Tercera semana
Una despedida casi definitiva.
Cuarenta días después de la Resurrección, el Señor subió al Cielo. Lo hizo desde lo alto del monte de los olivos, unos cientos de metros más arriba de donde había sido apresado y muy cerca del sitio donde había enseñado a rezar el Padrenuestro a sus apóstoles. María estaba allí, junto a los discípulos, viendo como el Señor ascendía al Cielo, hasta que unas nubes golosas de disfrutar de la compañía del Hijo de Dios, se lo quitaron de la vista.
No fue fácil para la Madre esta despedida. Tampoco lo fue para los apóstoles. No podían evitar el dolor ni el sentimiento de orfandad, a pesar de que sabían que Jesús volvía al lugar de donde había venido, al cielo, a su hogar definitivo.
Pero, antes de eso, María había tenido ocasión de estar a solas varias veces con su Hijo resucitado, después de aquella primera aparición en la madrugada del domingo, cuando la luz del alba empezaba a abrirse paso entre las sombras para anunciar a los hombres que había empezado la hora de la esperanza.
Una vez más, nos encontramos sin noticias del contenido de aquellas conversaciones que, por otro lado, pertenecen con todo derecho a la intimidad entre la Madre y el Hijo. Estoy seguro, sin embargo, de que Jesús no sólo le explicó todo a su Madre, sino que, sobre todo, le dio todo tipo de certezas acerca de la existencia de la otra vida más allá de la muerte, acerca de la resurrección. Y le aseguró que su marcha, con la Ascensión a los cielos, no era un adiós para siempre, sino sólo un “hasta luego”. También estoy seguro de que la Virgen tuvo el deseo de pedirle que la llevara con él, pues incluso esa separación temporal le parecía excesiva. ¿Qué pintaba ella aquí, en la tierra, cuando su corazón estaba con él, en el cielo?. Si siglos más tarde una mujer enamorada de Jesús como Santa Teresa diría: “muero porque no muero”, qué no habrá sentido la Virgen, anhelando la llegada de la hora en que se produjera su partida del mundo, hora en que se produciría el encuentro definitivo con el Dios amado, con el Hijo adorado.
Si María expresó o no ese deseo, lo ignoro, pero estoy seguro de que, al menos, se le pasó por la cabeza. Lo mismo que estoy seguro de que Jesús le habló de la importancia de su misión en la tierra, de su tarea en medio de sus discípulos, de la necesidad de que ella estuviera junto a los apóstoles para ejercer el papel de madre, para unirles, para limar los inevitables roces que iban a surgir entre ellos. Estoy seguro de que María lo comprendió y que volvió a decir su “fiat”, su “sí”, a esta nueva petición de Dios que, en el fondo, intuía que iba a ser hecha por su Hijo.
Y así la vemos en la cima de la colina de los Olivos. Junto a Juan, de nuevo. Junto a Pedro, y a Santiago -tan distintos-. Junto a las otras fieles mujeres. La vemos, una vez más, con el corazón dolorido, aunque en esta ocasión ese dolor era menor pues estaba atenuado por la certeza de que no le decía “adiós” a su Hijo, sino sólo “hasta pronto”.
Hay que pensar en este momento de la vida de la Virgen, sobre todo cuando nos encontramos en situaciones así. Es inevitable que a algunos de los nuestros les llegue la hora de la partida, la hora de la muerte, antes que a nosotros. A veces es la inexorable ley de la vida la que se impone y, al hacerlo, se lleva a los padres ancianos, dejando un vacío, una orfandad, que resulta difícil de llenar. En otras ocasiones son las enfermedades o los accidentes de tráfico los que arrebatan de nuestro lado a personas muy queridas, a veces en plena juventud. En estos casos parece que la pérdida es más dolorosa, pues se ha roto un cierto ciclo normal de la vida, por el cual el padre debe morir antes que el hijo, el abuelo antes que el nieto.
Sea como sea, la muerte llega siempre y también, al final, llega para nosotros. Con ella, llegan las separaciones definitivas, inevitables, tantas veces trágicas. Podemos pensar en estos momentos en esa separación entre la Madre y el Hijo, en ese instante definitivo en que la nube de oscuro algodón privó a los amigos de la visión del Dios amado. Y podemos pedirle a Nuestra Señora que nos dé su fe, que nos dé su esperanza, que nos dé la certeza de que no se trata de un “adiós”, de una separación eterna, sino de un “hasta pronto”. Que ella, experta en dolores y en separaciones, mitigue las heridas de nuestro corazón y nos haga capaces de soportar las pérdidas sin desesperarnos.
Propósito: Pedirle a María que nos ayude a no desesperar cuando llega la hora de la separación de los seres queridos, como hizo ella.