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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual Mensual: febrero 2012, cuarta semana

Cuarta semana

 
La esposa del Espíritu Santo.
 
                Pocos días después de la Ascensión del Señor, según narra el Nuevo Testamento, estaban los apóstoles reunidos y, con ellos, se encontraba María. A pesar de la fortísima experiencia que había supuesto la resurrección seguían teniendo miedo y por eso se mantenían escondidos, hurtando su presencia a los ojos de los espías de los fariseos y los sacerdotes. Estando así, vino sobre ellos como un fuego del cielo que los llenó del Espíritu Santo. Todo cambió desde aquel momento. Aquellos hombres pasaron de cobardes a valientes, de calculadores a arriesgados, de dubitativos a llenos de certezas. Los mismos que, pocos días antes, habían abandonado a su amigo, al Mesías en el que creían y al que habían visto hacer tantos milagros, se lanzaron a la calle para proclamar, ya sin miedo, lo que había ocurrido: que Cristo había resucitado. Sabían lo que les iba a pasar: la persecución, la cárcel, la tortura, la muerte. Pero ahora ya no lo temían.
                Con razón la Iglesia considera su momento oficialmente inicial el de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles y les llenó de todos sus dones, incluidos el del valor y el de la sabiduría.
                Pero, ¿y María? ¿Necesitaba ella esa infusión extraordinaria del Espíritu divino para vencer el miedo, para ser testigo de su Hijo, para anunciar a todos que si bien era verdad que había muerto también lo era que había resucitado? Su comportamiento nos ayuda a contestar a estas preguntas: había estado, llena de valor y de fortaleza, al pie de la cruz; había creído en la promesa de la resurrección hecha por Jesús y eso la había llevado a quedarse tranquilamente en casa en lugar de huir o de acudir al sepulcro en la mañana del domingo pensando que en su interior estaría el cadáver de Cristo. Por lo demás, María era ya, desde su concepción, “llena de gracia”. Así le había saludado el ángel Gabriel. Así lo confesamos con el dogma de la Inmaculada. Y cuando una cosa está llena ya no es posible que le quepa nada más.
                Sin embargo, también para María aquel día tuvo lugar un don, un extraordinario don. También para ella la infusión del Espíritu Santo fue, en cierto modo, una novedad, un regalo, una sorpresa. Quizá, me atrevo a pensar, fue como si hubiera sido descorrido un velo y ahora ella pudiera conocer, cara a cara, a aquel que había sido el esposo de su alma durante toda su vida. Estaba acostumbrada a su voz, a sus señas de identidad. Pero ahora ya no había neblina que entorpeciera la visión plena, la comunión plena. El matrimonio entre ambos había tenido lugar aquella noche, treinta y tantos años atrás, cuando Jesús tomó cuerpo en sus entrañas. Desde entonces nunca se había separado de él y ahora, por fin, lo veía y lo conocía sin tamices, sin interferencias.
                Naturalmente, la experiencia de María con el Espíritu Santo es totalmente única. Nosotros no sólo no somos inmaculados por concepción, pues estamos tocados con la huella del pecado original, sino que además arrastramos el peso de nuestros pecados personales. Todo eso nos enturbia la mirada, nos desfigura el juicio, nos somete a la tiranía de las pasiones. Pero, precisamente porque eso es así, podemos añorar con gran fuerza la santidad, la unión con Dios, la victoria sobre nuestros límites y pecados. Lo mismo que el negro reclama al blanco, así nuestra miseria clama por la gracia, nuestras cadenas solicitan con urgencia al libertador.
                Imitemos, pues, a María no en lo que nos es imposible: la plenitud de la comunión con el Espíritu Santo, sino en lo que sí podemos hacer: el deseo de tener esa comunión. Deseemos ser como ella, amar como ella, servir como ella, evangelizar como ella, perdonar como ella. Deseemos ser, en definitiva, santos como ella, con ella, por ella. Que el Espíritu Santo sea nuestro principal anhelo, que la santidad que procede de él sea nuestra mayor ilusión. Mayor que la lotería, que el mejor trabajo, que la más espléndida salud, que el más fantástico de los viajes, que cualquiera de esos sueños, incluso buenos, con que nos entretenemos a veces huyendo de una realidad más bien dura y hostil.
 
Propósito: Imitar a María en su unión permanente con el Espíritu Santo y para ello desear por encima de todo alcanzar la santidad.

 

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