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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Mensaje del Padre Santiago Martín, Octubre 15 del 2010

 

P santiago Nuestro Señor pasó por momentos muy difíciles a lo largo de su vida. Sin duda que su noche más oscura fue la de la crucifixión, pero no fue la única. Si fue doloroso para Él escucharle a Pedro decir –en casa de Caifás- que no le conocía, también lo fue ese momento de su vida que nos cuenta el Evangelio de este domingo. Me refiero a lo que sucedió tras la curación de los diez leprosos, cuando sólo uno volvió a dar las gracias y Jesús exclamó: “¿Y los otros nueve, dónde están? Sólo se me ocurre exclamar: “¡Pobre Jesús! Siempre dándolo todo y siempre recibiendo tan poco”. Me viene a la mente el maravilloso soneto de Lope de Vega, con el que el poeta se pregunta por qué Cristo le sigue queriendo tanto:

 

 ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno obscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!»

¡Y cuánta hermosura soberana:
«Mañana le abriremos.» respondía
para lo mismo responder mañana!

 

Efectivamente, nuestra ingratitud, como el frío hielo, lastima a Cristo y si amáramos a Jesús como le han amado los santos, como le amó San Francisco, saldríamos de la contemplación de tanto dolor llorando y gritando “el Amor no es amado”. Pero no sólo no es amado por los demás, sino que, lo que es peor, no es amado por nosotros mismos, que tenemos muchos más motivos para amarle.

 

Ahora bien, seguramente que lo peor para Cristo no es experimentar nuestro desagradecimiento, sino saber que esa ingratitud que a Él le hiere, a nosotros nos hace un enorme daño. Si el Señor quiere que le amemos, no es pensando en Él sino en nosotros, porque sólo amar da la felicidad. Puedes recibir amor e incluso mucho amor y ser perjudicial para ti, pues te conviertes en el centro del universo, en un egoísta, y al final por mucho que te den todo te parece poco. En cambio, cuando das algo, la felicidad que sientes es enorme. Esto es lo que no terminamos de entender: que el camino de la felicidad (la salvación ya aquí en la tierra) pasa por el amor, por el agradecimiento. Por eso, el verdadero dolor de Jesús no residía en que nueve de los diez leprosos se hubieran comportado como ingratos con Él, sino en que no les había podido curar de una lepra peor que la física, la de la ingratitud; el gran milagro que había hecho en ellos no iba dirigido sólo a curar su cuerpo –pasado un tiempo, como todo ser humano, enfermarían de otras cosas-, sino sobre todo a curar su alma.

 

Así pues, esta semana debemos darnos cuenta de que a los primeros a los que interesa ser agradecidos es a nosotros mismos. La gratitud nos salva. La gratitud nos hace felices, mientras que es el egoísmo el que nos hace daño, aunque a veces pueda parecer lo contrario. Y sabiendo esto, hagamos lo que, probablemente, hizo el leproso que volvió a dar las gracias: vayamos en busca de nuestros antiguos compañeros de enfermedad, curados como nosotros de las llagas de su cuerpo pero no de las de su alma, y digámosles: Cristo ha hecho en ti maravillas, ¿por qué no vuelves a darle las gracias? ¿Te das cuenta de todo lo que tienes en la vida? Si no agradeces te perderás lo más importante e incluso lo que posees no lo disfrutarás porque pasarás tu tiempo fijándote en lo que no tienes y sintiéndote desgraciado. Agradece, pues, por lo que te han dado y haz de misionero del agradecimiento para salvar a tu prójimo y hacerle justicia a Dios, ayudando a los demás a agradecer.

 

 

                En cuanto al tema de formación de esta semana, nos fijamos en la joven María descubriendo la amistad, valorándola y dando gracias a Dios por ello. Hagamos lo mismo: fijémonos en los amigos que tenemos: ¿Los cuidamos o sólo nos acercamos a ellos cuando los necesitamos? La amistad es un gran don de Dios y, de verdad, quien tiene un amigo tiene un tesoro… Pero esa amistad también hay que saber cuidarla.

 

 

                Esta semana la he pasado en Panamá, preparando aquí la implantación del Foro de Apologética Benedicto XVI y el Servicio de Orientación Familiar. Probablemente podremos comenzar con el Foro en la Universidad pública, con una conferencia mensual sobre temas de apologética. Sería un hito que serviría de precedente para otros sitios. Además de esto, me han ”operado” de la boca, metiéndome dos “tacos” en el maxilar para dos implantes molares; durante el largo rato que duró el taladro, estuve rezando el rosario con gran paz y ofreciéndolo por todos los que sufrís por una u otra causa, recordando y practicando lo que tantas veces os he dicho: el que tiene un problema tiene un tesoro. Este fin de semana estaré de retiro con un grupo de jóvenes que vienen de algunos países cercanos ara preparar la Jornada Mundial de la Juventud con nuestros muchachos de aquí. La semana próxima, si Dios quiere, viajaré a Guatemala.

                Que Dios os bendiga.

 

 

 

P.Santiago

 

frmaria

               

 

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A
<br /> <br /> paz y bien, mi nombre es aarón y me gustaria saber si aparte de laicos tambien hay frailes de María, gracias.<br /> <br /> <br /> <br />
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F
<br /> <br /> Paz y Bien hermano, de hecho hay sacerdotes que son Franciscanos de Maria, y laicos que han desidido ser Sacerdotes Franciscanos de Maria... para mas información puede visitar http://www.frmaria.org/index.php?action=sacerdotes  o escribirle directamente al Padre Santiago al correo consultas@frmaria.org<br /> <br /> <br /> De seguro estará muy contengo que un Sacerdote mas quiera unirse a Franciscanos de Maria.<br /> <br /> <br /> <br />