Tercera semana
Virgen de la esperanza.
Nuestro pueblo le ha puesto una especie de mote a la Virgen en ese momento previo al parto, cuando el embarazo era ya inminente y ella no sabía cómo sería el fruto de Dios encarnado en una mujer. María de la O, le decimos a la Virgen cuando la vemos embarazada a punto de dar a luz. El nombre procede de las exclamaciones gozosas de la liturgia, que empezaban siempre con una exaltación a Nuestra Señora. En realidad, a María, en esa hora difícil, tensa, expectante, deberíamos llamarla Virgen de la Esperanza. De una esperanza diferente, desde luego, a la que tendrá cuando llegue la hora final, treinta y tres años después, y ella se encuentre entre los brazos a su Hijo muerto.
Pero eso ella no lo sabía en aquellas horas previas al parto, con la cueva de Belén ya algo adecentada y con la pobreza transformada en dignidad a base de amor y de esfuerzo.
¿Qué esperaba María en aquel momento? ¿Creía ella que el que iba a nacer iba a triunfar sobre todos hasta convertirse en un rey poderoso que habitaba en palacios y tenía cientos de sirvientes? ¿Esperaba ella convertirse en una influyente “Reina Madre” que estuviera por encima de los más importantes ministros y consejeros?. Nunca, ni siquiera en el momento de la concepción, cuando María no tenía datos sobre el futuro comportamiento de Dios para con ello y para con su Hijo, pensó María en hacer un negocio con aquel embarazo. Pero, si en algún instante lo hubiese pensado, motivos sobrados había tenido desde entonces para abandonar esas ideas. El Dios que dejaba a su Hijo nacer en una cuadra de ganado, no debía estar muy dispuesto a mover un dedo para que se convirtiera en el poderoso caudillo que esperaban los judíos con el título de “Mesías”.
La esperanza de María no estaba, pues, puesta en las joyas que podría lucir cuando su Hijo triunfase, o en el prestigio que tendría, o en lo que podría presumir de hijo célebre delante de las amigas. Tampoco soñaba Nuestra Señora con tener por Hijo a un “adonis”, a una criatura perfecta, guapísima, inteligente, brillante. María, en aquel momento decisivo, cuando todavía no había podido ver cómo sería su pequeñín, sólo esperaba una cosa: tenerle entre los brazos, fuera como fuera. Le quería antes de que naciera y le quería como sólo puede querer una madre: tal y como era. Le quería sin saber si sería rico o pobre, guapo o fe, listo o tonto. Naturalmente que fue guapísimo –salió a ella- y muy listo y todo lo demás. No podía ser de otro modo, pero, aunque lo hubiera sido, aunque hubiera tenido un defecto físico o psíquico, para María su Hijo era su Hijo y nada podía haber más valioso en su vida.
Cómo se nos presenta María, en esos días inmediatos al parto como la gran señora de la vida, de toda vida. En nuestro tiempo, tan selectivo, tan inclinado a valorar sólo que superar unos niveles de belleza, de riqueza, de cultura, la Virgen de la esperanza, Santa María de la O, nos invita a defender la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, sin hacer distinción, sin dejarnos llevar por las modas, por las comodidades, por esa difundida concepción de que los hijos se tienen para “realizarse como padres”, en lugar de para hacer felices a criaturas que, sin ti, no existirían.
Propósito: Agradecer a Dios el ejemplo de María en los días de dificultad previos al parto. Un ejemplo de esperanza, de abandono en Dios, de confianza en que cumpliría sus promesas.