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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual Mensual... segunda semana de mayo

La Virgen María. XXVI Mayo de 2011
frmariaLa etapa de Belén se cierra con una tragedia: la matanza de los inocentes; siempre es igual: cuando el hombre se aleja de Dios se convierte en un asesino para su hermano. Pero luego, tras el exilio en Egipto, llegó la hora de la calma. ¿Quizá demasiada calma? ¿Fue necesario que el Hijo de Dios tuviera que pasar casi 30 años haciendo de carpintero? Los planes de Dios son distintos de los nuestros y el valor de las cosas, a sus ojos, no se mide por el éxito mundano sino por el amor que se pone al hacerlas. Eso es lo que nos enseñan los largos años de vida normal de Jesús y de María en Nazaret.
Segunda semana
 
Nazaret: la santidad de la vida normal.
 
Cuando la Sagrada Familia regresó de Egipto, enterado ya San José de que el peligro que representaba Herodes había pasado con la muerte del tirano, decidieron regresar a su pueblo, a Nazaret. Sin duda que sólo las circunstancias había retrasado aquella vuelta, pues tanto María como José no habían dejado de soñar con el terruño y, al menos en el caso de la Santísima Virgen, con el reencuentro con sus padres, Ana y Joaquín.
“¡Por fin en casa!”, debieron pensar los esposos cuando divisaron la colina en la que se alza el pueblo. ¡Qué ganas tenían de volver a ver las callejuelas de su aldea, de beber de nuevo el agua de aquella fuente que sigue manando en su falda, de escuchar las risas de los amigos y hasta de oler el perfume de las flores que, por ser del terruño, parece que siempre son las más fragantes de toda la creación.
Sin duda que la familia de ambos les dio un recibimiento caluroso. Joaquín y Ana, especialmente. Los dos abuelos, enterados como estaban del secreto que se escondía en Jesús, debieron mirar y remirar a su nieto que, por aquel entonces, ya sería un niño de cuatro o cinco años. Un hermoso niño, además. Tan parecido a su madre que más de uno en la aldea bromearía, sin tener idea de que ponía el dedo en la llaga, diciéndole a José que su hijo no había sacado nada de él.
Pero los primeros encuentros terminaron por pasar, lo mismo que pasó la novedad de ocupar por primera vez su casa de familia -¡por fin solos!, debieron exclamar, como cualquier pareja de recién casados-. El paisaje, las voces y hasta el delicioso aroma del romero y del tomillo, del espliego y la lavanda, se volvieron más normales, menos soñados, más vulgares.
Y entonces vino lo inesperado y, quizá por eso, lo difícil. Porque lo que ocurrió fue exactamente algo con lo que ellos, posiblemente, no contaban. Lo que ocurrió fue que no ocurrió nada.
¿Estaba preparada María, estaba preparado José, para que en Nazaret no sucediese nada especial, nada angelical, nada sobrenatural, si es que se puede decir que vivir con el Hijo de Dios no era ya de por si la más elevada expresión de sobrenaturalidad?. No sabemos lo que ellos sabían. Y no cabe duda de que, al menos durante un tiempo, debieron dar gracias a Dios porque la vida transcurriera por el camino de la normalidad, de la rutina casi. Después de tantas fatigas y sobresaltos, un poco de vida gris se agradecía.
Pero cuando empezaron a pasar los años, ¿no le entró a María la duda de si de verdad su niño era el Mesías? ¿Y a José, no le parecería raro que aquella criatura -por lo demás maravillosa- no estuviera haciendo cosas especiales, como si de un Sansón o de un David se tratara?. No hay que olvidar que tanto José como María eran judíos, buenos judíos. Ellos, como el resto de su pueblo, tenía una noción muy clara de lo que debía ser y hacer el Mesías. ¿Y podía ser un Mesías, un salvador, un libertador, una criatura como Jesús, buenísima eso sí, pero tan normal, tan corriente, que casi parecía un hijo de vecino de cualquier hogar decente de Israel?
Esa fue la prueba inesperada que la Sagrada Familia debió afrontar en Nazaret. Una prueba que se fue desgranando con el transcurrir de los días y que fue adoptando manifestaciones diferentes, con algunas excepciones de “anormalidad” como la pérdida de Jesús en el Templo.
Pero también esa prueba la superaron. Y, al hacerlo, aprendieron la lección que siglos antes había aprendido el profeta Elías: Dios no siempre habla en la tormenta, en medio de truenos y relámpagos. A Dios le encanta, por el contrario, hablar a través de la brisa suave, mediante el color bermellón de una mansa puesta de sol de otoño o con el perfume que sueltan las flores para atraer hacia ellas a las abejas.
Aprendamos también nosotros la lección de la normalidad. Lección que nos indica que para ser santos no hace falta irse muy lejos. Ni tan siquiera para ser mártires. Basta la propia casa. Basta el propio trabajo. Basta la propia ciudad. Basta con hacer las cosas de cada día por Dios, conscientemente por Dios. Y ya él se encarga de ir metiendo en nuestra vida, como si fueran pasas en un bizcocho, las sorpresas que la vuelven interesante e incluso hasta demasiado entretenida.
 
Propósito: Agradecerle a Dios el ejemplo dado por la Sagrada Familia en Nazaret: se puede ser santo sin salir de casa, sin hacer cosas grandes. Basta con amar y eso está al alcance de todos.
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