La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote
Desde el sábado pasado se ha estado celebrando en el Vaticano el juicio contra el ex mayordomo del Papa, Paolo Gabriele. A falta de conocer la sentencia, lo cual está previsto para este sábado, y de saber si habrá o no medidas de gracia por parte del Pontífice, las audiencias han servido para aclarar algunas cosas, mientras que otras siguen en la sombra.
Lo primero que se ha aclarado es que Gabriele se puso desde el principio a hacer de espía. Los documentos que le han sido incautados -cientos de miles, según la policía- se remontan a los primeros días de su trabajo como mayordomo del Papa. No se trata, pues, como él ha querido presentar, de una labor que haya hecho movido por una creciente desazón acerca de la situación de la Iglesia. Si tenía esa inquietud, lo menos que se puede decir es que la tuvo desde el principio. Además, la gran variedad de temas robados que abarca su archivo, indican que se trata de una patología que no sólo le ha llevado a ver enemigos a los que desenmascarar -como la masonería-, sino que le ha hecho también quedarse con documentos del Pontífice que éste había ordenado explícitamente que se destruyesen.
También ha quedado claro que no es tonto y que sabe jugar sucio. Su declaración ante los jueces fue magistral, desde el punto de vista del efectismo. La acusación de malos tratos lanzada contra el Vaticano dio a los habituales enemigos de la Iglesia un titular gratuito. Guantánamo en el Vaticano, gritaron al unísono. Y de repente el acusado se convirtió en víctima. De poco han servido los argumentos de la Gendarmería para defenderse, o el hecho de que algunas de las acusaciones sean tan ridículas como alegar que sufrió maltrato psicológico porque tuvo que pasar una noche sin almohada. Ni siquiera el hecho de que la abogada defensora hubiera dicho en su día que el trato que estaba recibiendo era excelente ha servido para paliar la acusación. Gabriele ha conjurado al fantasma de la Inquisición, que ha vuelto a sobrevolar el Vaticano. Es un tipo listo y peligroso.
Su estrategia defensiva también ha quedado clara. Además de defenderse atacando, ha dicho que hizo lo que hizo por amor a la Iglesia, movido por el Espíritu Santo, aunque ha reconocido que al hacerlo traicionó la confianza que el Papa había depositado en él. En pocas palabras, se ha presentado como un mártir de la defensa del Pontífice, del cual dice que no se entera de muchas cosas porque el círculo que le rodea se lo impide.
Lo que no ha quedado claro es si actuó solo. Aunque ha insistido en que nadie le ayudó, ha puesto en circulación siete nombres -entre ellos dos cardenales- que dejan a los aludidos en una situación muy delicada. Estos siete personajes citados habrían sido si no sus cómplices sí sus consejeros, con los que él se habría desahogado para exponerles la grave situación en que, según él, se encontraba el Pontífice debido al aislamiento a que estaba sometido. ¿Hay que darle crédito o, también en esto, está practicando la táctica del calamar? De momento, todos los aludidos han rechazado airadamente haber estado al tanto de las actuaciones delictivas del acusado, pero su nombre ya ha quedado manchado para siempre.
A falta de conocer la sentencia, se habla ya en Roma de los "daños colaterales". Es decir, de las personas que han quedado afectadas por lo sucedido. El secretario personal del Papa es uno de ellos. Hasta el punto de que se especula con que, cuando esto se calme, será nombrado obispo y enviado a Alemania. Si esto sucede, muchos se alegrarán. El que no se alegrará, estoy seguro, es el Pontífice, pues el alejamiento de su secretario le dejará aún más solo. Y tiene 85 años.