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8 noviembre 2010 1 08 /11 /noviembre /2010 16:15
Segunda semana
 
Reina de los Patriarcas.
 
En esta etapa inicial de meditación sobre la vida de la Virgen quiero detenerme en un aspecto de su naturaleza que contemplamos al rezar las letanías. A María la llamamos, cuando hacemos esa hermosa oración, “Reina de los Patriarcas”. Nos estamos refiriendo, al hacerlo, a aquellos grandes hombres que están en los orígenes del pueblo de Israel y, por lo tanto, en los orígenes de nuestra propia experiencia religiosa, pues no hay que olvidar que Cristo construye su Iglesia como plenitud de la Revelación, no como inicio de la misma, es decir que Cristo no empezó de cero sino que completó la obra iniciada muchos siglos antes por el Padre, el Espíritu Santo y él mismo.
 
Con el término “patriarca” designamos a hombres como Abraham, Isaac y Jacob. Estos tres pilares iniciales del pueblo de Israel (nombre, por cierto, dado por Dios a Jacob, de cuyos doce hijos derivan las doce tribus) tienen una característica común: la fe. Por fe, Abraham dejó su tierra, en Ur de los Caldeos, y emprendió una larga marcha de peregrinación hacia un país desconocido que, el hasta entonces Dios desconocido para él, Yahvé, le había prometido. La fe fue el principal alimento de Abraham no sólo durante su largo peregrinaje, sino también ante el incumplimiento por parte de Dios de una de las promesas que le había hecho: la numerosa descendencia. Como se sabe, Abraham había envejecido y no tenía otro hijo más que Agar, el concebido por su esclava, ya que Sara, su mujer, no había podido darle ninguno. Sin embargo, Abraham seguía manteniendo la fe, seguía creyendo que la promesa de Dios –la tierra y la prole numerosa- se cumpliría. Es por esa fe, una fe que seguía en pie cuando ya no había motivos humanos para mantenerla, por lo que Abraham es considerado “padre de todos los creyentes” y, como tal, es un modelo válido también para nosotros, los cristianos.
 
¡Cuántas veces en la vida nosotros nos encontramos atravesando dificultades! ¡Cuántas veces experimentamos el silencio de Dios! ¡Cuántas veces hemos pedido, con lágrimas en los ojos incluso, que el Señor viniera en nuestro auxilio y el cielo ha permanecido sordo a nuestras súplicas!. Enfermedades, muertes, rupturas familiares, paro, pecados y tantas y tantas otras causas de sufrimientos como fatigan a los hombres, son motivos para dudar. Motivos que se convierten en grietas que amenazan con derribar el edificio de nuestra fe, que nos invitan a decir aquello que la mujer de Job aconsejaba a su marido –“Maldice a Dios y muérete”- mientras éste seguía insistiendo –en medio de su desgracia- que Dios era bueno y que ayudaba a los buenos.
 
Los patriarcas, aquellos gigantes que estuvieron en los inicios de la formación del pueblo de Dios, son, para todos los creyentes, un modelo de fe en medio de las contrariedades y las dificultades.
 
¿Y María? ¿Por qué se dice de la Virgen que es la Reina de todos ellos?. Sin duda que por un solo motivo: porque ella es maestra en la fe, maestra en la perseverancia, maestra en la fidelidad. Ella es la roca que no tiembla por mucho que se mueven los cimientos de la tierra. Ella es la que no admite dudas, aunque la realidad le grite una y otra vez que los motivos humanos para creer han desaparecido. Si a María, especialmente en su desolación al pie de la Cruz, se le aplican aquellas palabras del Antiguo Testamento: “Miradme, no hay dolor como mi dolor”, con más motivo se le deben aplicar estas otras: “Miradme, no hay fe como mi fe”. Esa misma Virgen desolada, golpeada con la prueba del Hijo asesinado y con la más terrible aún del silencio del Dios que lo permitía, es la Virgen fuerte, la Virgen que sigue creyendo que, a pesar de lo que ven sus ojos, Dios sigue estando detrás de las más espesas nubes, sigue siendo amor, sigue escuchando y atendiendo las súplicas de sus hijos. Con razón se dice de ella, por lo tanto, que es la “Reina de los Patriarcas”. Es la Reina de todos los que pasan momentos difíciles y dudan del amor de Dios. Y si de Abraham se puede afirmar que es “padre de los que tienen fe”, sin duda que podemos decir de María que es la “Madre de todos los creyentes”, la Madre de los que quieren ver y no ven, necesitan oír y no oyen. Una Madre que ha pasado por las mismas pruebas que sus hijos, que ha perseverado en la fe cuando ésta era más oscura y desnuda y que ahora puede ayudar a los que repiten esas mismas experiencias mostrándose ante ellos como la que ha vencido porque ha perseverado, la que ha tenido razón porque no se ha dejado llevar de las primeras impresiones por fuertes y duraderas que fueran éstas.
 
 
Propósito: Agradecer a Dios la fe que tuvo María y su confianza a toda prueba. Sin ellas no habría resistido tantas dificultades. Y, una vez más, intentar imitarla.
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