| La Virgen María. XXVI | Mayo de 2011 |
La etapa de Belén se cierra con una tragedia: la matanza de los inocentes; siempre es igual: cuando el hombre se aleja de Dios se convierte en un asesino para su hermano. Pero luego, tras el exilio en Egipto, llegó la hora de la calma. ¿Quizá demasiada calma? ¿Fue necesario que el Hijo de Dios tuviera que pasar casi 30 años haciendo de carpintero? Los planes de Dios son distintos de los nuestros y el valor de las cosas, a sus ojos, no se mide por el éxito mundano sino por el amor que se pone al hacerlas. Eso es lo que nos enseñan los largos años de vida normal de Jesús y de María en Nazaret. |
Cuarta Semana
Una de las tareas principales de María, casi a la altura de la de engendrar y dar a luz a Jesús, fue educarle. De hecho, tanto la maternidad como la paternidad no se pueden limitar al hecho físico de poner en el mundo a una nueva criatura. Cuidar de él, alimentarle y, sobre todo, educarle, son características que van incluidas en el concepto de maternidad o de paternidad y que, si no se dan, están incluso penalizadas por las leyes.
María, desde luego, no necesitó ninguna presión legal o policial para ser una buena madre, una madre completa. No sólo se limitó a dejar que el Espíritu Santo descendiera sobre ella y, nueve meses después, apareciera en el mundo el niño Jesús. Su maternidad supuso, como para la mayoría de las madres, entrega, dedicación, sacrificio. Todo eso al servicio de las dos dimensiones que tiene la persona: la material y la espiritual.
Pero, ¿se imaginan lo delicado que debió ser la tarea de educar a Jesús? Si ya resulta difícil educar, mucho más complejo debió ser ejercer esa misión sobre el mismísimo Hijo de Dios. ¿Podía una criatura enseñarle algo a su Creador? ¿Podía la discípula dar clases al Maestro?. Pues bien, esa fue la misión de María, que ella, como madre, tuvo el deber de afrontar y que sin duda desarrolló magníficamente.
¿Qué cualidades empleó María para llevar a cabo esa tarea?. Dando por supuesto que Jesús era una maravilla de niño y que, desde ese punto de vista, no debió resultar difícil, sin embargo era necesario colaborar con la gracia de Dios para que, como hombre, su formación fuera completa. Naturalmente que Jesús nunca se negó a ir al colegio, ni desobedeció a su madre, ni se pegó con sus amigos o sus primos. Naturalmente que él no hacía sufrir a José y a María metiéndose en líos, llegando tarde a casa o dejando de cumplir con sus deberes en el hogar. Sin embargo, y a pesar de eso, un niño siempre es un niño. Y un adolescente siempre es alguien que atraviesa una crisis de identidad. Por lo tanto, si Jesús era un auténtico ser humano, lo mismo que no podemos pensar que no comía o no dormía, tampoco debemos pensar que no jugaba, que no lloraba, que no tenía una manera de ser, un carácter, una personalidad. O eso o terminamos por hacer de él una especie de robot sin sentimientos, en el fondo alguien que no es verdaderamente humano.
María tuvo que aprender a educar a esa maravillosa criatura que tenía como Hijo, envidia de todas sus vecinas por su bondad, pero que no dejaba de pasar por las situaciones críticas que atraviesa todo ser humano a lo largo de su vida.
Seguramente que para educar a Jesús la Virgen usó los dos mejores métodos de que disponen todos los buenos educadores: la amabilidad y la firmeza. Marcelino Champagnat, Juan Bosco, Juan Bautista de La Salle o José de Calasanz, entre otros grandes pedagogos cristianos, han destacado siempre esas dos cualidades como dos herramientas indispensables para pulir las buenas cualidades de sus alumnos y hacer de ellos auténticos hombres.
Podemos, pues, imitar a María en esas dos virtudes humanas que ella sin duda utilizó, especialmente si sobre nosotros cae alguna responsabilidad educativa, ya sea en el trabajo profesional o en el hogar, con hijos o nietos.
Con amabilidad tendremos que ser capaces de decir todas las cosas, por fuertes que sean. En cambio y por desgracia, con frecuencia expresamos nuestras opiniones, nuestros consejos o nuestras órdenes, dando gritos. Claro que eso suele suceder porque nos han puesto extraordinariamente nerviosos, pero también es verdad que con malas maneras no vamos a conseguir que nos entiendan y, con frecuencia, ni siquiera que nos obedezcan.
Amabilidad, por lo tanto, como primera regla educativa. Y después firmeza. Porque si hoy decimos una cosa y mañana otra, si cedemos ante una carantoña o ante un chantaje afectivo, entonces las personas a las que tenemos que educar nos habrán cogido la medida y harán de nosotros lo que quieran. Ya nunca nos harán caso, ni siquiera si gritamos, porque saben por experiencia que cuando se nos pase el enfado, con un simple gesto de cariño, habrán comprado nuestro perdón y conseguirán lo que quieren.
Y no se piensen que hay menos amor cuando hay firmeza. No se trata, naturalmente, de hacer llorar, como dice el viejo refrán, pero sí de ser justos en nuestras decisiones y de mantenerlas. Siempre, eso sí, con la mejor de las sonrisas y lo más lejos posible de los gritos y los enfados.
Propósito: Aprender a educar, como hizo María, uniendo la firmeza con la amabilidad. Y confiando siempre en Dios, aprendiendo a poner a los hijos en las manos de Dios.