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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual mensual, mes de octubre de 2011

La Virgen María. XXVIII Octubre de 2011
Hasta ahora hemos estado meditando sobre la figura de María desde su nacimiento hasta que su hijo, Jesús, decidió que había llegado la hora de emprender su última etapa, la que le conduciría a la Cruz. Vamos, en los próximos meses, a dirigir nuestra mirada hacia la Virgen pero viéndola como una madre que se queda sola en casa –ya era viuda-, mientras su hijo se va a hacer lo que tiene que hacer y, al hacerlo, pone en peligro su vida. María, desde la retaguardia, supo sostener a Jesús, unirse a Él con un dolor compartido en la distancia, y ser para nosotros un modelo.
                Primera semana
 
Madre generosa.
 
Llegó, por fin, el momento de que Jesús se fuera de casa. ¿Lo había intuido María? ¿Se lo había dicho a ella el corazón de madre mucho antes de que su Hijo le dijera nada? Posiblemente, porque si existe un sexto sentido, ese se guarda, sin duda, en el corazón de las madres. Es más difícil asegurar que la Virgen sabía, con exactitud, el día y la hora en que eso ocurriría.
Quizá lo intuyó cuando Jesús le comunicó que debía acudir al lado de su primo Juan, el Bautista. Partió de Nazaret con algunos de sus primos y, si no había cambios, debían reunirse a medio camino entre el lago de Galilea y Nazaret, en casa de un amigo de la familia que celebraba la boda de uno de sus hijos. En Caná de Galilea.
El caso es que María, tal y como estaba previsto, se dirigió a Caná para acompañar a sus amigos en aquel momento tan importante para ellos. Allí, también según lo previsto, apareció Jesús. Lo que nadie esperaba es que, además de ir acompañado por sus primos, el Señor estuviera rodeado por unos amigos desconocidos que en realidad le trataban más como a un maestro que como a un compañero.
María ya no tuvo dudas. Algo había pasado en el lago. Lo leyó en la cara de Jesús. Lo comprendió al ver el respeto con que aquellos muchachos desconocidos -Andrés, Juan, Santiago- trataban a su hijo. Hasta sus mismos primos -Santiago el de Alfeo y Judas el de Tadeo- parecían mirarle de otra manera. Se puso, entonces, en lo mejor y, a la vez, en lo peor. Es decir, comprendió que el momento de la separación había llegado. Y se alegró, como es natural, pues ella era la primera que no quería que su Hijo renunciara a cumplir los planes por los que había venido al mundo. Pero, a la vez, sintió la inevitable congoja al comprender que se iba a marchar de su lado y que ya no podría disfrutar de él a todas horas como había sucedido hasta entonces. ¿Qué madre hubiera sentido otra cosa?.
Sin embargo, probablemente, la Virgen no sabía que ella debía ser precisamente la que le diera a su Hijo la señal de salida. Claro que si lo hubiera sabido lo hubiera hecho igual, pues ella lo único que deseaba era hacer la voluntad de Dios y que esa voluntad la hicieran también los demás.
Como es sabido, en Caná -quizá incluso por el exceso de invitados- faltó el vino durante la boda. Era una cosa de relativa importancia y Jesús seguro que se había encontrado durante su vida con problemas más graves y no había hecho ningún milagro. Total, lo más que podía pasar es que las fiestas, sin vino, terminaran antes y que los novios anduvieran en lenguas de la gente como pobretones o como poco previsores. No era agradable, pero tampoco era cosa de que se hundiera el mundo.
Así que, posiblemente, Jesús no hubiera movido un dedo para resolver el problema. Pero allí estaba su madre. Es posible que ella se diera cuenta antes que él, pues para eso era una mujer. En todo caso, la actitud de ella demuestra que estaba segura de que su Hijo podía hacer milagros, lo cual significa que se los había visto hacer a menudo. Lo que quizá ignoraba es que aquel hecho portentoso debía ser el punto de partida de la vida pública de Jesús y, como consecuencia, de la separación de su lado y de su aproximación a la muerte redentora. Estoy seguro, no obstante, de que si lo hubiera sabido habría obrado del mismo modo.
Porque, y esa es la lección de las bodas de Caná, María no era de esas madres que son como gallinas cluecas, que quieren tener siempre a sus pollitos bajo las alas. No era una madre posesiva. No era una mujer dominante que desea que el otro viva sólo para ella y que niega al hijo su propia existencia y hasta su libertad y personalidad.
María en Caná se nos muestra como lo que era, una mujer generosa. Una mujer decidida a compartir el mayor tesoro que tenía: su propio Hijo. Aunque eso supusiera, de alguna manera, perderlo. Estoy seguro de que si María hubiera tenido una revelación que le indicara que el milagro del vino en Caná era el principio del fin y que, como consecuencia, empezaba a descontarse el tiempo que faltaba para que Nuestro Señor fuera crucificado, de igual modo habría llamado a su Hijo y le habría dicho, mostrando los cántaros vacíos, “no les queda vino”. Y luego, a continuación, habría vuelto a llamar a los criados para decirles que fueran a ver a Jesús e hicieran lo que él les mandara.
 
Propósito: Agradecer a Dios la generosidad de María, cortando las amarras que unían a su Hijo con el hogar familiar y poniéndole en el camino de la evangelización y de la Cruz.
 
 
 
Segunda semana
 
Virgen poderosa
 
El milagro de las bodas de Caná, además de hablarnos de la intuición de María -que se da cuenta antes que Jesús de la existencia de problemas, pues para algo era mujer- y de su gran generosidad, pues acepta compartir el mayor de sus tesoros, su Hijo, en lugar de quedárselo sólo para ella, nos habla con toda claridad del papel que María ocupaba en la vida de Cristo.
María, con delicadeza, sin imposiciones, sin voces, sin exigencias, con esa humildad que es virtud y que es sabiduría femenina, se limita a exponer a su Hijo la existencia de un problema. Ni siquiera le pide que lo resuelva. Sólo le dice lo que ocurre: “No les queda vino”. Claro que Jesús, que conoce lo suficiente a su Madre, sabe perfectamente lo que eso significa. Sabe, porque sin duda no era la primera vez que ocurría, que esa descripción del problema es una forma delicada de pedirle que lo resuelva. Por eso, el Señor, posiblemente sonriendo y mirando a sus jóvenes y recién incorporados discípulos, contestó a su Madre diciéndole: “Mujer, ¿y a mí qué?. Todavía no ha llegado mi hora”.
¿De qué hora se trataba? No podía ser otra que la de la vida pública. Jesús se muestra, con esa respuesta, como alguien que desea retrasar, aunque sólo sea por unos instantes, el momento difícil de dejar el agradable hogar familiar para emprender la dura vida de adulto. Y María, la Madre, la sabia, la Inmaculada, se nos muestra como aquella que conoce el corazón del Hijo y que le anima a que dé un paso adelante, hacia el cumplimiento de sus obligaciones. No puede haber, pues, una escena más familiar, más corriente, que ésta.
De hecho, la Virgen, demostrando que conoce perfectamente a su Hijo y que está en una sintonía tal con él que hace que todos sus deseos sean cumplidos por Jesús, no le dice nada más. Se retira silenciosa, pero no derrotada. Va directa al mayordomo y le ordena que acuda al lado de Jesús. “Haced lo que él os diga”, manda al jefe de los criados, pronunciando una frase que es todo un programa de vida para el cristiano y también todo un símbolo de cuál es el papel que la Virgen ocupará en la historia de la salvación: interceder por los hombres y ordenar a estos que obedezcan a su Hijo.
El mayordomo, como es sabido, obedeció a María, posiblemente sin saber muy bien de qué se trataba y qué es lo que Jesús debía mandarle. No hay que olvidar que estamos ante el primer milagro público y que, por lo tanto, nadie tenía idea hasta entonces de la capacidad taumatúrgica de Cristo. Obedeciendo -es decir a ciegas pero lleno de confianza en aquella que se lo mandaba, la Virgen- el criado acudió a Jesús y llenó los cántaros con agua para después sacar su contenido y comprobar que era el mejor vino que nunca había probado en su vida. ¿Qué debió pensar mientras ponía el agua en los recipientes? ¿No se sintió un tonto, llevando a cabo una acción a todas luces inútil? Sin embargo, algo debía tener la Virgen ya en aquel entonces, cuando aún nadie conocía su poder, para que aquel hombre la hiciese caso y, por obediencia a ella, secundase las órdenes de aquel muchacho galileo, el Hijo de María. Porque, hasta entonces, Jesús era sólo eso: el Hijo de María. Desde entonces ella pasó a ser la Madre de Jesús. Pero fue ella la que posibilitó ese cambio, la que le dio a él el protagonismo, la que hizo que un hombre obedeciese por primera vez a su Hijo y, como consecuencia, se produjese el primer milagro.
Ahí está, pues, el poder de María. En su gran capacidad para tocar el corazón de los hombres y hacer que éstos, por duros que sean, se conmuevan y ablanden, se acerquen a Dios, se conviertan y, por consiguiente y gracias a la acción de su Hijo, se salven. Porque, no hay que olvidarlo, los milagros los hace Jesús, pero en muchos casos quien lleva a los hombres hasta Cristo, quien les mueve a dirigirse al Señor y a pedirles el milagro, es la Virgen.
Recuerdo un caso que me contaron unas monjas de clausura. Habían tenido obras en el monasterio y el capataz de los albañiles era de todo menos educado. Las monjas lo sufrían con paciencia y rezaban por él. Un día entró en un almacén, donde guardaban unas imágenes. Entre ellas había, en el suelo, una de la Virgen conocida como la Milagrosa, con sus manos extendidas y su mirada llena de ternura. La superiora me lo contaba todavía con los ojos llenos de emoción. Aquel hombre duro, acostumbrado a andar en las obras y con un lenguaje de antiguo carretero, se quedó mirando la imagen durante unos minutos, en silencio. A su lado, la monja no sabía qué hacer, porque comprendía que algo estaba pasando en al corazón de aquel tosco gañán de pueblo. Al cabo, él se dio media vuelta y salió sin decir nada. Pero desde aquel día su comportamiento cambió. La superiora me decía que no sabía si el cambio había sido definitivo y para con todos, pero sí, desde luego, para con ellas. Había sido, una vez más, María. Ella, en silencio, con sus manos abiertas y sus ojos dulces, fue capaz de convertir un corazón de piedra en uno de carne. Ese es y será siempre su poder.
 
Propósito: Agradecer a Dios que nos haya dejado a María como Madre que intercede por nosotros y que pone al servicio de los pecadores y de los que sufren su poder.
 
 
 
Tercera semana
 
Modelo de confianza.
 
María puso a Jesús en el camino de la realización de su labor cuando le pidió que hiciese el milagro de Caná. Con ello, el Maestro llamó la atención de los demás y, según el Evangelio, “creció la fe de sus discípulos en él”.          
Es sabido que, a continuación, Jesús empezó lo que se llama “la vida pública”. El Señor recorrió durante más o menos tres años todo Israel e incluso hizo algún viaje fuera de sus fronteras. Predicó, hizo milagros, se enfrentó con los poderes establecidos y, al final, cuando le llegó su hora, subió al calvario, murió y resucitó.
Pero, ¿y María?. Ella me recuerda a la madre paciente que aguarda en casa, sin tener noticias del Hijo, y que se consume de impaciencia temiendo lo peor. Y no es que María dudara en ningún momento ni del apoyo divino con que contaba Jesús ni de la rectitud de sus intenciones o de sus obras, sino que, forzosamente, la falta de comunicación entre ambos debía poner a prueba los nervios de la Virgen, como muchos hijos ponen hoy a prueba los de sus madres, aunque por otros motivos.
En esos tres años de vida pública, María fue “la retaguardia de Cristo”, su apoyo silencioso a distancia. Fue su oración silenciosa que se alzaba hasta el cielo suplicando ayuda para aquel que era, por otro lado, la fuente de toda ayuda. Fue la mujer viuda que, con la marcha del Hijo, veía aumentar su soledad y que hacía de ella un instrumento de apoyo al Hijo ausente, ofreciéndole a Dios su dolor y colaborando así con la misión redentora de Cristo.
Sin embargo, en esos tres años, seguro que hubo más de un momento en que esta labor de “retaguardia” debió ser un poco más difícil. Como es sabido, Jesús no se ahorró enemigos. No es que él fuera un temerario, un insensato, un provocador, pero desde luego no era un político, un componedor que buscaba el consenso a cualquier precio. Jesús quería la paz, pero no estaba dispuesto a pagar por ella lo que fuera. Así, llamó “camada de víboras” a los santurrones fariseos, mientras que a sus rivales saduceos les calificaba de “sepulcros blanqueados”. Tenía para todos y nadie que no estuviera a bien con Dios escapaba a sus críticas. Los únicos que no recibían sus fustigamientos eran los pobres, los sencillos, los abandonados, los “heridos de la vida”, a los cuales en muchas ocasiones los hacía quedar por delante de aquellos otros que llevaban escrito en la frente el título de “santo oficial del reino”.
Ese Jesús era un signo de contradicción. Sus enemigos brincaban de odio cada vez que curaba a alguien y oían los elogios que le dirigía el pueblo. Tramaban conspiraciones, juraban venganzas, acechaban sus pasos para acabar con él. Por eso no es extraño que, más bien pronto que tarde, las noticias de las aventuras de Jesús llegaran a la montanara Nazaret. Me imagino a alguna vecina haciéndose la encontradiza con María en la fuente y diciéndole que había oído que a su Hijo le perseguían por alterar el orden público, o que los sacerdotes habían dicho de su Jesús que era un blasfemo. Otras llegarían corriendo a llamar a la puerta de su casa, incluso de noche, para comentarle que se habían enterado de que le habían tendido una emboscada y que, quién sabe, quizá había caído en ella. No faltarían, sin duda, las que le dirían que se hablaba de que andaba en compañía de una famosa prostituta de Magdala y de que entre sus discípulos se encontraban incluso los malditos publicanos.
En fin, allí, sola, en aquel Nazaret cada vez más hostil, María libró su propia lucha contra el mal, su propia lucha a favor de la redención como colaboradora de su Hijo. Y la libró practicando una virtud de la que nosotros estamos necesitados: la de la confianza. Porque eso fue lo que la Virgen hizo una y otra vez cuando le contaban cosas, a veces contradictorias y en no pocas ocasiones malas acerca de Cristo: tener confianza en él. ¿Es que no le conocía ella de sobra?, pues entonces que dijeran aquellas arpías lo que quisieran, que ella sabía que todo lo que su Hijo hiciera estaba bien hecho y que, sin la menor duda, lo que la contaban era fruto de la envidia o del equívoco.
¿No podríamos imitar nosotros a María en eso? ¿No podríamos darle, por lo menos a algunas personas, un voto de confianza? ¿Tienen que estar demostrándonos siempre su honradez, su cariño, su sinceridad? A veces destruimos los más nobles sentimientos precisamente porque, por no creer en ellos, terminamos por cansar y decepcionar a los que los tienen. Nos merecemos el título de “condenados por desconfiados”. No fue así María, ciertamente. Su Hijo siempre contó con su apoyo, más allá de los rumores, más allá de las apariencias, porque más allá de todo estaba el amor que ella, su Madre, le tenía.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo de María, su “fiat” repetido tantos días y tantas noches, cuando no tenía noticias de su Hijo o cuando se enteraba de que le perseguían.
 
 
 
Cuarta semana
 
Virgen de las Angustias.
 
Los tres años de la vida pública de Cristo debieron ser tres años muy difíciles para la Virgen. Tres años de preparación para la separación definitiva, tres años de colaboración anticipada con la redención que Cristo nos ganaría muriendo por nosotros en la Cruz. La soledad de María, la incomprensión creciente por parte de los vecinos de Nazaret, la falta de noticias o la llegada de malas y distorsionadas noticias, tenían el corazón de María al borde del precipicio de la angustia y del miedo. ¿Qué sería de su Hijo por esos caminos? ¿Cómo se defendería de tantos enemigos como le acechaban, él, que eran tan inocente y que no conocía doblez? ¿Sería verdad que andaba en malas compañías y que prefería la amistad de las prostitutas y los publicanos a la de las gentes de bien como los fariseos y sacerdotes?
Si la Iglesia dice que las monjas y monjes de clausura, con su vida escondida en Cristo, son las raíces de las que beben, por la comunión de los santos, los que estamos en la primera línea de la evangelización y los misioneros, entonces María fue exactamente eso durante los tres años que vivió escondida en Nazaret mientras su Hijo predicaba la buena nueva por todo Israel. Ella era la contemplativa que todos los días se recogía en oración y se exponía, como un pararrayos, ante el Señor para desviar hacia sí los problemas que pudieran venirle al Hijo.
Yo creo que por eso las madres, y también los padres, se sienten tan cerca de la Santísima Virgen. ¡Cuántas veces he escuchado a madres y a padres decir que le piden a Dios que les dé a ellos una enfermedad que padece el hijo, o que sean ellos los que lleven la cruz que a su muchacho o a su muchacha les aflige! Y es que el amor de María, el amor de una madre, no ha desaparecido afortunadamente de la faz de la tierra y vive en el corazón de muchos hombres y mujeres hacia sus criaturas.
María, por lo tanto, angustiada. María que, en la soledad de Nazaret, sin noticias o con noticias tergiversadas, sufría en silencio, sin poder hacer nada, sin poder salir corriendo en busca de su Hijo para saber la verdad, para comprobar que estaba bien, para tocarle, para abrazarle, para besarle. Pero también, María, que sufría anticipadamente, cuando todavía él no sufría, y que ofrecía a Dios su sufrimiento para aliviar el peso del que recaía en los hombros de su Hijo. Porque esta segunda parte es la que no podemos olvidar.
Ella, la solitaria de Nazaret, la sin noticias, la que experimentaba cada mañana en su corazón aquellas espadas de que le había hablado el anciano Simeón cuando llevó a su niño recién nacido al Templo, ella no es sólo un modelo de dolor, un modelo de pasividad. Es, ante todo, un modelo de amor. María, en la soledad de Nazaret, era cualquier cosa menos una mujer pasiva. No se mesaba los cabellos, no recorría las calles de su aldea llorando, no acudía a la sinagoga para clamar contra el cielo, no andaba buscando hombros en los que apoyarse para explicar a todos lo mal que lo pasaba y lo injusto que eran con ella tanto Dios como su Hijo. María, en la soledad de Nazaret, fue siempre la mujer creyente, la mujer fuerte, la mujer que sabía que su dolor era una moneda valiosa que podía utilizar para ayudar a su Hijo en su tarea redentora. Ella no desperdició ni una sola de sus lágrimas, y no porque no llegaran a caer nunca de sus ojos, sino porque se las ofrecía al Altísimo para que ayudara a su Hijo y para que perdonara los pecados de los hombres.
¿Somos nosotros así o, por el contrario, cuando tenemos un problema nos parece que Dios nos ha abandonado y clamamos contra el cielo acusándole de estar ciego y sordo ante nuestras súplicas? Porque María, de la que con razón se ha dicho que no había dolor como su dolor, es modelo no sólo de sufrimiento sino de cómo llevar ese sufrimiento. Quizá lo que nos falta a nosotros, lo que sí tenía María de sobra, es más fe. Fe en la comunión de los santos. Fe en que ni un solo cabello de nuestra cabeza cae por casualidad. Fe en que podemos colaborar en la obra redentora de Cristo aceptando lo que Dios -misteriosamente- nos envía y uniendo nuestro sufrimiento al de Jesús en el calvario.
Lo que nos pasa a nosotros, que no le sucedía a María, es que creemos que sólo vale el fuerte, el poderoso, el rico. Creemos que el enfermo no sirve para nada, como no sirve el pobre, ni el niño ni el anciano. Y Dios, y María, ven las cosas de otro modo. Por eso ella, en su soledad de Nazaret, no se desesperó. Sufría, y sufría muchísimo, pero sabía que ese sufrimiento era una moneda valiosísima, un instrumento poderoso con el cual podía ayudar a su Hijo. Ella, trabajando a distancia, y él recorriendo los caminos llenos de polvo y de peligros, salvaban el mundo.
 
Propósito: Agradecerle a Dios que María, durante la vida pública de Jesús, fuera corredentora con Él. Su sufrimiento a distancia no era inútil. Sostenía a su Hijo y le ayudaba a seguir.
 
 
 
Quinta semana
 
La prisionera de Nazaret.
 
No me cabe duda de que uno de los momentos más difíciles para la Virgen, durante aquellos tres años que duró la vida pública de Jesús y, por lo tanto, la separación entre Madre e Hijo, tuvo lugar cuando Jesús visitó su pueblo, Nazaret.
El Evangelio cuenta lo ocurrido con cierto lujo de detalles, señal de lo importante y significativo que fue. No sólo por el hecho de que se tratara de la primera vez que querían matar a Jesús, sino porque ese intento tenía lugar nada menos que en el pueblo donde había vivido prácticamente toda su vida.
Hay que reconocer que el Señor, que ya tenía una cierta fama de hacedor de milagros y que se presentó en su aldea rodeado de discípulos, fue poco diplomático con sus vecinos. ¿Qué trabajo le habría costado hacer algún milagro en Nazaret? ¿Es que no había por allí cojos, ciegos o paralíticos? Y, sin embargo, ante toda la comunidad reunida y expectante, dijo aquello de que no tenían fe suficiente y que por eso no podía hacer nada.
Sus vecinos se pusieron como fieras y le arrastraron hasta la cima de la colina con la idea de despeñarle y acabar con su vida. Sorprendentemente, él logró librarse y se marchó de allí para siempre.
Pero, ¿y María? Seguro que estaba en la sinagoga cuando Jesús habló. Lo vio todo, lo mismo el inicio del tumulto que la marcha montaña arriba o que la huida precipitada de su Hijo. ¿Qué sintió su corazón de Madre ante todo aquello? ¿Qué deseó hacer cuando vio a sus vecinos agarrar a su muchacho, zarandearle, insultarle e incluso intentar matarle? ¿No quiso tirarse a su cuello para defender al fruto de sus entrañas? ¿No sintió el deseo de hablar con Jesús y, como hizo en Caná, convencerle para que hiciera un milagro que les dejara satisfechos?
Una vez más nos encontramos con el misterio y con el silencio. Un silencio que sólo nos permite imaginar. Ahora bien, de lo que sí podemos estar seguros es de que la Virgen sufrió mucho y de que, en parte comprendiendo a Jesús y en parte fiándose de él, estuvo siempre a su lado. También podemos estar seguros de que no hizo ningún gesto violento; ni su boca ni sus manos fueron canales del odio, y esto por un sencillo motivo: ese sentimiento no tenía cabida en ella; era una paloma sin hiel, que no conocía el mal; era, anticipo de su Hijo, cordera mansa que aceptaba algo aún más duro que ser llevada al matadero: que llevaran a ese lugar a su criatura.
Pero, posiblemente, lo peor vino luego, cuando Jesús se fue. Posiblemente apenas si tuvieron tiempo de despedirse. Todo debió ser precipitado, airado, rápido. Quizá un abrazo y un beso al vuelo, mientras se escurrían por las callejuelas Jesús y sus amigos. Quizá una promesa: “tendrás noticias mías, no tengas miedo”. Sea como sea, allí quedó ella, sola y, lo que es peor, en tierra hostil.
Porque desde entonces Nazaret ya no fue el mismo. Si hasta ese momento en el pueblo había muchos que estaban contra Jesús, desde ahora lo estuvo toda la población, con la escasa excepción de sus familiares, que, por otro lado, fueron pasándose paulatinamente al grupo de los enemigos del Maestro.
María se quedó sola en Nazaret, en tierra extraña, prisionera, secuestrada como una rehén por los enemigos de su Hijo. ¡Qué difícil debió resultarle la vida desde entonces! ¡Cuántas ocasiones tuvo, a partir de ese momento, para ofrecer a Dios su dolor en colaboración con la misión redentora de Cristo!.
Sin embargo, el odio no logró hacer mella en su fortaleza. Ni siquiera el ver a todos aquellos, hasta hace poco caras amigables ahora convertidas en furibundas; o aquellos otros, a los que ella y Jesús tantas veces habrían hecho favores, olvidándolo todo y negándola el saludo cuando la veían en la fuente o en el mercadillo. Ni siquiera la oleada de ingratitud y de rencor que se lanzaba sobre su corazón virgen e inmaculado, pudo vencerla. Derrotó al odio con amor e hizo lo que después San Pablo dijo que había hecho su Hijo: donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. Donde había odio puso amor, aunque no tenía esperanza de encontrar nunca, a cambio, nada de amor.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo de María, que supo resistir todas las presiones, incluidas las familiares, por ser fiel a Dios, a su divino Hijo.

 

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