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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual Mensual, Noviembre 2011 (primera semana)

La Virgen María. XXIX Noviembre de 2011
Cristo fue el principal protagonista de su propia muerte. Pero no fue el único. Podríamos decir que hubo una “pasión de Cristo” según el Padre, en la medida en que el Padre sufrió con el Hijo mientras este sufría. Hubo otra “pasión” según el Espíritu Santo y, por supuesto, hubo una “pasión” según la Madre, según la Santísima Virgen. En éste y en los siguientes capítulos voy a intentar entrar en las entrañas, en el corazón, en lo íntimo de una mujer que no sólo pierde un hijo, que no sólo ve cómo matan a su hijo, sino que pierde y ve cómo matan a su Dios. El misterio es tan abismal que sólo con la contemplación mística podemos asomarnos a él para intuir algo, aunque sea poco, de lo que María vivió, de cómo sufrió, de cómo creyó y de cómo amó.
                Primera semana
 
Ausencia y presencia en la Última Cena.
 
La Pasión de Cristo tuvo un prólogo solemne, el que celebramos en la tarde del Jueves Santo, la Última Cena. En ella proclamó el mandamiento nuevo, nos dejó el regalo de la Eucaristía y además instituyó el sacerdocio.
Con toda probabilidad, María estaba junto a Jesús en el momento en que éste marchó hacia Jerusalén, desde casa de Lázaro en Betania, para celebrar aquel ágape singular con sus apóstoles. Si Nuestra Señora no hubiera estado cerca de su Hijo, ¿cómo habría podido llegar, desde Nazaret o Caná hasta Jerusalén para estar, el viernes por la tarde, junto a la Cruz?.
Así, pues, María estaba junto a Jesús cuando le vio partir hacia Jerusalén, para recorrer los escasos kilómetros que le separaban del cumplimiento definitivo de su misión, del Calvario. Ella no estaba a solas con él. En la casa de Lázaro se encontraban al menos sus dos hermanas y también, posiblemente, algunas de las otras mujeres que acompañaban al Maestro y de las que hablan los Evangelios, especialmente Magdalena.
¿Sintió María algún tipo de desprecio por el hecho de que Jesús no la llevara con él en la tarde del jueves santo? ¿Tuvo, ella o Magdalena, algún arrebato feminista que les condujera a reivindicar una especie de cuota femenina en aquel selecto grupo de escogidos?
Nada de todo eso hubo ni en el corazón de María ni en el de las otras mujeres que allí se encontraban. Era algo completamente impensable para ellas, dada su cultura. Pero es que, además, en aquella casa también había hombres; por ejemplo, Lázaro, el anfitrión. Tampoco ellos se dirigieron al Maestro pidiéndole que les dejara acompañarle a ese gran acto que iba a tener lugar en Jerusalén. Y no sólo porque no supieran lo que iba a suceder, sino porque ellos -como buenos creyentes judíos- aceptaban la omnipotencia de Dios, su omnisciencia, y estaban decididos a ser siervos de Dios y no sus señores; estaban decididos a cumplir órdenes, no a darlas. Aceptaban, por eso y de buen grado, todo lo que Jesús decía y quería; respetaban sus decisiones, las comprendieran o no; daban por supuesto que no tenían derecho a nada y que todo lo que se les diera era gratuito.
El sacerdocio, desde este punto de vista, no es un derecho, sino un don. Un don que Dios da a quien él desea y que, como regalo que es, no se puede exigir. Así lo entendió María y así lo aceptó.
Pero, por otro lado, la Santísima Virgen no estuvo ausente del todo de aquella última y sagrada cena. Aunque físicamente no se encontraba allí, sí lo estaba espiritualmente. Su sacerdocio era de otro tipo. Era el llamado “sacerdocio común de los fieles”, al que se accede por el bautismo. Ella, como cualquier bautizado, consagra al Señor no el pan y el vino sino su trabajo cotidiano, su amor y sus sufrimientos. Es ese amor, ofrecido conscientemente al Señor, el que le permite disfrutar de la presencia de su Hijo y ejercer otro tipo de sacerdocio. No hay que olvidar que el mismo Jesús que dijo “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”, había dicho antes: “Donde dos o tres están unidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y a ella, a María, no le importaba acceder a ningún tipo de poder, sino que sólo le importaba amar y servir. Por eso, cuando no la llamaron para ir a la última cena no le dio importancia, ni se la hubiera dado de haber sabido lo que iba a tener lugar. Se hubiera enfadado muchísimo, eso sí, si no le hubieran permitido amar a su Hijo, si no hubiera podido tener acceso a su presencia eucarística, si no hubiera podido participar de ese sacerdocio común por el cual ella podía hacer presente a Jesús si estaba unida, en el nombre de su Hijo y por amor a su Hijo, con el resto de sus discípulos.
Ausencia de María y de las mujeres, por lo tanto, en el acto de institución del sacerdocio. Misterio que no entendemos pero que aceptamos, recordando que los regalos no se reivindican porque no son derechos. Pero presencia de María, verdadero modelo de presencia, en ese otro sacerdocio: el del amor, el del servicio, el que hace posible que exista esa otra materia prima que no es pan y vino sino que es caridad y sobre la cual el Señor se hace presente en medio de los suyos. María se hubiera molestado si no la hubieran dejado servir, pero no se ha enfadado nunca porque no la dejen mandar.
 
Propósito: Agradecer a Dios la humildad de María, a la que sólo la importaba de verdad servir a su Hijo y que por eso es la mejor de sus discípulos y la que tiene toda la autoridad aunque no tenga poder.
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