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24 enero 2011 1 24 /01 /enero /2011 16:43

Quinta semana

 

Boda con José.

Si en el capítulo anterior hemos visto a María afrontando las críticas de los bienpensantes de su pueblo, el paso siguiente es ver su relación con José. El Evangelio nos dice de él dos cosas. Primera, que estaba desposado con la Virgen pero que, según la costumbre judía, aún no habían empezado a vivir juntos, es decir que sólo había tenido lugar la primera parte de la boda, lo que hoy llamaríamos el “compromiso”. En segundo lugar nos dice que José era un hombre justo, un hombre bueno; esa bondad no le llevó a aceptar a la Virgen con la criatura que llevaba en su vientre, pero sí a planear repudiarla en secreto a fin de que ella no fuera castigada con la pena reservada a las adúlteras, la lapidación.

 

Hasta aquí el lado humano de las cosas. Según esto, que era el mejor de los casos posibles, María habría terminado como madre soltera, posiblemente fuera de Nazaret, protegida tan sólo por sus padres y con la difícil misión -sobre todo en aquella época- de sacar adelante a su hijo sin la ayuda de su marido. Pero Dios no podía dejar que los acontecimientos siguieran ese curso. “Para Dios no hay nada imposible”, le había dicho el arcángel Gabriel a María en el momento de la anunciación. Y en función de ese poder omnipotente, José recibió la revelación de lo que había ocurrido y no dudó, como dice el Evangelio, en “aceptar a María en su casa”.

 

No sé si hubo o no muchas explicaciones entre los dos, entre José y María. Me imagino que, una vez que José lo supo todo, debió pedirle disculpas a su prometida por haber dudado de ella y haber necesitado la aparición de un ángel para creer en su versión. Claro que también puede suceder que María no le hubiera contado nada y hubiera preferido guardar la reserva sobre lo sucedido, en parte porque su explicación era, desde el punto de vista humano, totalmente increíble, y en parte porque estaba decidida a confiar en Dios y a dejar que fuera él quien resolvía las cosas.

 

El caso es que los dos, María y José, llegaron a un acuerdo tan hermoso como difícil: casarse y, a la vez, mantenerse en la más completa castidad. Sobre esto hay, naturalmente, muchas tradiciones. Para algunos, José era tan anciano que no representaba ningún problema para él cumplir el voto de castidad. Para otros, aunque era joven, había decidido, ya antes de desposarse con María, vivir la castidad dentro del matrimonio y se sorprendió gratamente cuando se enteró de que su joven esposa deseaba hacer lo mismo. Lo que ocurrió en realidad pertenece al misterio y a esa intimidad entre dos personas que debe permanecer en lo escondido. En cambio sí que es importante saber que tanto María como José convivieron como esposos y que, a la vez, no mantuvieron ningún tipo de relación. Fuera esto consecuencia de una opción personal de ambos, o fuera debido a que él aceptó lo que su mujer le pedía, la realidad es que aquel fue un matrimonio lleno de amor, más grande cuanto más difícil pudo ser mantener esa castidad durante los años que duró su convivencia.

 

En este pasaje de la boda entre María y José y de su posterior vida en común, no es sólo la Virgen la que se nos presenta como maestra y modelo. También él, José, es un ejemplo para nosotros. Un ejemplo de docilidad a la voluntad de Dios, pues fue capaz de cambiar sus planes iniciales para hacer lo que el Señor le pedía sin reclamar más explicaciones ni alegar derechos. Creo que, en parte, es por esto por lo que la Iglesia le ha propuesto como patrono de las vocaciones sacerdotales. No sólo fue el custodio del primer sacerdote, Jesús, sino que él mismo es modelo de alguien que cambia su plan de vida cuando Dios le pide que lo haga, que es precisamente lo que os ocurre a los que, en nuestra adolescencia o juventud, hemos sentido la llamada de Dios y hemos experimentado la dificultad de hacer algo que, hasta entonces, no teníamos previsto.

 

José es modelo también de hombre que cree en la palabra de su esposa y que rechaza ese vicio nefasto que se llama “celos”. No sólo no tuvo celos del Espíritu Santo, sino que trató a Jesús, que no era carne de su carne, con mayor cariño y dedicación que si hubiera sido fruto de su relación con María. Como cada vez hay más casos de parejas formadas por cónyuges que aportan hijos de anteriores matrimonios, algunas de ellas formadas tras una viudedad o una anulación matrimonial y otras fruto de un divorcio, José puede ser modelo de amor a un hijo que no era suyo y al que Dios le pedía que consagrara su vida y que, por él, renunciara incluso a su propia descendencia.

 

Propósito: Agradecerle a Dios por San José, sin el cual todo hubiera sido muchísimo más difícil para María y para Jesús, y rezarle a él con frecuencia pues es el patrono de la Iglesia.

 

frmaria

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