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10 enero 2011 1 10 /01 /enero /2011 16:38

Tercera semana

 

Derriba del trono a los poderosos.

El Magníficat no termina con el enunciado inicial, el que veíamos en el capítulo anterior, dedicado a dejar claro, por parte de la Virgen y ante su prima, que, si bien las maravillas existen, es Dios el que las realiza. Más adelante, en esa oración magnífica, Nuestra Señora, llena del don de profecía, afirma lo siguiente:

“El -refiriéndose a Dios- hace proezas con su brazo. Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.

 

No parece la Virgen, al proclamar ese mensaje, una jovencita ñoña, de espiritualidad de cuello torcido, mojigata y cursi como algunos quieren presentar. Por el contrario, una vez más, se nos muestra como la mujer fuerte, decidida, valiente, enamorada de Dios pero también preocupada por la suerte de los hombres. La que dice que los soberbios van a ser derribados y que los pobres se verán enaltecidos, la que advierte que los ricos se irán con las manos vacías mientras que los que pasan hambre se verán saciados, es la mujer más revolucionaria de la historia. Con años de anticipación, llevando en su seno al Salvador del mundo, la Virgen pronunció palabras muy parecidas a las que, después, diría su Hijo en aquel incomparable sermón del monte, donde enunció su mensaje ético resumido en las llamadas “bienaventuranzas”.

 

No nos engañemos, pues, ni con respecto a la Virgen ni con respecto a lo que nos espera por parte de Dios. Nuestra Señora, llena de amor y de misericordia, no puede dar otro mensaje distinto del que dio su Hijo. Y si éste advierte que el día del Juicio será terrible para los que han visto a sus hermanos pasar hambre y han pasado de largo ante ellos sin ayudarles, lo mismo hace la Virgen. Con cariño, con el cariño de una madre que es a la vez educadora, insiste en recordarnos que si vamos por el mundo sembrando egoísmos no podremos esperar ni de Dios ni de los hombres otra cosa más que tempestades.

 

Aconsejo, pues, meditar despacio esta oración del Magníficat. Leer con calma cada una de sus frases. Darse cuenta de que fueron pronunciadas y escritas hace dos mil años, cuando no había democracia ni se hablaba todavía de los derechos humanos. En aquella época lejana, la época en la que la esclavitud era algo normal, lo mismo que eran frecuentes los sacrificios humanos a los dioses, una mujer, María, la Inmaculada, llevando a su divino Hijo en su vientre, proclamó el mensaje más revolucionario de todos los tiempos: Dios no es indiferente a la suerte de los que sufren, de las víctimas, de los que pasan hambre. Dios es el Señor de la Misericordia pero también lo es de la Justicia. Los que se han enriquecido a costa de los demás, los que han reído mientras otros lloraban, los que han vivido bien porque hacían vivir mal a otros, serán juzgados por el mismo Dios que sufrió mientras sus hijos eran maltratados, humillados, perseguidos.

 

¿Qué tenemos que hacer? Pedirle a María que nos dé luz y fuerza. Luz para discernir hasta qué punto tenemos que llegar en nuestra entrega a los necesitados, habida cuenta de que los problemas del mundo son enormes y nuestras obligaciones -que también son voluntad de Dios- nos impiden dedicarnos por entero a consolar al que sufre. Que nos dé, pues, luz para discernir, y, sobre todo, que nos dé un corazón capaz de amar. Si cada uno de nosotros hiciera simplemente lo que puede, si diera la limosna que puede dar, si visitara a los enfermos que puede visitar, si consolara sólo a aquellos que buenamente puede consolar, no cabe duda de que habría muchísimo menos dolor, menos lágrimas, menos hambre, menos soledad. En cambio, nos excusamos en nuestras ocupaciones, en nuestros gastos siempre crecientes, en nuestra falta de tiempo, cuando lo que nos falta es ganas de amar, ganas de ayudar, capacidad de sacrificio.

 

Propósito: Confiar en Dios, sabiendo que no abandona a sus hijos y no hacer nada que vaya contra su voluntad, como hizo María.

 

 

frmaria

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