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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Aborto ¿terapia o asesinato?

Autor: Cristián VARGAS, doctor en Bioética

 

Nuestra cultura moderna a puesto sobre las espaldas de los médicos y de los equipos sanitarios en muchas ocasiones una cierta actitud prometeica. Esto nos ha llevado a considerar la enfermedad y la muerte no como un límite propio de nuestra fragilidad humana sino más bien como un “error” en el andar de nuestras vidas. De lo anterior, se derivan muchas veces falsas esperanzas, cifradas en el poder de las ciencias biomédicas de manipular la vida y la salud.

Junto a ello se difunden además ciertas concepciones de lo humano cuyas propuestas éticas nos llevan a creer que tenemos el derecho (porque la técnica lo permite) de poder colocar en nuestras manos la decisión de la vida o de la muerte de una mujer o de su hijo. Esto es confundir el significado y finalidad de la medicina la cual debe estar siempre al servicio de la vida y no del poder político, social o económico de turno.

 

Por otra parte el concepto de inviabilidad fetal es confuso si lo analizamos en sentido holístico. Un profesional de la salud debiera siempre reconocer desde una perspectiva científico-médica que tanto la madre como el hijo son ambos seres humanos por tanto personas y pacientes. De ello se derivan deberes ético-profesionales universales que son siempre válidos independientes de las situaciones clínicas particulares o de la condición socio-económica de la madre y del hijo, basados en la igual naturaleza y dignidad de cada ser humano, como el no matar y el defender la vida. En este sentido la inviabilidad, lo cual se predica de un ser humano vivo indefenso, debe considerarse como una condición de vulnerabilidad extrema y por tanto debiera movilizar todos los recursos sanitarios y sociales que la situación lo amerite al servicio de la vida de la madre y del hijo más que ser una especie de “certificado de defunción anticipado” para el más débil.

 

Nunca es oportuno darnos normas jurídicas o éticas que atenten contra la vida de seres humanos inocentes, menos aún apelando a valores como la libertad, la democracia o la igualdad. La misma vida democrática requiere de principios no negociables, los cuales libremente adoptados, reconozcan el carácter universal, inalienable, inviolable e intransferible de la dignidad de todo ser humano desde la concepción hasta la muerte natural. Las leyes, las normas éticas y las políticas sanitarias deben por tanto siempre, so pena de sucumbir al totalitarismo relativista, reconocer el valor de la vida de todo ser humano, independiente de su edad, sexo, raza o religión, como el fundamento de la vida en común. Por tanto una ley en sentido contrario a la defensa de toda vida humana es una ley injusta.
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