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26 noviembre 2010 5 26 /11 /noviembre /2010 00:00
Domingo I Adviento: Acoger al invitado 28 de noviembre de 2010

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor". (Mt 24, 42).

Empieza el Adviento y, con él, un nuevo año litúrgico. Comienza el tiempo dedicado a preparar la Navidad y, como todo comienzo, tiene mucho de novedad, a pesar de que lo que vamos a recordar y renovar -la venida del Hijo de Dios- es ya conocido por todos.
 
La actitud con la que la Iglesia nos invita a estrenar este tiempo de preparación es la de estar en vela, la de irnos poniendo en condiciones para que la llegada del Señor no nos coja ni desprevenidos ni poco preparados. Por eso, la “palabra de vida” de esta semana nos dice que deberíamos actuar como si en casa fuéramos a recibir a un invitado muy importante, el más importante, y como si corriéramos el riesgo de que, de no estar alerta, él pasara de largo sin detenerse. Claro que, para tener esta actitud, hace falta que nos interese de verdad su venida y acogerle en nuestra casa, hace falta que consideremos el encuentro con él como la mayor suerte que nos ha podido deparar la vida. Por desgracia, si ir a misa o comulgar estuviera unido a recibir dinero o tener unos gramos más de salud, seguro que habría muchos que no faltarían a la cita dominical. ¿Qué estaría yo dispuesto a hacer por un millón de euros? No habría sacrificio físico que despreciase, ni esfuerzo que no afrontase; no me importaría lo temprano que tuviese que sonar el despertador o la paciencia que tuviese que emplear con mi jefe. ¿Y por ti, Señor? ¿Es que no vales tú más que eso? ¿Es que tu amistad no tiene un valor mayor que el dinero? ¿Quién estaba a mi lado cuando me fallaron los amigos? ¿Quién estará cuando me llegue la muerte? ¿Quién ha hecho por mí tan solo una pequeña parte de lo que has hecho tú?.
 
Cristo necesita que le quieras por él mismo y está esperando que le acojas como el mejor invitado.
Propósito: Prepararnos para acoger a Cristo en nuestra vida con un buen examen de conciencia, para descubrir qué hemos hecho mal e intentar corregirlo. Rezar e ir a misa más.

 

FRmaria El Salvador

 

 

Queridos Franciscanos de María, esta semana empezamos el Adviento, lo que significa que empezamos la preparación de la Navidad. Es decir, empezamos a prepararnos espiritualmente para celebrar el Nacimiento de Jesucristo. Lo primero que debemos preguntarnos es quién es este invitado que puntualmente llamará a nuestra casa el 25 de diciembre, porque en función de quién sea así debemos hacer la preparación. Sabemos la respuesta: es el Señor, es el Salvador. Pero ¿es un salvador o el Salvador? ¿es uno más de los muchos que han hecho algo bueno por la humanidad o que dicen haberlo hecho o es el que ha salvado de verdad a la humanidad y no sólo ha hecho algo bueno o incluso algo muy bueno, sino algo definitivo?

 

Nosotros creemos y confesamos a Cristo no como a un salvador, sino como al Salvador. Esta fe, sin embargo, está basada en la experiencia, en nuestra experiencia personal y en la historia de la humanidad, pues realmente hay un antes y un después del nacimiento de Cristo, de su muerte y de su resurrección.

 

Vivimos en un momento de crisis tan delicado, tan grave, tan profundo, que la afirmación de que Cristo es el único Salvador no sólo cobra más fuerza sino que resulta más evidente.  Han pretendido, y lo han conseguido, hacer un mundo sin Dios y, sobre todo, un mundo sin Cristo. Pero lo que no han conseguido es que este mundo sea más humano; al contrario, el mundo sin Cristo es más agresivo, más competitivo, más materialista, más desgraciado. Y, por lo tanto, más inhumano. Prometieron que el Estado del Bienestar nos daría la ansiada felicidad y ahora ese Estado del bienestar está por tierra, como un gigante con los pies rotos porque eran de barro. El mundo sin Cristo es un mundo inhumano, en el cual el hombre se ha vuelto lobo contra el hombre, pues rota la barrera de la conciencia por el relativismo ya no hay límites para que el rico ahogue al pobre, el fuerte al débil, el culpable al inocente. Por esto, al preparar la venida del Salvador debemos decirle con todo el corazón, con ansia incluso, ese “Ven, Señor” de que nos habla la liturgia. “Te necesitamos –debemos añadir-. Sin ti no somos nada ni nadie. Sin ti no hay esperanza. Sin ti nos autodestruimos”. Y, porque sabemos que eso es verdad, debemos prepararnos espiritualmente para acogerlo, quitando todo aquello que le moleste, que impida su reinado en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestra sociedad. Empecemos por la confesión y también por quitar el odio, el rencor, la violencia que a veces otros han puesto en nuestra alma.

 

En cuanto al tema de formación de esta semana, nos fijamos en María que se presenta a sí misma como “esclava del Señor”. No es “esclava” de ningún hombre, ni tampoco de su marido, pero sí lo es de Dios. Con esta afirmación no está haciendo más que reconocer la verdad sobre quién es Dios y quién es ella. Y nosotros, que somos muchísimo menos que Maria, con frecuencia nos creemos iguales a Dios o incluso superiores a Él. Imitémosla en su humildad, en su “andar en verdad” que diría Santa Teresa.

 

Cuando os escribí la semana pasada lo hacía aun desde América. Desde entonces he hecho la visita a El Salvador, para fortalecer a la pequeña comunidad que tenemos allí, a fin de que sintieran el afecto de todos expresado a través de mi compañía. Luego llegué a España, para la presentación de la conferencia sobre el P.Pío –que ya está en nuestra televisión- y al día siguiente me vine al Vaticano, donde me encuentro ahora, para participar en un convenio organizado por el Pontificio Consejo de la Familia, al que pertenezco. He rezado por vosotros –sobre todo por los que sufrís- ante San Pedro y lo hará especialmente mañana cuando esté con el Papa en la vigilia de oración por el no nacido.

 

Miramos a Cristo, el Salvador, y en Él encontramos nuestra esperanza.

Que Dios os bendiga.

P.Santiago

frmaria

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