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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Cartas del Padre Santiago Martin. (25 de julio 2011)

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Queridos Franciscanos de María, la palabra de vida de esta semana nos invita, ante todo, a darnos cuenta de que tener fe es una gran suerte, una gran bendición. Pero también nos invita a cuidar esa fe, a evitar ponerla en riesgos que la deterioren o que incluso puedan acabar con ella.

 

                Meditemos sobre lo primero. ¿Por qué tener fe es una suerte? ¿Qué nos aporta nuestro encuentro personal con Jesucristo y nuestra aceptación de Él como Dios redentor? Ante todo tres cosas. Nos da luz para saber qué tenemos que hacer –a través de los principios morales que emanan del Evangelio y que la Iglesia valientemente proclama-, nos da fuerza para hacer lo que hemos visto que tenemos que hacer –a través de la gracia de Dios, que nos llega entre otras cosas mediante los sacramentos- y nos da consuelo y esperanza –consuelo, por ejemplo, cuando rezamos o cuando comulgamos, y esperanza porque sabemos que hay vida eterna y que el bien siempre va a terminar venciendo al mal-. Todas estas cosas son un gran patrimonio que procede exclusivamente de la fe. Cuando alguien le dice a Dios: “Yo creo en ti. Yo creo en tu amor”, inmediatamente recibe todo eso, hasta el punto de que nota un cambio cualitativo enorme en su vida. El creyente es una persona esencialmente distinta al no creyente. Es su esencia lo que queda modificado. Siendo ambos seres humanos, el tipo de humanidad del creyente es diferente de la del no creyente. Para el que tiene fe, la vida se vuelve explicada y explicable, no hay soledad absoluta y el futuro siempre existe. Para el no creyente, las explicaciones acaban donde termina su razón, la soledad inevitablemente le alcanza y el horizonte de la muerte se convierte en una pared que no puede soslayar y que supone un punto final más o menos trágico. La diferencia entre tener o no tener fe es tan importante que hay algunos que dicen ya que las posibilidades de supervivencia de los creyentes son mucho mayores y que por eso son éstos los que logran transmitir su don a sus hijos, como si tuvieran algún tipo de gen –de hecho lo llaman así, el “gen de la fe”-, que les capacita para abrirse camino con más facilidad en la vida.

 

                Ahora bien, ese don puede deteriorarse y puede perderse. También puede acrecentarse. Supongamos que, en vez de la fe, estuviéramos hablando del sentido de la vista. El que ve tiene más posibilidades de sobrevivir que el ciego, sobre todo en un contexto hostil, de lucha por la supervivencia. Sin embargo, la vista se puede perder por diversos motivos: un accidente, una mala alimentación, un uso inadecuado de la misma. De igual modo que sabemos que leer con poca luz nos fuerza los ojos y nos hace daño, así deberíamos saber qué hace daño a nuestra fe. 

 

               La fe se pierde, ante todo, porque no se ha tenido. Es decir, que lo que se tenía no era verdadera fe sino sólo una apariencia de la misma y cuando llegan determinadas circunstancias nos damos cuenta de que en realidad nunca hemos tenido fe. ¿Cómo saber si la fe que tenemos es o no verdadera? Es muy sencillo, basta con preguntarse si creemos que Dios es más grande que nosotros, es un igual a nosotros o es un inferior. Seguramente que, formulada así la pregunta, todos responderán que creemos en un Dios superior al hombre; en realidad, la mayoría no cree eso, aunque no se dé cuenta. La mayoría cree que Dios está a su servicio –y por lo tanto le está considerando inferior-, cree que Dios le tiene que dar explicaciones por todo y que no puede haber nada que haga Dios que él no entienda –le considera, a lo sumo, un igual-. Pocos son los que asumen que Dios es Dios; es decir, que Dios está por encima del hombre, con derechos sobre él y con la imposibilidad de entender del todo los planes divinos. Por eso, para el hombre de hoy, tan lleno de soberbia, es muy difícil tener verdadera fe. Creen que tienen fe, pero cuando hay una dificultad se derrumba esa apariencia y se muestra la realidad: no creían en Dios sino en el genio de la lámpara de Aladino, al cual consideraban un esclavo destinado a satisfacer sus deseos e incluso sus caprichos.

 

                ¿Cómo fortalecer, pues, la fe? Poniéndonos en nuestro lugar, en el que nos corresponde, y poniendo a Dios en el suyo. Dios es Dios y yo no soy Dios. Ahí empieza todo. Una vez más María es el ejemplo a seguir, pues no en vano ella dijo de sí misma esto: “Soy la esclava del Señor”. Se colocó ante Dios y ante la historia en su puesto justo. Por eso, porque fue la humilde, fue ensalzada. Nosotros, que jugamos a ser dioses, que queremos pedirle explicaciones a Dios por todo, terminamos derribados de los tronos donde nos hemos subido y entonces nos damos cuenta de que estamos solos, sin luz, sin fuerza y sin esperanza.

 

                Esta semana, EWTN va a emitir una entrevista que me hizo Pepe Alonso sobre la participación de los Franciscanos de María en la Jornada Mundial de la Juventud. No sólo os recomiendo que la veais, sino que la difundáis y advirtáis a vuestros amigos que sintonizan dicha emisora de televisión que la vean. Entre otras, he prometido que todos los que vengan a la parroquia de Madrid durante la JMJ recibirán un libro mío de regalo. Os pido, sobre todo, oraciones, para que ese gran evento eclesial sea un éxito para nosotros y para la Iglesia. 

 

               Que Dios os bendiga siempre.

 

 

P.Santiago

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