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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Biografia de la semana: Francisco Orozco y Jiménez, obispo mejicano

Francisco Orozco y Jiménez, nació en Zamora, Michoacán, en 1864. El 19 de mayo de 1902 el Papa León XIII lo preconizó Obispo de Chiapas. En 1910 estalla el Movimiento Revolucionario en México, se inicia un proceso de cambio radical en muchas materias, pero también una lucha por ocupar la silla presidencial. La nación quedó dividida en parcialidades que manejaron cuatro cabecillas: al noroeste, Álvaro Obregón; al suroeste, Emiliano Zapata; al noreste, el temible Pancho Villa; al sureste y con incursiones en el norte, Venustiano Carranza. El Papa Pío X trasladó al Obispo Orozco y Jiménez a la Diócesis de Guadalajara. El 19 de febrero de 1913 tomó posesión. Fue precisamente en esta Sede -que comparada con la chiapaneca parecería un premio, pero en realidad fue un Calvario-, donde el Obispo pasó el resto de sus días y donde alcanzó la cima de su Gólgota.

El 11 de enero de 1914, los católicos de Guadalajara resolvieron hacer una manifestación pública en homenaje a Cristo Rey a pesar de la prohibición expresa del propio gobernador de Jalisco. "A las cuatro de la tarde, el Sr. Orozco deja su palacio, frontero a la plaza de la catedral y acompañado de los Sres. Obispos Echaverría y Uranga, encabeza el imponente desfile. Como el estruendo del mar en borrasca la muchedumbre canta, grita, lanza vivas a Cristo Rey, por las calles Alcalde, Pedro Loza, Colón, y 16 de Septiembre, terminando en la Catedral". La persecución religiosa en el país estaba en su apogeo. La mayoría de los prelados habían emigrado, unos a Cuba, otros a los Estados Unidos. El 19 de mayo de 1915 monseñor Orozco tuvo que irse a la capital de la República a una reunión con los obispos que aún quedaban en el territorio nacional. De dicha reunión emanó una Carta pastoral colectiva, que suscribieron los obispos presentes el 16 de julio siguiente. Esto originó que a los pocos días fuera desterrado. Fue a Estados Unidos y de ahí a Roma, donde recibió muchas muestras de apoyo concediéndole S.S. Benedicto XV varias audiencias privadas. Le encargó asuntos importantes que debía tratar con los prelados de los Estados Unidos al regresar a esa nación.

Durante el exilio de dos años, el gobierno de Diéguez expidió leyes que afectaron los intereses de la iglesia, entre ellos, la clausura de las escuelas católicas. Monseñor Orozco y Jiménez emprendió su regreso en 1916, desembarcó en Nueva York el 10 de junio y llegó a su arquidiócesis el 20 de noviembre. Al conocer el gobernador Diéguez las noticias del regreso del arzobispo, en febrero de 1917, lo acusó "por delito de alta traición a la patria". Orozco y Jiménez permaneció oculto. El resto de los obispos que se encontraban exiliados en Estados Unidos, publicaron una protesta en contra de algunos artículos de la nueva constitución. Orozco y Jiménez integró los términos de la protesta en una carta pastoral que fue leída en las misas dominicales de Guadalajara. La reacción del gobernador inmediata, se ordenaron cateos y la aprehensión de todos los sacerdotes que habían leído la carta. Algunos templos fueron clausurados y se acusó al arzobispo de incitar a la población. Monseñor negó las acusaciones, pero a pesar de ello, el 15 de junio de 1918, el gobierno de Jalisco emitió una orden para su arresto. Tras su detención en Lagos de Moreno, fue desterrado a Estados Unidos.

Tras varios encontronazos con las autoridades civiles y varios destierros, en diciembre de 1924, Plutarco Elías Calles asumió la presidencia de México y apoyó la creación de la Iglesia Cismática Mexicana, dotándola de edificios, recursos y medios para romper con El Vaticano. Confrontada con esta situación, la Iglesia intentó reunir dos millones de firmas para proponer una reforma constitucional. La petición de los católicos mexicanos fue rechazada. Los católicos llamaron y realizaron un boicot para no pagar impuestos, minimizar el consumo de productos comercializados por el gobierno, no comprar billetes de la Lotería Nacional, ni utilizar vehículos a fin de no comprar gasolina. Esto causó severos daños a la economía nacional, al tiempo que sirvió para que las posiciones de distintos grupos dentro de la propia Iglesia católica en México se radicalizaran.. La Constitución mexicana de 1917 establecía una política que negaba la personería jurídica a las iglesias, subordinaba a éstas a fuertes controles por parte del Estado, prohibía la participación del clero en política, privaba a las iglesias del derecho a poseer bienes raíces, desconocía derechos básicos de los "ministros del culto" e impedía el culto público fuera de los templos.

La radicalización hizo que en zonas de los estados de Guanajuato, Jalisco, Querétaro, Aguascalientes, Nayarit, Colima, Michoacán y parte de Zacatecas, en la Ciudad de México, y en la península de Yucatán creciera un movimiento social que reivindicaba los derechos de libertad de culto en México. La dirigencia del movimiento, cercana pero autónoma respecto de los obispos mexicanos, creyó viable una salida militar al conflicto. En enero de 1927, empezó el acopio de armas; las primeras guerrillas estuvieron compuestas por campesinos. El apoyo a los grupos armados fue creciendo, cada vez se unían más personas a las proclamas de ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva Santa María de Guadalupe! lanzadas por quienes fueron conocidos como los cristeros. En octubre de 1926, Orozco y Jiménez fue llamado a declarar ante la Secretaría de Gobernación, pero en lugar de presentarse a comparecer, prefirió ocultarse. Esta actitud, lo marcó como principal cabecilla de la insurrección cristera. La Guerra Cristera se extendió durante tres años. Durante estos tres años monseñor Orozco anduvo escondiéndose mudando su domicilio constantemente. En ese tiempo, asimismo, dadas las circunstancias de privaciones, pobrezas y persecuciones, contrajo una grave enfermedad que lo obligó a volver a Guadalajara cuando la persecución religiosa era más encarnizada en esta ciudad. No obstante, nunca dieron con su escondite.

Cuando Emilio Portes Gil asumió la presidencia de la república, se iniciaron las negociaciones con el nuevo arzobispo de México Pascual Díaz Barreto. El delegado apostólico Ruiz y Flores llamó a Orozco para comparaecer ante el nuevo presidente. Portes Gil recibió a Orozco, después de escuchar sus quejas, tomó la decisión de ordenar nuevamente su destierro. Entre septiembre de 1933, marzo de 1934 estuvo en Roma. Luego volvió a los Estados Unidos ya enfermo. Comprendiendo que su vida tocaba a su fin, quiso morir entre su feligresía, por lo que otra vez de incógnito, volvió a su arquidiócesis, arribando el 18 de agosto de 1934. Luego de una productiva y azarosa vida eclesial, después de recibir todos los auxilios espirituales por parte de monseñor José Garibi y Rivera, entregó su alma al Señor  el 18 de febrero de 1936.

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