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18 octubre 2010 1 18 /10 /octubre /2010 00:00
FRmaria El Salvador
 
Tercera semana
 
Rechazo del pecado.
 
Son muchas las voces que se alzan para advertir del riesgo que supone una de las características más típicas de nuestra época: la desaparición de la frontera entre el bien y el mal, debido al efecto demoledor del relativismo moral. Son cada vez más, y no sólo sacerdotes o teólogos, los que señalan esa desaparición como altamente nociva para la persona y para la sociedad. Es positivo que estas voces de alarma existan, por más que a veces parezca que predican en el desierto. Y es que, efectivamente, en nuestro mundo da la sensación de que ha desaparecido el concepto de pecado; todo da igual, todo tiene el mismo valor, todo está cubierto con la pátina gris del relativismo y de la mediocridad. Así vemos que hay personas que se escandalizan –con razón- por la matanza de las focas o de las ballenas, pero que defienden el aborto o la eutanasia. Recientemente, incluso, ha tenido lugar un hecho representativo de esta mentalidad; la policía de Canadá detuvo a un centenar de inmigrantes ilegales chinos, que llevaban consigo un perro; enterada la opinión pública de que les iban a deportar a todos, fueron numerosas las peticiones de que expulsaran a las personas pero que se diera “asilo” al perro.
 
El bien y el mal carecen, por lo tanto, de una frontera precisa. Algunos podrán pensar que eso es bueno pues, si todos se salvan según su conciencia, lo mejor es no saber que lo que se hace es malo y así no se peca. Según este argumento, se salvarán con más facilidad los que no conozcan a Dios que los que sí le conozcan y, también según este argumento, en el cielo podremos ver a Stalin, Hitler y Mao, entre otros grandes criminales de la historia, junto a la Madre Teresa de Calcuta o a San Francisco de Asís. El cardenal Ratzinger ha señalado el absurdo que encierra ese planteamiento y lo ha comparado con el dolor físico; el dolor, dice el purpurado alemán, es una realidad molesta, pero, de por sí, tiene un objetivo bueno: indicar que algo va mal en el organismo; es como una señal de alarma que, al encenderse, nos invita a fijarnos con más detenimiento en la parte del cuerpo afectada. Sin el dolor, podríamos abrasarnos inconscientemente o sería demasiado tarde para aplicar una terapia adecuada a numerosas enfermedades. Pues bien, constata Ratzinger, la conciencia ejerce ese mismo papel; sin conciencia, podemos estar haciendo sufrir a mucha gente e incluso a nosotros mismos sin darnos cuenta de ello; sin conciencia, no tenemos posibilidad alguna de saber qué hacemos mal y, por lo tanto, es imposible mejorar, progresar, curarse de las enfermedades del espíritu.
 
¿Y todo esto qué tiene que ver con María?. Muchísimo, puesto que, aunque ella fue concebida sin pecado original, vio a su alrededor los rastros atroces del pecado y, lo mismo que Cristo en el desierto, lo más probable es que también ella supiera del dulce y venenoso sabor de las tentaciones. María, como después haría su divino Hijo, eligió no pecar. María optó por la vía de la santidad y lo hizo conscientemente, sabiendo bien lo que hacía. Lo hizo por amor a Dios, pero lo hizo también porque era consciente de que lo que Dios le pide al hombre –en este caso a ella- es por el bien del hombre. Dios no busca nuestro fastidio, ni que no disfrutemos de los goces de la vida. Dios busca nuestra felicidad y, como consecuencia, la conciencia es una gran aliada para saber discernir qué nos conviene y qué nos hace daño, qué nos hará disfrutar verdaderamente de la vida y qué, por el contrario, nos la amargará a la larga e incluso a la corta.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que hizo a María capaz de fiarse de Él y de seguir sus enseñanzas y la de sus mayores, para aprender a distinguir el bien del mal y a elegir el bien y rechazar el pecado.
 
frmaria
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