Segunda semana
El Dios rechazado.
“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Es San Juan quien lo dice en su prólogo. Y eso lo empezó a experimentar Cristo no sólo en su hora final, la de la Cruz, sino en su mismo nacimiento. El Evangelio, con esa parquedad austera del cronista que no entra en detalles pero que dice todo con las menores palabras posibles, nos informa de que, tras el incómodo viaje de Nazaret a Belén, en un estado avanzado del embarazo de María, la pareja se encontró con que el pueblo de David estaba lleno de gente, debido a que habían sido muchos los que, como ellos, se habían visto forzados a acudir allí a empadronarse. No había sitio para ellos en ninguna parte. Al final, ante la gravedad de la situación, no tuvieron más remedio que refugiarse en un lugar totalmente impropio, no sólo para una muchacha que estaba a punto de dar a luz, sino para cualquier ser humano. Las cuevas que acogieron a José y a María eran, simplemente, establos naturales donde los lugareños encerraban a sus rebaños de ovejas. El olor debía ser nauseabundo, fruto de la gran cantidad de suciedad que allí llevaba años acumulándose.
En aquel lugar, adecentado como pudo por José y por María, se vio forzado a nacer el Hijo de Dios. No podía haber lección más importante que el Señor pudiera darnos en esa primera aparición de su Hijo en el mundo de los hombres. Él, que pudo haber elegido el palacio de Augusto en la colina del Palatino, o la casa de Herodes en Jerusalén, él vino al mundo en unas condiciones de miseria tal que ningún miserable las podría envidiar para él.
Pero si ese es el gesto de humildad, de encarnación, de abajamiento de todo un Dios, cabe preguntarse de quién era la responsabilidad. ¿Es que, de verdad, no había ni un hueco libre en Belén? ¿Si José hubiera sido un rico potentado en lugar de un pobre carpintero de provincias, no se le habría hecho sitio aunque hubiera sido en un hogar particular? El problema que plantea la pobreza del nacimiento de Jesús en la cueva de Belén es el eterno problema de la riqueza que coexiste con la pobreza. Mientras que para unos la solución es que los pobres no existan, a base de acabar con ellos, para otros, para los seguidores del que nació pobre, la pobreza desaparecerá cuando se ponga en común la mucha y mal repartida riqueza que existe. Esto, por otro lado, nos sitúa también delante de nuestras responsabilidades con los que llaman a nuestra puerta, a nuestra bien surtida mesa, extendiendo sus manos vacías y pidiendo ayuda. Podemos decirles, como le respondieron a Jesús, que se busquen un lugar con los animales, que vivan como animales en lugar de cómo seres humanos. O podemos, como el Señor espera de nosotros, abrirles nuestro corazón y compartir con ellos lo poco o mucho que tengamos.
Y si esa es la primera lección que podemos sacar de ver aquel cuadro de Belén, la segunda nos lleva a fijarnos en María. ¡Qué difícil debió resultarle aceptar aquella situación! ¡Qué difícil debió ser para ella conjugar la fe en el amor de Dios con la inevitable sensación de abandono y de soledad que no pudo dejar de sentir! ¿Dónde estaba el Dios que interviene en la historia en el momento en que el Hijo de Dios no podía encontrar ni un lugar digno para nacer? ¿Sería aquel, de verdad, el Hijo de Dios cuando su Padre se mostraba, aparentemente, tan indiferente a su suerte?
Fijémonos, pues, una vez más en la fe de María. Una fe ciega en el amor de Dios. Una fe ciega en que Dios, aunque las apariencias digan lo contrario, no abandona nunca a su pueblo.
Propósito: Agradecerle a Dios la humildad de María, que no perdió la fe en Dios ni la paz interior cuando vio que no había sitio para que pudiera nacer su Hijo, el Hijo de Dios.