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15 noviembre 2010 1 15 /11 /noviembre /2010 16:17
Tercera semana
 
Reina de los Profetas.
 
De María no sólo decimos que es la “Reina de los Patriarcas”, sino que nos referimos a ella dándole otro apelativo ligado a otro grupo de grandes personajes del Antiguo Testamento, los Profetas.
 
Los Profetas, en contraposición a los Patriarcas, no fueron pocos, sino muchos. Su presencia en el pueblo de Israel no está ligada a los inicios, como aquellos, sino que se extienden casi por toda la historia de ese pueblo y por toda su geografía. Pertenecientes a las clases sociales más variadas, con cultura y formación muy dispar, a todos ellos hay que considerarlos, ante todo, no como adivinos o anunciadores de lo que ocurrirá en el futuro, sino como enviados del Señor que tienen la misión de transmitir un mensaje al pueblo de Dios.
Ese mensaje no siempre era de calamidades, pues no faltan los profetas y las profecías que anuncian al pueblo la inminente llegada de una época de paz y de prosperidad, especialmente cuando Israel se encontraba postrada por las calamidades de la guerra, de las pestes o del hambre.
 
Pero, en general, los profetas, anuncien desgracias o anuncien venturas, lo que hacen es señalar hacia el cielo. El pueblo de Israel, por muy elegido que fuera, era un pueblo de hombres y mujeres de carne y hueso, sometido a las tentaciones y que incurría en el pecado. El pecado era tanto individual como colectivo y eso les conducía a separarse del Altísimo, a adorar otros dioses, a hacer cosas que disgustaban a Dios y les hacían daño a ellos mismos. Cuando eso ocurría, Dios le pedía a algún amigo suyo que hiciera el favor de hablar en su nombre a aquel pueblo de dura cerviz, con el fin de evitarles las desgracias que les esperaban si seguían por el camino erróneo en el que se habían metido. Naturalmente que, como a nadie le gusta que le corrijan, la mayor parte de las veces los profetas no eran bien recibidos y no pocos de ellos terminaron su vida trágicamente. A ello aludirá Jesús cuando reprocha a Jerusalén haber sido la tumba de tantos de los enviados por su Padre.
 
Profecía no es, por lo tanto, adivinanza, sino advertencia o, mejor aún, recuerdo. El profeta recuerda al hombre sus obligaciones para con Dios y le recuerda también que sólo al lado de Dios va a encontrar la felicidad que busca.
 
En nuestro tiempo no hay muchos profetas, pero tampoco faltan. Personalmente creo que Juan Pablo II es, además de Papa, un gran profeta, pues a pesar de las críticas que le hacen insiste en hablar a los hombres y decirles que por el camino del consumismo y de la relajación no se llega al puerto de la felicidad sino al de la autodestrucción. Claro que no es el único. Profeta fue la Madre de Teresa de Calcuta, que se irguió ante los ojos de los hombres como una mujer valiente que señalaba, con sus obras, el error de considerar valioso sólo lo útil, lo joven, lo poderoso. Y no sólo ellos. Son profetas tantos misioneros, tantos obispos, tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que, con su comportamiento y también con sus palabras, invitan a los hombres a mirar al Cielo y a no vivir como animales, contemplando sólo la perspectiva de la tierra.
 
¿Por qué María es “Reina de los Profetas”? Porque nadie como ella hace esa función de dirigir nuestra mirada hacia arriba. Mira a tu Dios, mira a tu Creador, mira a tu Padre –nos dice continuamente-. Sé fiel a tus promesas, cumple con tus obligaciones, no adores a otros dioses –añade-. No creas que el dinero, por sí solo, te va a dar la felicidad. No hagas sacrificios ni ofrendas en el altar del poder, ni en el del placer ligado al sexo. No eches tu incienso ante las estatuas de los poderosos de la tierra o ante la de la moda y del qué dirán. No te dejes seducir por los cantos de sirena que te invitan a creer que no existe nada detrás de la muerte o que, hagas lo que hagas dará igual, pues todo el mundo se salva.
 
Esa es María, “Reina de los Profetas”, la que, por amor a nosotros, nos está invitando continuamente a que elevemos nuestra mirada a lo alto, al amor de Dios, al cielo.
 
 
Propósito: Agradecerle a Dios que, a través de María, sigue advirtiéndonos, como los profetas del Antiguo Testamento, para que no nos desviemos del camino de la salvación.
 
 
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