Cuarta semana
La humildad de Dios.
San Pablo, cuando tuvo que explicar a los paganos que convertía el significado del nacimiento del Hijo de Dios, no encontró otro término mejor que el de humildad. “Renunció a su categoría de Dios y tomó la condición de esclavo”, dirá el maestro de los gentiles para hacer comprender a sus asombrados oyentes lo espectacular de la encarnación y de aquel nacimiento. Esto, que para nosotros es una idea tan conocida que ya no nos damos cuenta de su grandeza, te golpea fuertemente en el corazón cuando se visita Belén. En realidad toda Tierra Santa es el reino de una palabra: “aquí”. Lo mismo si visitas Nazaret que si te hincas de rodillas ante las piedras que Jesús regó con su sangre en la agonía del huerto o que si subes al Calvario, lo mismo en Belén que en Jerusalén, en Tiberiades o en Betania, la palabra “aquí” resuena con un poder tan grande en tu corazón que pocos logran resistirla.
Y de todos los sitios donde la piedra grita, uno de los más fuertes es, sin duda, Belén. “Aquí –te dices a ti mismo mientras oras en el cuchitril donde él nació-, aquí salió del cálido vientre de su Madre, sin romper su virginidad, para empezar a descontar minutos y avanzar hacia la muerte redentora. Aquí, en esta cueva que entonces sería todavía más húmeda y fría, es donde vio por primera vez la luz, que debió ser de algún candil o de alguna antorcha humeante. Aquí su Madre le dio de mamar la primera vez y aquí le lavó, le acunó, le durmió protegiéndole sólo con la fuerza poderosa y débil de sus brazos de mujer”.
Hay que ir a Tierra Santa. Hay que ir a Belén. El cristiano necesita dejarse educar, dejarse instruir por las viejas enseñanzas de las piedras, de los árboles, del lago, del desierto, de las callejuelas de Jerusalén, de la belleza de los templos que custodian los franciscanos. Hay que ir a Belén y aprender, tocando con tus manos estupefactas, lo que significó la humildad de Dios. Allí, en medio de aquella pobreza, de aquella desolación, de aquella cueva de ganado, allí nació el Hijo de Dios. Tanto amó Dios al mundo que no sólo envió a su único Hijo para redimir al mundo, para subir a la cruz, para derramar su sangre por los seres humanos, sino que quiso que todo hombre, por pobre que sea, por doliente y herido que esté, sienta a ese Dios cercano, próximo, igual. No nació rodeado de mármoles sino de piedra oscura y húmeda; no le recibieron los mejores perfumes del mítico Oriente, sino los del ganado que le daba calor; no tuvo sedas para cubrirse sino alguna zamarra vieja de pastor. En lo único que podemos envidiarle, y esto compensa todas sus carencias, es en los brazos de su Madre. No hubo cuna mejor, ropa mejor, mármol mejor.
Que la humildad de Dios, que la lección de la cueva de Belén, nos conmueva y nos convierta. Que podamos decirle, como María, con María: no tengo oro ni plata que darte, pero mi corazón es tuyo, mi vida es tuya y es tuyo hasta el último aliento de mi ser.
Propósito: Agradecerle a Dios que se hiciera hombre, que aceptara las limitaciones de ser hombre, para demostrarnos su amor, para enaltecer la naturaleza humana. Como le agradeció María.