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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual Mensual, mes de enero 2011 (segunda semana)

Segunda semana

 

Proclama mi alma.

María, como hemos visto, fue a Ein Karem a llevar a cabo un acto de caridad. En la caridad, en el amor, siempre hay riesgo y ese riesgo lo quiso correr Nuestra Señora consciente y deliberadamente. No es que ella fuera una temeraria, una imprudente, sino que, sabiendo lo que quería Dios de ella, se ponía en manos del Todopoderoso y no dudaba en ejecutar sus planes. El riesgo de amar está presente, por lo tanto, en todas las acciones de María y así fue como ella se convirtió en educadora de su divino Hijo desde el instante mismo de su concepción.

 

Pero, ¿qué hizo cuando llegó a la casa de su prima Isabel?. El Evangelio no nos describe los detalles del servicio que María prestó a su pariente y amiga. Posiblemente la Virgen, joven como era, no tuvo la tarea de poner orden entre las criadas de la casa. Echaría una mano, sin duda, en la cocina o incluso en los trabajos de la casa y hasta del campo. Sobre todo, María haría el papel de confidente, de consoladora, de amiga de su prima. Para eso había ido, para estar a su lado, para rezar junto a ella y por ella, para cogerle la mano en las largas horas de angustia que debieron preceder al parto de aquella mujer madura y hasta entonces estéril, que se jugaba quizá la vida con aquel primer alumbramiento.

 

Es en este papel en el que nos la describe el evangelista Lucas cuando narra el encuentro entre las dos amigas. Isabel, sorprendida por la visita de su prima, a la que no había comunicado su embarazo, saluda a María y la llama bienaventurada, mostrándose así ella informada de lo que está ocurriendo en el seno de la recién llegada. La Virgen, por su parte, no oculta la realidad, ni, con una falsa humildad, echa tierra sobre el milagro que custodian sus entrañas. Por el contrario, lo que hace es poner de manifiesto que, efectivamente, lo sucedido es magnífico, pero que no se debe a ella sino al Señor, al Altísimo, al Todopoderoso.

 

Es el momento del Magníficat, quizá la oración más hermosa de toda la Biblia después del Padrenuestro. “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, dice María, para añadir, más adelante, que “Dios ha mirado la humildad de su esclava”. Las maravillas, los milagros, ocurren –viene a decir Nuestra Señora-, pero no son obra nuestra, sino de Dios.

 

Esta es una lección que no debemos olvidar. A veces creemos que la humildad consiste en ocultar la realidad, en falsearla, en decir que lo que está bien está sólo regular. Esa es, en realidad, una falsa humildad. Si a los que, ante un merecido elogio, se echan tierra a sí mismos se les criticara a continuación, veríamos cómo, en la mayor parte de los casos, se revuelven contra las críticas, mostrando así que su humildad era ficticia, una mera pose dedicada a recabar nuevos e insistentes elogios. María no le dice a su prima, ante las alabanzas de ésta, algo así: “No exageres, no es para tanto. Al fin y al cabo, el hecho de que yo vaya a ser la Madre del Hijo de Dios no tiene tanta importancia”. Hubiera sido blasfemo y estúpido. María, la verdaderamente humilde, deja constancia de que el acontecimiento es maravilloso, pero que no es ella la autora, sino Dios.

 

Hagamos nosotros lo mismo. Si nos elogian por algo bueno que hemos hecho –desde una buena comida a una obra de arte, desde un trabajo profesional bien realizado a unas excelentes notas conseguidas en los exámenes- no ocultemos la realidad. Hagamos como María y digamos que si no hubiera sido por Dios, por los dones naturales que él nos ha dado o por la fuerza de voluntad que ha representado su gracia, no habríamos sido capaces de conseguirlo. No estaremos entonces lejos de la verdad, no estaremos lejos de la humildad. Y estaremos dejando claro, para todos, que a donde hay que mirar no es al pincel con que se ha pintado el magnífico y elogiado cuadro, sino hacia el artista que lo pintó, Dios.

 

 

Propósito: Agradecerle a Dios la humildad de María, que tenía muy claro quién era ella y quién era Dios. Y si ella, la Inmaculada, no se atribuía nada, mucho menos debemos hacerlo nosotros.

 

frmaria

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