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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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La raíz moral de la crisis económica

Autor: Luis VIVES, economista

Todavía no se ha desvanecido el eco en nuestras cabezas de las últimas cifras económicas que nos recuerdan lo cruel de esta crisis que azota nuestro país, cuando nos sobresaltan los titulares de un nuevo día con otra sorpresa, si cabe peor que la anterior. ¿Es que no va a parar esto nunca? ¿Todavía se puede caer más bajo? El dato del PIB trimestral, la tasa de desempleo, la inflación, la afiliación a la seguridad social, etc…. Los números giran en torno nuestro como un torbellino incansable. Es como si los números bailasen burlonamente, siguiendo una suerte de danza macabra en torno a un pueblo herido en lo más profundo de su orgullo y sin apenas atisbo de reacción. ¿No hay nadie que pueda hacer algo?

 

Otro dato negativo más, la subida del Euribor, hace su aparición haciendo girar el cabrestante un cuarto de vuelta más, tensando las cadenas imaginarias que nos atan a nuestras obligaciones patrias y sin posibilidad de escape. ¿Hasta cuándo hay que seguir soportando esto? Hasta que el cuerpo aguante…. El sufrimiento es indescriptible para algunas familias y, en ocasiones, raya en lo inhumano. Ahora es el incremento del precio de la energía, la visita de expertos económicos europeos y del FMI: el fantasma de la intervención, una vuelta de tuerca más, las cadenas rechinan… ¡¡Quiero despertar de esta pesadilla!!

La crisis económica

Esto bien podría ser una descripción un tanto retórica e imaginativa, de lo que acontece en esta crisis económica, pero que no invalida la virulencia de la misma. Esta tiene unas particularidades distintas a las anteriores crisis. Ocurre en un contexto económico con alto grado de globalización y afecta principalmente a las economías desarrolladas. Comenzó allá por el verano de 2007. ¿Recuerdan? De repente, surgió “de la nada” una restricción de liquidez en los EEUU, como consecuencia del estancamiento del mercado inmobiliario de EEUU, el cual alcanzó su techo en 2006. Sirva como aclaración que EEUU no es el causante único de esta crisis, simplemente fue la última gota que colmó un vaso lleno de excesos de todos, sin excepción. Empezamos a oír términos que hasta entonces estaban reservados a los círculos financieros más expertos: ninjas, CDOs, CDS, MBS, derivados. Todos acrónimos ingleses de productos financieros. “Armas financieras de destrucción masiva” en palabras del gurú financiero Warren Buffett.

 

Las acciones que dependían directamente de las valoraciones inmobiliarias cayeron con fuerza. El resto de la burbuja creada a partir del mercado inmobiliario se empezó a deshinchar. El pánico cundió entre los inversores. Entonces se sucedieron los acontecimientos lenta, pero inexorablemente, conforme se sacaban las conclusiones de lo que había pasado. El resto del mundo se contagió, ya que gran parte de los ahorros de mucha gente estaban metidos en EEUU. Grandes instituciones financieras se tambalearon, cayeron y hasta tuvieron que ser rescatadas por sus gobiernos, porque no encontraban la liquidez para asegurar su funcionamiento normal, en unos mercados financieros que otrora parecían inagotables. Los gobiernos soberanos tuvieron que salir al paso, para reforzar la confianza en el sistema e incrementar las garantías financieras ya existentes. Los mercados mundiales se asustaron por el contagio y los índices de las bolsas de las principales plazas se tiñeron de rojo. La gente se atemorizó y dejó de consumir alegremente. Las ventas de muchas compañías se desplomaron. Ante esta señal, esas compañías se enfocaron en programas de reestructuración o, mejor, de búsqueda del tamaño óptimo para el nivel de ventas constatado. Comenzaron a llegar los primeros despidos, con cuentagotas, que después se convertiría en una hemorragia imparable, y con ellos la espiral de la que no acabamos de salir. Pero, ¿cómo hemos llegado a esta situación? ¿Qué ha fallado para que un sistema que estaba funcionando tan bien, acabe con tantos problemas? ¿Cuál es la raíz de esta crisis? Estas son preguntas válidas y que continuamente están en boca de mucha gente. Sin embargo, la respuesta es difícil. En un mundo tan globalizado como éste, llegar a la causa fundamental y única que explique el desencadenamiento de tan devastadoras consecuencias es prácticamente imposible. Primero porque no hay una circunstancia única, sino un cúmulo, una confluencia de muchas y una última que colmó el vaso. No se puede responder a la pregunta de cuál fue la causa primera, pues no nos pondríamos de acuerdo. Segundo, porque el mundo de hoy en día está tan interrelacionado, que es muy difícil aislarse de los efectos de las crisis. Sin embargo, aquellos países con fundamentos económicos sólidos, son y serán los primeros en abandonar la crisis, pues esa solidez es la que responderá con sencillez a las duras cuestiones de esta crisis. A pesar de que hay muchas causas y que podríamos extendernos mucho en su mera enumeración subyace un denominador común en todas ellas. Esta es el abandono progresivo de los valores morales tradicionales que han perdurado durante tantas generaciones y que han sido vitales y germen del progreso tan grande que la humanidad ha vivido en los últimos 100 años. Estos valores han sido sustituidos por un relativismo, una deshumanización, un arrinconamiento de la religión cristiana y un pensamiento corto-placista que busca el beneficio y el placer inmediato. Para nosotros los cristianos, esto se traduce en una relajación de la fe y en un alejamiento de Dios, cayendo en la deriva laicista de muchas sociedades.

 

Raíces mundiales de la crisis

Veamos algunos de los problemas. Por una parte tenemos problemas de dimensión mundial a los que hay que dar solución, pero que necesitan unos políticos de primera fila, con carisma y, sobre todo, con valentía para liderar al mundo entero en la dirección correcta. Se necesita solucionar el sistema monetario actual, ya que el vigente no asegura el equilibrio a largo plazo y, por tanto, son probables futuras crisis mundiales. Esto hay que llevarlo a cabo desde el convencimiento y colaboración de todos los países, sobre todo las grandes potencias. Se necesitan sistemas políticos en muchas naciones que den seguridad y protejan los derechos de sus habitantes y en otros que los hagan más responsables (sobre todo a nivel económico, objeto de este artículo) de su futuro. Hay pueblos que ya sea por la situación política interna existente o por razones históricas tienen unas tasas de ahorro abultadas, que, en lugar de reinvertirse localmente, se invierte en mercados transparentes y con seguridad jurídica, como los EEUU. Gente previsora, que no se fía de sus mercados financieros nacionales. Esto provoca una abundante liquidez en los mercados de destino, fomentando la aparición de burbujas mediante créditos fáciles, por ejemplo. Otros pueblos, por el contrario, viven en un clima de consumismo sin sentido y excesivo, que hacen perder la noción de la realidad y el valor de las cosas. Gente que vive al día e, incluso, que pasa el crédito de una tarjeta de crédito a otra, en un círculo vicioso sin solución. Por otro lado, el régimen de transparencia impuesto a las compañías que cotizan en bolsa, con algunas variaciones importantes según el mercado, hace que estén muy enfocadas en el corto plazo, en los resultados trimestrales, en las previsiones de resultados futuros y en tantos rumores que hacen que las cotizaciones varíen en un intento de adelantarse al mercado. Los altos ejecutivos condicionan la componente variable de sus suculentas remuneraciones a estos indicadores, desviando el foco de la empresa del maratón de la supervivencia a largo plazo a los “sprints” que supone la apuesta por el corto plazo. También han contribuido a esto las agencias de calificación crediticia, que en un claro dilema moral tienen que calificar de manera independiente a sus clientes, quienes pagan la factura de esa calificación. Un ejemplo claro lo tenemos en lo ocurrido en el periodo anterior a esta crisis. Ante la abundancia de crédito, se buscaron formas de crecimiento alternativas a las normales, ya exhaustas o con rendimientos marginales decrecientes, para cumplir las expectativas de un mercado hambriento de resultados y, de paso, asegurar unos suculentos bonus a final de año. Se empezó a dar créditos a personas que no cumplían unos requisitos, supuestamente rigurosos, de riesgo o se permitió la financiación de otros bienes de consumo no productivos a la sombra de la hipoteca. En definitiva, se relajaron los controles en todos los niveles. La justificación se encontraba en que parecía que el crecimiento económico eterno estaba asegurado, las crisis eran cosa del pasado, y que el bien colateral de la deuda que garantizaba la misma parecía inmune a las bajadas. Se incumplió claramente el voto de confianza de los accionistas hacia los mecanismos de control de la empresa y la diligencia de los directivos. Las autoridades se giraron para no mirar, pues en este mercado, parecía que todos ganaban y no había perdedores.

 

Raíces nacionales de la crisis

En la dimensión nacional, también hay problemas. Los partidos políticos se han despojado de la bandera nacional, del sentido patriótico y de servicio al pueblo e incluso de los valores cristianos que antaño algunos defendían y la han sustituido por el interés particular del partido político y el servicio a los suyos, una especie de nepotismo. Aunque sea injusto poner a los dos partidos mayoritarios en el mismo plano, ninguno tiene sentido de estado; tan sólo miran las encuestas de intención de voto. Por tanto, se puede afirmar que hoy en día los partidos tienen una sola máxima: perpetuarse en el poder. El pueblo, el ciudadano, es un mal necesario que se recuerda cada vez que hay que pasar por las urnas y que se somete al cálculo político del momento. Entre tanto, se juega una batalla dialéctica y se “colocan” estratégicamente las fichas en el tablero para tener la mejor posición cuando lleguen las siguientes elecciones. Los políticos están subyugados y dominados por el sistema de partidos. No sobresalen los políticos de vocación, íntegros y con valores, pues el sistema se encarga de eliminarlos en aras de los políticos fieles, dóciles y obedientes a los dictados del partido. Sin embargo, se necesita que tengan vocación, para que trabajen por el bien común y no por el particular. Que sean íntegros para que conserven la dignidad y las formas y no caigan en las tentaciones que tiene el poder y sus aduladores, y se lucren con ello. Que tengan valores, para que sean predecibles en sus decisiones políticas y no haya incertidumbre sobre su posición cuando se enfrentan ante problemas nuevos o recurrentes, a pesar de las encuestas. Como parte de esta reflexión, no puedo evitar citar a la diputada y portavoz de la comisión del Pacto de Toledo en sus declaraciones últimas. En ellas justifica las propuestas ambiciosas del gobierno sobre las pensiones, comparándolas con el cambio de marido, como si esto fuese un hecho normal, extendido y entendido por todos de la misma forma. No entro a valorar esas propuestas, pero si el símil utilizado, pues dice mucho de la catadura moral de un personaje político medio. "Si el Gobierno no hiciera unas propuestas ambiciosas, qué acordamos, ¿lo que ya tenemos? ¿Cuando uno cambia de marío por qué lo hace? Pa'mejorar y tener unas mejores condiciones, y tener mejor vida, pues esto es un acuerdo en la misma dirección" Isabel López i Chamosa Con principios y valores como estos, ¿quién necesita políticos, representantes y dirigentes así? Con esta visión utilitarista del prójimo más próximo que puede haber a uno mismo, ¿quién querrá ser amigo o, peor, conocido? Por tanto, se necesitan políticos íntegros y con valores en puestos de responsabilidad. Predecibles en cuanto a sus decisiones políticas, en razón de sus valores y con vocación de servicio público, no de enriquecimiento a costa de lo público. Los políticos de hoy en día no están a la altura de las circunstancias, ya que les ahoga el deber partidista. Sin embargo, parecen creerse con autoridad moral suficiente como para poder arreglar las cosas a golpe de leyes y decretos, a pesar de la tozuda realidad.

 

Tenemos una nación cuyas últimas generaciones han sido criadas bajo la utopía de que el manto protector del Estado lo puede todo. Es ahora cuando nos estamos despertando de este bonito sueño y topándonos con la cruda y esperpéntica realidad. La estructura actual del Estado presenta un tamaño excesivo y de un esquema organizacional inadecuado para la realidad social. Podemos empezar con las pensiones. En una especie de esquema piramidal, tipo Ponzi, la generación que hoy trabaja, aporta un dinero con el que se pagan las pensiones de los jubilados de hoy. Es decir, el trabajador confía su pensión de jubilación al incierto futuro, a la generación futura. Este esquema depende en exceso de la demografía, variable que no es controlable, pues cuantos menos cotizantes por unidad de jubilado, mayor será el esfuerzo pedido al trabajador. Estamos dejando demasiadas obligaciones a una generación futura a la que no se le ha pedido opinión. El siguiente punto sería la división del estado en 17 mini estructuras con organización idéntica al Estado. Es decir, una especie de reinos de taifas. ¿Recuerdan la clave de la reconquista española? Las cargas de estructura que generan esos 17 mini estados son excesivas para la realidad económica y la capacidad de generación de riqueza de este país. No significa esto que haya que volver a la estructura centralista, que, aunque más barata, podría ahogar la libertad económica local. Se trata de reconocer que el planteamiento actual es excesivo y, por consiguiente, buscar una estructura alternativa que cumpliendo unos mínimos de descentralización no hipoteque el futuro de las siguientes generaciones. El último elemento de esta estructura inadecuada son los representantes de la sociedad. Esta nación no ha conseguido crear unos interlocutores válidos que representen realmente a la sociedad. Se insiste en que los interlocutores válidos, los llamados agentes sociales, son los sindicatos y las patronales. La realidad es que ambos dependen para su sostenimiento económico de las subvenciones, ayudas y planes de formación que el ministerio quiera dar. Es decir, dependen de la voluntad del gobierno de turno. Por tanto, muchas de sus decisiones son cuestionables y no reflejan el sentir ni los problemas de la sociedad. Pero es parte del esquema que hace que las personas en el poder puedan seguir en el. Nuestra democracia se encuentra aquejada de otros problemas graves como la falta de independencia de los tres poderes, pilares del sistema democrático; las incertidumbres que genera el sistema jurídico español, por su lentitud, su falta de consistencia y su politización progresiva; la desconexión entre el político y sus votantes… y así podríamos ir nombrando muchos más. Sin embargo, el objeto de este artículo quedaría difuminado, por lo que no me extenderé más. Antes de saltar a otra cosa, hay que resaltar que todos y cada uno de los problemas citados han sido, en mayor o menos medida, los responsables, aunque no únicos, de que España se encuentre en la situación de crisis en la que está. El obstáculo principal viene cuando se intentan encontrar mecanismos que puedan remediar esta situación, como si de un organismo auto-regulable se tratara. Esto es lo que los expertos inversores, mal llamados especuladores, están escudriñando. Y a juzgar por las tímidas reformas llevadas a cabo, que al final quedan en la mitad de lo anunciado, y por la falta de valentía política para aceptar errores y asumir reformas radicales, no existen tales mecanismos de auto-regulación. La consecuencia lógica de los inversores, que defienden los intereses de la gente que les confía el dinero, es que no apuesten por una pronta sanación de España.

 

Raíces sociales de la crisis

El último plano a tratar sería el social, como una agregación muy numerosa de conciencias personales. En esta dimensión, la sociedad española también tiene problemas. De un tiempo a esta parte se ha estado vendiendo a una sociedad, por otra parte ávida de comprar esta mercancía, que había muchos derechos que reclamar y reivindicar, silenciando los deberes y obligaciones que son contrapartida obligada. Esto ha derivado en un bajo respeto a las normas. Existen casos de mucha notoriedad, en los que se han permitido transgresiones de normas y no ha habido penalización por ello. La política anti-terrorista del Ministerio del Interior y la falta de apoyo del gobierno a las víctimas es un claro caso. El establecimiento de mafias de todo tipo en nuestro país es sintomático. También hay casos sangrantes en lo económico, que son de sobra conocidos por todos, tanto en lo privado como en lo público. Parece que delinquir en este país es muy barato y ese ejemplo es nocivo para una sociedad que ha perdido sus valores.

 

En esta sociedad nuestra se está perdiendo la llamada “meritocracia”, con permiso de la RAE por su ausencia en el diccionario, en muchos estamentos de la nación. Me refiero a la cultura del esfuerzo, el tesón, el trabajo, la ilusión y las ganas de hacer las cosas bien, sin tenerla que pasar por el tamiz del sueldo en comparación, odiosa siempre, con los demás. Este afán de superarse, de mejorarse a uno mismo, es el único método para que haya permeabilidad entre las capas sociales y, que, de esta forma, la sociedad camine junta, cohesionada, unida hacia un mismo lugar. Sin esto, las capas sociales divergirán, hasta fragmentar la sociedad. Esta superación personal es una de las mejores fórmulas para conseguir la manoseada y manida cohesión social, con la que constantemente nos bombardea la socialdemocracia. No nos tenemos que ir muy lejos para encontrar ejemplos preocupantes, que se pasan por alto. El ejemplo es un tanto pueril, pero, a mi juicio, condiciona mucho el futuro de la sociedad. Es el hecho de que a nivel de los propios alumnos de las clases, se hable bien, incluso con cierta admiración, de aquellos que, en una clara transgresión de las normas, han conseguido copiar en el examen o, lo han aprobado sin estudiar, usando métodos de “mejora del rendimiento”. Actos como estos son un flaco favor y, a largo plazo, están haciendo un daño enorme a la sociedad, ya que desincentivan el esfuerzo personal. Aunque la historia de la picaresca española es larga, hay que crear una conciencia en las aulas, a nivel de los propios alumnos y empezando desde las familias, de que no valen las trampas. Cosas así, son desleales con uno mismo y con el resto de la clase. Si esta conciencia se consiguiera cambiar, irá progresando silenciosamente hacia la sociedad adulta, conforme crezcan los alumnos. Es seguro que los efectos serían muy positivos. La pérdida de valores es evidente, cuando llegamos a temas como el aborto y la eutanasia. Aquí es donde con mayor transparencia podemos ver el relativismo y la deshumanización impuesto desde muchos estamentos políticos y sociales. Se puede legislar sobre la vida humana, sobre cuando y en qué preciso momento ese embrión deja de ser un conjunto de células desordenadas y sin sentido y se convierte en un ser humano al que ya le asiste la ley. Pero, ¿es que acaso no se es un ser humano desde el mismo momento de la concepción, aunque se sea unicelular? ¿Qué autoridad tiene el hombre para decidir dónde esta este momento de cambio, suponiendo que existiera? ¿Y quién defiende al nasciturus? Otro tanto pasa con la eutanasia, por la que se puede llegar a decidir que una vida es prescindible y se puede eliminar, por la simple confluencia de una serie de condicionantes. Y esto es legal. Sin embargo, ¿es moral? Claramente no. Pero se permite. ¿Dónde quedó el código deontológico y el juramento de Hipócrates? ¿Quién puede decidir si una vida es digna de ser vivida? Ni siquiera el propio dueño de esa vida. La eutanasia no es nueva y la podemos encontrar en el juicio de Nuremberg al nazismo. En ese juicio, el medico personal de Hitler y director del programa de eutanasia, Karl Brandt, se defendió de las acusaciones diciendo que el motivo de su programa era el de ayudar a aquellos que no se pueden ayudar a sí mismos y que se ven forzados a prolongar su sufrimiento artificialmente. Es curioso que los argumentos de espectros ideológicos tan separados se solapen. A pesar de que la historia se estudia para evitar repetir los mismos errores, parece que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Los valores morales de la sociedad se han perdido, cuando no hay una oposición enérgica a esta medida. La vida humana devaluada.

 

El mundo de hoy en día progresa muy deprisa. La vida vuela. Todo va a una velocidad mayor de la que iba ayer. Todo se acelera. Tenemos herramientas tecnológicas que nos ayudan a ello. Nos acortan las distancias, los tiempos, la espera. Como buenos seres humanos, nos acostumbramos a vivir en este caos acelerado. Y ya no aceptamos esperar para conseguir las cosas. Estamos perdiendo una virtud que antaño el medio te obligaba a practicar. Hoy en día, practicar la paciencia es casi un lujo. Se ha instaurado en la sociedad y, sobre todo en los jóvenes, una querencia por el placer inmediato. Y si hay riesgos derivados de esa búsqueda de placer inmediato, se abre un mercado nuevo para eliminar esos riesgos. También se ha instaurado en la sociedad y sin distinción de edad, esta vez, una búsqueda del enriquecimiento instantáneo. A través de los medios, se cantan las comodidades y bondades de la vida de los ricos, convirtiéndolo de facto en patrones a seguir e imitar. Modelos aspiracionales de vida. Pero se olvidan de repetir que sólo se trata de un porcentaje insignificante de la población. Al final, la sociedad se llena de individuos insatisfechos con lo que tienen. Claramente todos tenemos parte de culpa en esta crisis, pues hay comportamientos, modos de pensar y actitudes que, como hemos visto, de un modo u otro nos han llevado a esta situación. Sin embargo, no podemos olvidar que toda crisis presenta una oportunidad de mejora valiosísima. Estamos ante la ocasión para empezar a arreglar esta situación. “Nunca es tarde si la dicha es buena”, que dice el refrán. Tenemos que empezar a cambiarnos nosotros mismos, para mejorar y solucionar los problemas, que hemos reconocido previamente. Esta lista, que en ningún momento ha pretendido ser exhaustiva, ha puesto sobre la mesa algunos de los problemas más evidentes. Los mecanismos de transmisión hasta llegar a las causas y eventos puramente económicos cuya suma ha desencadenado esta crisis, son en algunos casos complicados. Aun así, es un ejercicio de reflexión muy interesante para el lector. Invito, pues, a hacerlo desde nuestra visión cristiana. A pesar de que seamos imperfectos y nos equivoquemos mucho, no podemos dejar de intentarlo. Me gustaría terminar con una frase que nos puede ayudar mucho a cambiar. “Carácter es hacer lo que es correcto aún cuando no haya nadie mirando.” J. C. Watts.

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