La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Queridos franciscanos de María, la palabra de vida de esta semana nos invita, ante todo, a hacer un honesto examen de conciencia sobre dos puntos clave en la vida espiritual: la soberbia y las buenas obras. Hay que hacer este examen, además, teniendo en cuenta que con frecuencia ambas cosas van unidas. Es cierto que existen ignorantes soberbios, vagos soberbios, gente que no hace nada ni sirve para nada pero que en cambio tiene un altísimo concepto de sí mismos y que, increíblemente, se considera por encima de los demás. Si ya es difícil de por sí aguantar a un soberbio, si encima éste es tonto estar a su lado resulta insoportable. Y de estos, por desgracia, hay muchos; sin embargo, algunos de ellos no son tan inútiles como parecen pues tienen la habilidad de escalar puestos en el escalafón sin valer para otra cosa más que para adular al jefe correspondiente.
Pero el Evangelio de esta semana nos invita a fijarnos no en ese tipo de ignorante soberbio, sino en el otro tipo de soberbio, en el que tiene “motivos” para serlo –aunque nunca se tienen motivos para tal cosa-. Ahí es donde debemos fijar nuestra mirada: en nuestras buenas obras. Con mucha frecuencia, nuestras cualidades, nuestro buen hacer, nos hincha y sin darnos cuenta empezamos a juzgar a los demás, a sentirnos superiores a ellos; tenemos motivos objetivos para ello: somos más trabajadores, más eficaces, más puntuales, más ordenados, más listos, más limpios, más educados, etc. Y ese sentirnos “más” nos sitúa inconscientemente en el puesto del fariseo de la parábola; hay que darse cuenta, además, de que ese fariseo estaba en el templo dando gracias a Dios por no ser como el malvado publicano; por lo tanto, ni siquiera una acción de gracias nos libra de la soberbia.
¿Qué tenemos que hacer, pues? Por supuesto que lo primero es dar gracias, pues si no hubiera sido por tantas cosas recibidas (el tipo de familia en la que hemos nacido, el país, la educación recibida, los amigos, las oportunidades que hemos tenido, etc, no habríamos podido decir que somos “más” sino que tendríamos que decir que somos “menos”). Pero luego debemos fijarnos en nuestras propias miserias, nuestros pecados, incluidos los pecados de omisión o los pecados ligados al carácter. Sólo la consciencia de que somos pecadores nos llevara a evitar la soberbia, a sentirnos superiores a los demás. Será evidente y no podremos ni debemos ocultarlo, que en algunas cosas seremos “más” que otras personas, pero también será evidente que en otras seremos “menos”. Sin Dios no podemos hacer el bien y, por lo tanto, incluso aquello en lo que nos sentimos superiores es en la mayor parte obra suya. Pero es que además el mal que hacemos, que ese sí es cosa sólo nuestra, nos sitúa al nivel de los demás, que también tienen lo suyo. De ese modo y sólo de este modo, podremos hacer obras grandes sin perder la humildad. Recuerdo el final de la obra de Bernanos “Diario de un cura rural”; el sacerdote termina su vida y termina así el libro, diciendo: “Todo es gracia”. No creo que todo sea gracia, pues si así fuera el hombre no tendría libertad para decir y sería un autómata. Pero si no todo es gracia, lo es casi todo. Comportémonos como si lo fuera todo. Así hizo Maria, la Inmaculada, la perfecta, que sin embargo jamás juzgo a nadie y fue siempre el refugio de los pecadores en lugar de convertirse en su acusadora.
En cuanto al tema de formación de esta semana, nos fijamos en la Virgen durante su adolescencia, cuando empezó a sentir las tentaciones normales de la edad –si Jesús fue tentado, no podemos pensar que María no lo fue, aunque no sabemos en qué consistieron sus tentaciones- y apoyándose en Dios y en su gracia las rechazó. Hagamos nosotros lo mismo con nuestras tentaciones, empezando por la de la soberbia.
Estoy en Lima, en el congreso nacional de los franciscanos de Maria de Perú.
Me han llevado a visitar Cuzco y Machupichu. En una de las visitas guiadas me tuve que salir del grupo y me fui a poner una queja a la agencia de viajes; el guía sólo sabía insultar a los españoles y decir las peores groserías, llegando incluso a burlarse del Rey acusándole de ladrón –ahí fue donde ya no aguanté más y me marché-. Esto es me pasa con frecuencia cada vez que vengo a América. Así como experimento en muchos un gran amor hacia mí como persona y como sacerdote, también experimento en otros mucho odio hacia España. Nosotros, franciscanos de Maria, tenemos que hacer un esfuerzo por ir más allá de esas divisiones históricas y convertirnos en un elemento de reconciliación; en el fondo, todo ese sentimiento anti español que se está promoviendo desde la izquierda radical, con el matiz del indigenismo –exacerbado ahora con los fastos del bicentenario-, tiene como objetivo atacar a la Iglesia, pues se la presenta como heredera de los odiosos colonizadores hispanos. Por eso el intento de volver a los cultos precolombinos, como la pacha mama o viracuchá. Nosotros somos ciudadanos del cielo y estamos de paso en la tierra, repitiendo aquello de San Pablo: ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre o mujer, sino hijos de Dios redimidos en Cristo.
Que Dios os bendiga.
P.Santiago