La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Hoy, como todos los años desde hace más de 2000, conmemoramos el nacimiento de Dios, en la forma humana de su segunda persona, Jesucristo. El hecho es impresionante si nos tomamos la molestia de meditar sobre ello. Podemos poner como excusa para no hacerlo, que es algo que tenemos interiorizado, que lo hemos vivido desde que éramos chavales, pero lo cierto es que ante hechos tan extraordinarios debiéramos tener la misma mirada alucinada de un niño pequeño que ve llegar los reyes magos en la cabalgata. El hijo de Dios, en su inmensidad decide hacerse humano para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y hacernos partícipes de la naturaleza divina.
Suele situarse en la Resurrección el hecho más grande para los hombres, al situarse en ese momento nuestra salvación. Pero si nos fijamos en lo que supone para Dios los dos momentos, nacimiento y resurrección, y los comparamos veremos que con la Resurrección, el vuelve a la vida, vuelve con el Padre, pasa a una “estado” mejor; pero con el nacimiento, el asume siendo Dios, condición humana, acepta nacer en un entorno de amor, pero no de lujo, en una familia que le querrá, pero que no podrá privarle de los sufrimientos propios de la condición humana, tristeza, frío, dolor, frustración… Acepta nacer para morir, acepta nacer para ser sacrificado, para ser insultado en una cruz, ser torturado y todo por Amor a nosotros.
Pensado todo esto, si tenemos ganas de que llegue la Navidad, para reunirnos con la familia y los seres queridos, si nos llama la atención la buena mesa que nos espera, los regalos a compartir, si tomamos la misa de Navidad como el peaje que hay que pagar, por disfrutar de días tan especiales, deberemos plantearnos seriamente volver a nacer y tratar de conservar la mirada limpia e ilusionada de un niño que absorbe con fervor las maravillas que se le cuentan, la historia de un pueblo pequeño en el que una Virgen dio a luz, como buenamente pudo a un niño, el Niño. La historia de un padre que acepto por amor un hijo como propio, de una mujer que acepto la responsabilidad de llevar en su vientre tan preciado tesoro, la historia de la humanidad, que de alguna manera se reiniciaba.