La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Tercera semana
Madre del Hijo muerto.
María, la luchadora, la madre que está al lado de su Hijo hasta el final, la que aguanta el tipo sin llorar -como he visto a tantas hacer ante sus hijos enfermos- para no aumentar el sufrimiento del ser querido. María, la madre inmaculada que venció al Maligno porque éste no sabía que debía enfrentarse con la fuerza más poderosa de la creación, la de la maternidad. María, la criatura que sostuvo a su creador, llegó un momento en que tuvo que asumir que todo se había acabado. Llegó un momento en que comprendió que la lucha ya no tenía sentido, porque, sencillamente, el Hijo había muerto.
Ella le vio morir. Asistió hasta el final al espantoso espectáculo de su tortura y de su agonía. Allí estuvo, de pie, como una roca firme e inexpugnable, para ofrecerle el último u el único consuelo que el cielo había permitido que tuviera el redentor del mundo. Pero, al final, también aquello pasó. Al final, sus ojos vieron a Jesús retorcerse por última vez, apoyarse por última vez en los clavos de los pies para llenar, por última vez, sus pulmones de aire. Caer, por última vez, el peso de su cuerpo sobre los clavos que le sujetaban al palo horizontal de la cruz. Le vio morir. Le oyó morir. Y tuvo la seguridad de que todo había terminado, de que el más hermoso de los hijos de los hombres, el fruto de sus entrañas, ya no tenía vida, ya no era de este mundo.
Había llegado, pues, la hora del desahogo. Ahora sí podía dar rienda suelta a su dolor. Ahora podía llorar, gritar y hasta maldecir. Ahora su Hijo no la veía. Ahora ya no importaba que ella dejara a las olas del odio que rompieran los diques que les habían impedido anegar su corazón. Ahora todo había terminado y había llegado la hora de la desesperación y de la locura.
Y, sin embargo, no fue así, no ocurrió nada de eso. María, la madre del Hijo muerto, supo que no había terminado su tarea, que todavía no podía descansar, que aún debía seguir luchando contra el mal, a favor de Dios, a favor de su Hijo.
Lo supo, en primer lugar, porque ella creía en la promesa hecha por Jesús de que al tercer día iba a resucitar. Posiblemente era la única que creía en eso, pero sin duda estaba convencida no sólo de que su Hijo no la engañaba sino de que Dios tenía el poder suficiente como para lograrlo. Pero es que, además, ella era consciente de que su Hijo había muerto por algo, había dado la vida por una causa y que, si ella, renunciaba a defender esa causa se convertía, de algún modo, en partícipe del crimen que habían cometido contra su Hijo.
María al pie de la cruz, que acaba de ver morir a Jesús, no es la mujer desesperada que se deja caer al suelo y llora desconsolada. Es, sigue siendo, la madre que está dispuesta a luchar por su criatura y por lo que esa criatura había luchado. Ella, como si fuera una heroína en una batalla, se acerca al hijo amado y toma de sus manos muertas la bandera caía por el suelo. Esa bandera, por la que el hijo había dado la vida, es más que nunca su propia bandera. No va a consentir que su hijo haya muerto en vano. La alza de nuevo, más sagrada ahora que antes pues está bañada por la sangre del que ha dado la vida por ella. La alza, la enarbola y, aunque esté sola, aunque nadie crea en la causa por la que ha muerto su hijo, aunque nadie crea que la victoria final esté de parte de Jesús, ella sí lo hace.
María, la madre del hijo muerto, la madre del Dios muerto, la madre del redentor derrotado, es, más que nunca, la creyente, la que sigue luchando, la que está llena de esperanza, la que no deja que el dolor ciegue su corazón al amor.
Pidámosle a ella que nos ayude en esos momentos difíciles de la vida en los cuales tenemos la impresión de que todo está perdido, de que ya no vale la pena seguir luchando. Pidámosle a ella que nos transmita su fuerza, su coraje, su fe, su amor. Que aunque todos nos digan que el cristianismo no tiene futuro, que los jóvenes ya no creen, que el mundo se ha vuelto indiferente, nosotros seamos capaces de mantener viva nuestra fe, de luchar por ella, de intentar transmitirla como el que es consciente de que ser depositario del mayor de los tesoros de que ha gozado la humanidad.
Propósito: Agradecerle a Dios la esperanza de María, que estuvo segura de que su Hijo iba a resucitar y de ahí sacó fuerzas para no desesperarse.