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20 diciembre 2010 1 20 /12 /diciembre /2010 00:00
Tercera semana
 
Alégrate María.
 
Creo que todos hemos hecho la experiencia de lo bien que se siente uno después de haberlo pasado mal, una vez, claro está, que los problemas se han resuelto satisfactoriamente. Es como cuando se aprueba un examen difícil, que costó grandes esfuerzos preparar. O como cuando se consigue llevar a cabo un trabajo que implicaba un gran reto profesional. En términos deportivos, es algo así como coronar una empinada e inaccesible cima, ganar un campeonato o, simplemente, superarse a uno mismo logrando establecer marcas hasta poco antes impensables.
 
Pues bien, algo así debió sentir María cuando las cosas se fueron resolviendo, pasito a pasito, del mejor modo posible. La fe en Dios, la certeza de que el Señor, que la había metido en aquel lío, no la dejaría sola, la empujaba y sostenía. Pero no la ahorraba sufrimientos ni angustias, lo mismo que a su divino Hijo, cuando le llegó el momento de la cruz, no le fueron ahorrados los sufrimientos de los clavos o de los insultos de los fariseos.
 
María tuvo que pasar por el bochorno y el mal rato de hablar con su padre, con su madre, con José su novio, con sus amigas, con las vecinas, con los vecinos. Desfiló ante la mirada irónica y escéptica de unos y de otros, que la contemplaban, con su vientre hinchado, como a aquella “mosquita muerta que se había quedado embarazada antes de casarse”. Más de uno diría, con crueldad, al verla trajinar por las calles de Nazaret: “No te fíes de las aguas mansas”, pues de ella, y todos lo sabían, jamás se había podido decir un reproche ni una queja.
 
Todo eso, y mucho más que no nos podemos ni imaginar, lo tuvo que soportar María. Por eso no debemos extrañarnos que sintiera una intensa alegría a medida que se iban resolviendo las cosas. Claro que todavía le faltaban nuevos e inesperados problemas por afrontar, como la llegada a Belén y la imposibilidad de encontrar un alojamiento digno, pero, de momento, los graves problemas del inicio de su aventura encontraban paulatinamente solución.
 
Tenía, pues, motivos la Virgen para experimentar la veracidad de las palabras con que el arcángel Gabriel había empezado su saludo, la noche de la encarnación: ¡Alégrate, María!. Alégrate, efectivamente, porque cuando dijiste tu “sí” a Dios tomaste la opción acertada. ¡Qué tristeza, qué tremendo error habría sido rechazar a Cristo sólo por no tener complicaciones! No sólo el mundo se hubiera quedado sin Redentor, sino que ella se habría quedado sin el incomparable placer de tener entre sus brazos al Hijo de Dios.
 
Me recuerda esta etapa de la vida de la Virgen a un viejo salmo, que conviene recordar y rezar de vez en cuando: “Al ir iba llorando, llevando la semilla”, para añadir “al volver vuelve cantando, llevando las gavillas”. Y es que, en la vida, conviene saber sembrar, saber esperar, saber creer, saber arriesgar. Los que quieren el fruto inmediato, antes incluso de haber hecho nada para merecerlo, no lo disfrutan nunca. Los que, en cambio, son capaces de tener ideales y sacrificarse por ellos, aunque los resultados tarden en llegar, e incluso aunque no sean el cien por cien de los previstos, disfrutan enormemente con el éxito cosechado.
La imitación de María, contemplándola como la mujer que disfruta de un éxito que no le ha sido fácil conseguir, nos debe llevar a ser como ella a la hora de fiarnos de Dios. Merece la pena apostar nuestra vida en la causa del Señor. Es posible que tengamos que vivir más de un susto, más de una prueba. Es posible, incluso, que pasemos toda la vida sin recoger ni un solo fruto. Pero, no lo olvidemos, para nosotros el tiempo no es una medida sólo mundana; existe la otra vida y allí disfrutaremos del premio que les espera a los que han creído en el amor, como María, y a los que, como ella, han sido capaces de arriesgar para hacer la voluntad de Dios, para amar, para sacrificarse por los demás, para servir.
 
Propósito: Hacer la voluntad de Dios puede ser difícil, pero siempre es motivo de paz interior, de profunda alegría. Imitemos a María y escuchemos, como ella, la voz del ángel que nos invita a ser felices.
 
frmaria
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