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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual Mensual, Noviembre de 2011 (Segunda Semana)

Segunda semana
 
La despedida.
 
Como se ha dicho, María estaba junto a Jesús cuando éste marchó hacia Jerusalén para celebrar la cena de Pascua, su Última Cena. Quiero detenerme un poco en la que fue, sin duda, su despedida.
Estoy convencido, aunque los Evangelios no hablen de ello, de que entre Madre e Hijo hubo palabras de explicación. La sintonía espiritual entre ellos era de tal calibre que era impensable que Jesús se marchara para llevar a cabo la obra de su vida sin decirle una palabra a su Madre, sin asegurarle que después de tres días iba a resucitar, sin darle un último beso, un último adiós.
¡Qué tremenda debió ser aquella despedida!. Hubiera o no palabras explícitas por parte del Maestro, la Madre lo sabía todo, pues lo que él no le hubiera dicho lo intuía ella. Ella sabía, por lo tanto, que aquella era la última vez que le veía vivo, sano, fuerte, hermoso. Sabía que era la última vez que podía pasar su mano por sus cabellos negros. Sabía que era la última vez que podía poner sus labios en su cara aún viva y palpitante. Sabía que era la última vez que podía ver su sonrisa, oír su voz con aquel tono alegre tan característico, sentir esa vitalidad que emanaba de él y que hacía que desaparecieran todos los miedos tan solo con estar a su lado.
María de la última vez, mujer y madre que vio a su Hijo adorado partir hacia el calvario, hacia el matadero como un cordero inocente. María que contempló, desde la casa de Lázaro, cómo su muchacho se iba alejando entre los olivos para subir la cuesta que separaba Betania de Jerusalén, anticipo de esa otra cuesta, la del calvario, que habría de subir al día siguiente, el viernes santo.
¿Cómo no sentir a esa mujer, a esa madre, cercana? ¿Cómo no van a identificarse con ella todos los que tienen que despedirse de la vida o de alguien al que le ha llegado la hora de dejar la vida? Ella, María, resume en sí todas las penas y sufrimientos de los seres humanos, especialmente de esos que podríamos llamar “vicarios”, porque los tenemos y padecemos en la medida en que los tienen y padecen nuestros seres queridos. Sufrimientos que quisiéramos suprimir y no podemos. Dolores que quisiéramos poner en nuestras espaldas para aliviar las suyas sin que eso sea posible.
Pero no se trata sólo de contemplar a María y de dejarnos llevar de la emoción del momento. Se trata de admirarla y, a la vez, de imitarla. Imitar a María que supo estar en su sitio. Imitar a María que fue tan fuerte, tan dueña de sí misma, que no le hizo una escena a su Hijo cuando se marchó. Y no por falta de ganas. Seguro que tuvo en la boca el grito desgarrado. Seguro que sus manos pugnaban por asir la túnica de Jesús e impedirle que dejara Betania. Seguro que su cabeza le sugería mil razones que dar a su Hijo para que demorara la partida, para que renunciara a ella definitivamente.
Y, sin embargo, no lo hizo. Sus labios no se abrieron para disuadir a Jesús de que no subiera a la cruz. Sus manos no agarraron, posesivamente, su cuerpo. Sus ojos no derramaron lágrimas más fuertes que las cuerdas y las cadenas.
Quizá tampoco le dijo: vete. Quizá tampoco le animó a marchar como si fuera a dar un paseo campestre, una gira de domingo. Posiblemente le escuchó en silencio, le acarició dejando que sus dedos disfrutaran por última vez con el roce de su piel. Posiblemente se limitó a besarle en la frente y en las mejillas. Posiblemente sólo le dijo una frase: estoy contigo; pase lo que pase, creeré en ti y creeré en tu Padre. Te quiero. No dudes de mi amor, lo mismo que yo no dudaré de ti. Te quiero. Puedes contar conmigo para lo que sea.
Porque María era, no lo olvidemos, además de mujer y madre, Santa María. Ella era la elegida por Dios no sólo para dar a luz a su Hijo, sino para acompañarle a la cruz, para sostenerle en la prueba, para ser su único punto de apoyo cuando todo, incluso lo divino, tenía que esconderse.
Santa María de la despedida, mujer fuerte, madre admirable. Ayúdanos a aceptar también nosotros la voluntad de Dios, sobre todo cuando no entendemos esa voluntad, cuando nos parece que el Señor nos ha dejado solos, cuando el sol se ha ido y sólo tú, como la luz que brilla en las tinieblas, sigues dando esperanza a nuestra vida.
 
Propósito: Agradecer a Dios la fortaleza de María, su entereza, su generosidad a la hora de separarse de su Hijo. Si hubiera llorado, se lo hubiera hecho más difícil a Él. Imitarla nosotros también en eso
 
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