiendo con el mes de diciembre, mes especialmente de María porque nos recuerda con el adviento la preparación del nacimiento de Jesús y, a partir del día 24, nos hace fijar la mirada en el Niño sostenido por los brazos de la Madre, vamos a meditar sobre los primeros pasos de María como cristiana. Hasta la Encarnación era una mujer judía que, fiel a su tradición religiosa, no dudó en responder afirmativamente a la petición de Dios. Pero desde el momento en que la segunda Persona de la Santísima Trinidad tomó carne en su vientre, ella se convirtió en la primera discípula del Hijo amado, en la primera cristiana. Desde el seno Jesús empezó a enseñarle lo que más tarde nos mostró a nosotros y que conocemos como la plenitud e la Revelación. Mientras ella le cuidaba a Él, Él cuidaba de ella.

 

Imita a Maria

Primera semana
 
Madre de Dios.
 
Dejada atrás ya la etapa inicial de la vida de la Virgen María, nos la encontramos, tal y como nos enseña la tradición, como una jovencita desposada con un hombre justo llamado José, con el que todavía no había convivido. Esta joven galilea recibe, una noche de primavera, una visita inesperada que tendrá consecuencias insólitas y gigantescas no sólo para ella y su pueblo sino para toda la humanidad. Es la visita de un ángel, de un arcángel mejor: Gabriel, que, como mensajero de Dios, comunica a María que ha sido elegida por Dios para ser Madre del Mesías y pide de ella el permiso necesario para que la encarnación se produzca. María, después de preguntar por la forma, debido a que el fin no justifica los medios, da su sí y la sobra del Espíritu Santo la cubrió dejándola embarazada del Redentor.
 
Voy a dedicar varios capítulos a analizar con un poco de detalle este acontecimiento tan extraño y tan decisivo. Y la primera cosa en la que quiero detenerme es en el hecho mismo, en lo que ocurrió después de aquel sí de María. “El Verbo se hizo carne”, dirá San Juan en el prólogo de su Evangelio explicando escueta y magníficamente lo sucedido. El Verbo, la Palabra, el Mensaje, la Gracia, se hizo carne, se hizo realidad concreta y tangible, se hizo humanidad, se hizo sacramento. Y eso ocurrió no en una plaza abierta a los vientos del mundo, en un ágora de debate, en un parlamento de políticos ilustres o en los arcanos sótanos donde los poderosos acumulan sus fortunas. Ese acontecimiento, el más grande e importante de la historia de la Humanidad, tuvo lugar en el vientre de una mujercita, de una joven muchacha galilea que tenía poco patrimonio económico y cultural y que sólo contaba en su cuenta corriente con un caudal de santidad inagotable.
 
Siglos después, los cristianos, acuciados por las herejías, se reunieron en Éfeso y discernieron que verdaderamente el hijo de María era de naturaleza divina y que, por lo tanto, a ella se le debe llamar con toda propiedad “Madre de Dios”. En aquel momento elevaron a la categoría de dogma algo que, hasta entonces la mayoría de ellos había asumido del modo más natural y que sólo algunos de esos que se especializan en complicar las cosas sencillas se había atrevido a negar. María, la que dio el “sí” al arcángel Gabriel para que sirviera de intermediario y se lo comunicara a Yahvé Todopoderoso, María era, desde ese instante, la Madre de Dios, precisamente por haber aceptado ser Madre del Hijo de Dios, del Hijo del hombre, de Jesús de Nazaret.
 
Es, pues, desde el momento de la concepción que empieza la maternidad de María. Ella no se convirtió en Madre cuando dio a luz en la cueva de Belén, sino cuando quedó embarazada de Jesús en la aldea de Nazaret. Y conviene recordarlo y celebrarlo así, más que nunca en una época como la nuestra, en que el no nacido, el “nasciturus” como se le llama técnicamente, se ha convertido en un ser sin derechos, desprotegido totalmente en una sociedad consumista y secularizada como es la nuestra.
Nosotros los creyentes en Cristo –y la ciencia nos da la razón- afirmamos que la maternidad no empieza con el dar a luz, sino con la concepción, pues el nuevo ser lo es ya desde el primer instante, sin necesidad a que pasen cuatro, seis o nueve meses desde que fue concebido en el seno de su madre. Varias veces he tenido la ocasión de estar al lado de mujeres que, espontánea y naturalmente, han abortado. No experimentaron la pérdida del feto como la de un pedazo de su propia carne, como una especie de adelgazamiento súbito o la expulsión de un quiste. Todas ellas sentían que lo que había muerto en su vientre, sin culpa de ellas, era un ser diferente a ellas mismas, era una nueva criatura. Y todas ellas –con más o menos intensidad- experimentaban el dolor por esa pérdida, aunque ese dolor fuera menos que si hubieran llegado a ver viva a la criatura que albergaban en su seno.
 
Por lo tanto, en este primer capítulo dedicado a contemplar el hecho de la encarnación del Hijo de Dios en la Virgen María, lo fundamental que quiero destacar es que la maternidad no empieza con el parto sino con la concepción. María fue Madre de Jesús, Madre de Dios, en Nazaret y no en Belén, desde el “sí” al ángel y no desde que abrazó al pequeño Jesús en la humilde cuna que José construyó para su hijo adoptivo en la cueva belemnita.
 
¿Qué podemos pedirle a María al contemplarla como Madre de Dios? En primer lugar deberíamos pedirle por todas las mujeres que se encuentran en su misma situación, que acaban de concebir a un hijo y que tienen por delante nueve meses de embarazo más o menos difícil. Debemos pedirle especialmente por aquellas que ven ese embarazo como una carga y que, abandonadas en muchas ocasiones por una sociedad hipócrita y machista, se ven solicitadas por la tentación del aborto. Y, como no se trata sólo de pedir, hagamos ante María, contemplada con el bello nombre de Madre de Dios, la promesa de estar siempre a favor de la vida. No sólo con gestos, firmas o protestas, sino sobre todo con acciones eficaces, con obras de solidaridad dirigidas especialmente hacia aquellas mujeres que, por sentirse solas, corren el grave riesgo de cometer el mayor de los errores que puede cometer una mujer: matar a su propio hijo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios por haber tenido unos padres que nos permitieron nacer y ofrecer a las mujeres embarazadas con problemas nuestra ayuda.
 
frmaria
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