La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Contemplar a la Virgen María al pie de la Cruz nos lleva ante todo a pensar en la relación con su Hijo. Pero en aquel momento no sólo era a Él a quien sostenía. Allí también tuvo lugar un encargo decisivo para la humanidad: el de cuidar de los seguidores de Jesús, representados por San Juan Evangelista, aunque estos -nosotros- no se lo merecieran.
Primera semana
Madre de los discípulos cobardes.
Por fin María llegó junto a la cruz. Por fin se abrió paso entre las filas de los enemigos de Cristo. Con ayuda de Juan, rodeada de las otras mujeres que habían vencido el miedo y que habían querido acompañarla, se puso ante la roca del calvario. Desde allí le veía, aunque mejor hubiera sido no verle, pues su rostro torturado y su cuerpo destrozado no podían causar más que un gran dolor en el corazón de la Madre. En algún momento, Jesús abrió los ojos, casi cegados por la sangre que le caía de las heridas provocadas por la corona de espinas. Abrió los ojos y la vio allí, a sus pies. Una mueca de sonrisa iluminó su rostro destrozado. Una chispa de vida, de alegría incluso, asomó a sus ojos de moribundo. Y, sobre todo, una palabra salió de sus labios. “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”.
El Evangelio no nos dice más, pero con eso es más que suficiente. Nuestro Señor, que sabía que su Madre no faltaría a la cita, tenía especial empeño en concluir su tarea: la de establecer con los hombres una fraternidad completa. Ya nos había hecho hijos del Padre, y nos había enseñado a llamar a Dios “Padre nuestro”. Pero eso sólo afectaba a la mitad de la fraternidad, la del padre común. Faltaba la otra mitad, la concerniente a la Madre. Y esa mitad tenía que cumplirse antes de que él se marchara definitivamente. O se hacía allí, junto a la cruz, o no se haría nunca. Por eso, en medio del dolor físico que debía sentir, de la confusión mental que inevitablemente tenía pues apenas le llegaba ya riego sanguíneo a la cabeza y sus pulmones no se llenaban de aire, él tuvo energía para expresar ese penúltimo deseo, esa última orden: Mujer, ese muchacho que representa a todos mis seguidores es, desde ahora, tu hijo. Juan, tú, como representante de todos, debes tratarla como a tu madre. Muy grande tenía que ser el empeño de Cristo en establecer esa relación entre María y nosotros para acordarse de ello en ese momento dificilísimo. Muy grande tenía que ser lo que se jugaba con esa maternidad, para que el Señor lo hubiera tenido presente hasta en ese instante, en el cual lo único que cabía esperar de él era expresiones de dolor y de abandono. Pero si eso es lo que deseó Jesús, debemos preguntarnos cómo recibió la Virgen ese extraño mandato. Naturalmente que Nuestra Señora quería a Juan. También quería a los otros apóstoles, incluido Judas el traidor. Pero éstos no se habían portado lo que se dice bien con su Hijo en aquellas últimas horas. A pesar de sus bravuconerías -por ejemplo las promesas de Pedro de que aunque los demás le abandonasen él no lo haría-, todos habían huido llenos de miedo y también habían entrado en crisis con respecto a la mesianidad de Jesucristo. María, que había vencido el muro del odio de los enemigos de Jesús, no tenía ningún inconveniente en amar a los apóstoles, por cobardes y traidores que éstos fueran. Para ella no suponía ningún esfuerzo perdonar a esos muchachos con los que, por otro lado, había tenido una estrecha relación. Pero de ahí a tratarles como a hijos. Más aún, aceptar que ellos eran los sustitutos de su hijo, eso era demasiado pedir para una pobre mujer de pueblo que estaba asistiendo, destrozada, a la tortura y muerte del único fruto de sus entrañas. Tenemos que ver las cosas así, porque así fue como sucedieron, para valorar como se merece el enorme esfuerzo, el gigantesco acto de amor, que tuvo que hacer Nuestra Señora para obedecer a Jesús. Porque, y ella lo sabía, no se trataba sólo de querer a Juan, a Pedro o a Santiago, sino de querer a todos, incluidos los más terribles pecadores, los más encarnizados enemigos de Cristo. Y de quererlos no de cualquier manera, sino de quererlos como sólo una madre sabe querer. ¿Podría ella convertirse en mediadora, en intercesora, en madre de los asesinos de Jesús? ¿Podría en su corazón humano caber tanta generosidad? ¿Podríamos nosotros esperar encontrar en sus ojos misericordia cuando nos acercamos a ella siendo, como somos, pecadores, es decir enemigos de su Hijo, culpables de la muerte de su Hijo? ¿Nos damos cuenta de que, cada vez que hacemos un pecado, no sólo ofendemos a Jesús sino que le hacemos daño a ella, a la misma que quizá a continuación elevaremos nuestras súplicas para pedirle ayuda? Es impresionante que Jesús le pidiera eso a su Madre. Revela el inmenso amor de Cristo hacia nosotros, su gran preocupación por nuestra salvación y por nuestro bien. Pero es más impresionante aún que María aceptara y que fuera capaz de cumplirlo no sólo entonces sino hasta ahora, no sólo con aquellos apóstoles acobardados sino también con nosotros, pecadores entre los pecadores, que disfrutamos inmerecidamente de su maternidad.
Propósito: Agradecer a Dios la maternidad de María, que nos la haya entregado también como
Madre nuestra, a pesar de ser los culpables de que su Hijo tuviera que morir.