La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
En Europa y en España en particular se escucha hace años un clamor. ¡Los templos se vacían y los que aún pueblan los oficios no son si no viejas crédulas aferradas a una tradición! Lo afirman sonrientes los laicistas y ateos, pero así mismo lo hacen con la boca pequeña los católicos. Hemos comprado y hecho propias las soflamas del enemigo.
¿Por que aceptamos como buenas tales afirmaciones? Los templos no están a rebosar a diario, pero sí lo están en determinadas horas los domingos. La gente no hace gala de su militancia católica por la calle pero las veces que la Iglesia solicita que tomemos las calles, éstas se llenan. Beatifican a Juan Pablo II y Roma desborda romeros. Hay que marcar la casilla de la Iglesia en la declaración de la Renta y la recaudación crece pese a la crisis. Pero continuamos con el soniquete de la desafección de los católicos.
Más de SEIS millones de españoles acuden a misa los domingos. Alrededor de un millón varias veces a la semana. Comparen ahora con las DOS visitas al cine de media por español, al teatro van una vez al año y menos de 1/3 de los españoles; no me negarán que para ser poco divertido, la gente acude en masa a las misas. ¿Son cifras mejorables? A la fuerza, pero lo que queda claro es que los que hoy por hoy acuden a misa es gente convencida, con fe y que sabe a lo que va.
Hace cien años la gente acudía en masa a las misas y romerías. Eran más religiosas.Se nos recuerdan estas cosas constantemente. Pero creo que la memoria como siempre es selectiva y nos engaña.Sirva de ejemplo una anécdota que cuentan del beato Manuel González García:
Cuando fue por primera vez a su nueva parroquia, aún de madrugada, encontró cerradas las puertas de la iglesia. No estaba el sacristán, el cual llegó -y sin prisas- a las ocho. Al ser interrogado por el joven sacerdote por la tardanza, la respuesta fue desoladora: ¡Cómo se conoce que es usted novicio! Aquí la gente no madruga y los de la iglesia, ¿por qué vamos a madrugar? El párroco hizo saber al sacristán que a partir de aquel día él mismo se encargaría de abrir el templo.
Sólo tres mujeres asistían a la misa del alba. Comuniones, ninguna. Confesiones, ni por asomo. Por más que se sentaba en el confesionario, en vano esperaba la llegada de penitentes. ¡Y la Parroquia de San Pedro tenía 20.000 feligreses!