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1 noviembre 2010 1 01 /11 /noviembre /2010 16:08
La Virgen María. XX Noviembre de 2010

Seguimos meditando en este mes de noviembre sobre los primeros años de la Virgen María, antes de la aparición del ángel Gabriel. Aprovechamos algunas de las advocaciones con que las letanías nos enseñan a dirigirnos a ella para darnos cuenta de cómo María resumió todas las virtudes de su pueblo, el judío, el pueblo elegido del que debía nacer el Mesías.

             Primera semana
 
Arca de la Alianza.
 
En las Letanías decimos que María es el “Arca de la Alianza”. “Arca de la Nueva Alianza”, deberíamos decir mejor, pues fue en su vientre donde se gestó esa nueva alianza que Dios quiso hacer con los hombres cuando decidió enviar a su Hijo, Jesucristo, para redimir a los hombres.
 
El antiguo Arca de la Alianza, era un baúl de maderas nobles, protegido por dos ángeles también de madera o quizá de oro. Sin embargo, no era el arte o el precio de los materiales lo que hacían valioso al Arca. Los israelitas lo custodiaban con esmero porque en su interior se conservaban las tablas de la ley que Yahvé entregó a Moisés en el Sinaí.
 
El Arca era, por lo tanto, el objeto más sagrado del pueblo judío, pues contenía el documento, escrito en piedra, que testificaba la alianza entre Dios y su pueblo. Un documento, una alianza, que establecía obligaciones para las dos partes firmantes del mismo. El pueblo tenía que cumplir los mandamientos de la ley y, a cambio, Yahvé protegería al pueblo de sus muchos enemigos, los vecinos que querían conquistarle, las malas cosechas o las enfermedades.
 
Las tablas de la ley eran, por así decirlo, un documento notarial. Eran, además, la prueba de que Dios había intervenido en la historia y que, por lo tanto, los israelitas no estaban hablando de mitos, como los pueblos vecinos, sino de cosas reales y tangibles. Tan tangibles como las plagas contra el Egipto esclavizador, como el maná del desierto o como el agua que salía de la roca para saciar la sed del pueblo.
 
¿Qué sentido tiene decir que María es el “Arca de la nueva Alianza”. En primer lugar hay que destacar la nobleza de los materiales. Si el primer arca era valiosa por sí misma, por haber estado confeccionada con roble, con nogal, con ébano o con cualquier otra madera costosa, más valiosa era la segunda, constituida por una persona viva, por un ser humano, por la Inmaculada, por María. Y si el primer arca era un tesoro preciadísimo por el hecho de contener en él las tablas de la ley, más valor tenía la segunda, que llevó en su vientre, custodió, alimentó, dio carne y afecto, no a un documento escrito en piedra sino al autor mismo del documento. María no protegió, durante su embarazo, a un acta notarial, sino que llevó en su seno al mismísimo Hijo de Dios, el cual, más que ninguna otra prueba, era la manifestación explícita y definitiva de que Dios se interesaba por su pueblo, de que Dios se introducía en la historia de los hombres para salvar a los hombres.
Por eso me gustan algunas antiguas imágenes de María que la representaban como una mujer embarazada y en cuyo vientre se había hecho un hueco para introducir el Santísimo. Estas imágenes-sagrario son una auténtica lección de Teología. Ella, la joven virgen es, a la vez, protectora del tesoro mayor que han podido contemplar los tiempos: el Hijo de Dios hecho hombre. Y lo protege no con herrajes, con cadenas, con gruesas tablas de la mejor madera o con espesos muros del más duro forjado. Lo protege con la frágil pared de la piel humana, con la poderosa fuerza del amor de una madre.
 
Pidámosle a María, cuando la contemplamos como “Arca de la Alianza”, que seamos también nosotros capaces de convertirnos en portadores de Dios. En dignos portadores de Dios. Que los que nos vean, los que saben que somos cristianos y saben, quizá, que vamos a misa y comulgamos, no tengan la impresión de que somos tabernáculos corrompidos sino dignos templos del Señor, dignos templos del Espíritu Santo.
 
Y luego pensemos que en nosotros, como en María, no se guardan tablas de piedra, sino una nueva ley, una nueva alianza, la del amor, la de la caridad. No debemos pues aspirar sólo a los mínimos, a cumplir los mandamientos de Moisés, sino a los máximos, los mandamientos de la ley cristiana, de las bienaventuranzas..
 
 
Propósito: Agradecer a Dios que Nuestra Madre se haya convertido en el Sagrario más precioso porque contuvo no una tabla de piedra sino al propio Dios. E imitarla.
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