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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual Mensual: Virgen Maria XXXI Enero 2012

Quinta semana

 

María Corredentora.

 

                El título de “Corredentora”, aplicado a la Virgen María, es aceptado por entusiasmo por la mayoría, pero visto con recelo por algunos teólogos. Piensan éstos que al afirmar esa cualidad de Nuestra Señora le estamos restando algo a Dios, le estamos privando a Jesucristo de su unicidad en la labor redentora. Sólo él es el redentor del mundo, dicen con razón, y ningún hombre merece la gracia de la redención, que se recibe no en función de las buenas obras sino por el amor generoso e inmerecido del Padre.

 

                Sin embargo, también es cierto que la teología católica, desde los inicios a nuestros días, pasando por el Concilio de Trento, nos enseña que el hombre no es un mero sujeto pasivo, inmerecedor de la redención e incapaz de colaborar con Cristo en algo. Nosotros no creemos en el destino, como si todo estuviera ya escrito y el hombre no pudiera hacer nada para modificarlo. No creemos en un tipo de predestinación que parece más el juego de un Dios caprichoso que el de un Dios lleno de amor. Nuestra fe en Dios no está reñida con una cierta fe en las capacidades humanas. O, dicho de otro modo, nuestra visión del hombre, nuestra antropología, no es tan pesimista que pensemos que éste, después del pecado original, es absolutamente incapaz de hacer algo bueno y meritorio, es absolutamente incapaz de colaborar con la gracia de Dios y de añadir algo, por pequeño que sea, a la obra redentora de Cristo.

 

                Porque creemos en esto es, precisamente, por lo que creemos y defendemos el valor del sufrimiento y del sacrificio. Es por eso por lo que creemos en la comunión de los santos y también en la intercesión de los santos y de la Virgen, por no hablar de la fe en la eficacia de la oración, por ejemplo. Cuando, como sacerdote, me acerco a un anciano o a un enfermo, no tengo la impresión de acercarme a un inútil que sólo puede recibir y que nada puede dar. Por el contrario, creo -y por eso se lo digo- que él puede colaborar con el Señor en la redención del mundo, que él -aceptando su dolor y ofreciéndoselo al Señor, uniéndolo al dolor del Señor en la cruz que se renueva cada día en el sacrificio eucarístico- puede acelerar la hora de la salvación del mundo.

 

                Dicho de otro modo, Cristo nos regala la salvación, pero nosotros podemos aceptarla o rechazarla, y esa decisión nuestra la expresamos a través de nuestras buenas obras, a través de nuestra colaboración con Cristo mediante el amor y mediante la aceptación y ofrecimiento del sufrimiento.

 

                Pues bien, María al pie de la Cruz, se nos muestra más que nunca como la “corredentora”. Su dolor era tan grande que, si no fuera porque cualitativamente era distinto ya que ella era humana y su Hijo era también divino, se podría decir que ella sufría tanto o incluso más que Jesús. Su dolor es como el de tantas madres y tantos padres que se cambiarían gustosos por el hijo para sufrir en su lugar, para luchar por él, para vencer incluso por él. Pero, al margen de comparaciones sobre el tamaño del dolor, lo cierto es que María representa a toda esa muchedumbre inmensa -quizá a toda la humanidad- que sufre y que no sabe qué hacer con ese sufrimiento.

 

                ¿Sirve para algo sufrir? ¿No debe ser evitado el sufrimiento, como algo inútil, a toda costa? El sufrimiento, así nos lo enseña la Iglesia, no es bueno por sí mismo y tenemos derecho a intentar evitarlo si con ello no incumplimos algún deber, si con ello no hacemos daño a otro. Pero todos sabemos que hay muchos problemas que ni solucionan los médicos ni se arreglan con dinero. Cuando estés en esa situación, cuando estés, como Cristo, crucificado y te sientas abandonado de los hombres y hasta de Dios, piensa en Jesús y únete a él. Dile: “Señor, te ofrezco esto por amor a ti, por amor a los hombres. Tú, en la cruz, creíste en el amor de Dios y tu fe y tu sacrificio nos salvaron. Tú eres el único redentor, pero yo estoy contento de poder unir mi dolor al tuyo, mi sacrificio al tuyo, y de poder colaborar, aunque sólo un poquito, con tu obra salvadora”.

 

                Piensa en Jesús, piensa en María, la que estaba al pie de la cruz sufriendo con el Hijo y por el Hijo. Piensa en ellos y no te sientas inútil. No hagas caso a los que dicen que sólo los fuertes, los ricos, los jóvenes, los guapos, los afortunados son felices, son útiles, son importantes. Cristo no era nada de eso en la Cruz y sólo entonces fue el más útil, sólo entonces fue el Salvador del mundo.

 

Propósito: Agradecerle a Dios que la Virgen sea nuestra abogada y que nos enseñe que podemos ofrecer nuestros sufrimientos por aquellos a los que amamos.

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