La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Queridos franciscanos de María, acostumbrados como estamos a esta droga letal que se nos ha metido en las venas y que podríamos definir como el "gratis total", es decir vamos a recibirlo todo sin dar nada a cambio, cuando meditamos sobre el amor de Dios y su infinita misericordia pesamos que ésta ni requiere que paguemos un precio ni debe tener consecuencias. Eso es falso. Dios es, ciertamente, el Misericordioso. Pero esa misericordia divina, que es nuestra esperanza, no puede actuar en nosotros, no puede salvarnos, si nosotros no la dejamos, si no colaboramos con la salvación. Por eso el Evangelio de este domingo nos habla del perdón de los pecados -la misericordia divina-, pero antes nos habla de la conversión. El perdón de Dios no sale de El en función de nuestro arrepentimiento, como si nosotros fuéramos los que tenemos la última palabra sobre la actuación divina. Pero ese perdón no llega a nosotros -aunque haya salido de Él- si nosotros no queremos que llegue, si no le damos permiso para que llegue. Es como la lluvia: no cae del cielo porque yo saque un paraguas, pero si me pongo encima el para guas, cuando llueve no me mojo. Si Dios me perdona y yo no me arrepiento, su perdón no puede llegar a mí porque yo lo impido. La conversión es, pues, el requisito imprescindible para recibir la misericordia y ese requisito ya no depende de Dios sino de mí.
Además de ser necesario ese "precio", hay que pagar otro, el de las "consecuencias". Esas consecuencias son dos: agradecimiento al Dios de la misericordia y ofrecer al prójimo el perdón que nosotros hemos recibido de Dios; o sea, perdonar como nosotros hemos sido perdonados. Si nuestro hermano no quiere recibir nuestro perdón -y la condición para recibirlo es la misma que Dios nos pone a nosotros: el arrepentimiento-, eso es cosa suya. Lo que nosotros debemos hacer es perdonar; si el otro no quiere ser perdonado, será triste para nosotros porque no se solucionará el problema, pero tendremos la conciencia tranquila.
Por lo tanto, ante todo arreglemos nuestras propias cuentas con Dios: abrámonos a su misericordia con el arrepentimiento y la confesión. Y luego agradezcámosle al Señor tanto amor inmerecido y ofrezcamos a nuestro prójimo el perdón que hemos recibido de Dios. Y, por si acaso hiciera falta, estemos también nosotros dispuestos a pedir perdón a quien hemos hecho daño.
Esta semana hemos celebrado gozosamente el cumpleaños y el séptimo aniversario de Benedicto XVI. Sigamos rezando por él, como nos ha pedido, e imitemos su santidad humilde, su gran fe. De ahí sacaremos las fuerzas para perseverar en medio de las dificultades.
Que Dios os bendiga
P.Santiago
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22 de abril de 2012
“Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos”. (Lc 24,45-47)
“Evangelio” significa “buena noticia”. Y esa “buena noticia” la resume el evangelista Lucas en pocas palabras: existe otra vida después de la muerte, como demuestra el hecho de que Cristo ha resucitado. Además, esa otra vida, que va a ser eterna, está marcada por el perdón de los pecados, por la salvación que Cristo nos ha ganado con su muerte redentora. Pero hay una condición: es necesario que se produzca la conversión. Sin conversión, sin arrepentimiento, el amor de Dios no nos puede salvar, lo mismo que la lluvia no nos moja cuando uno se protege de ella con un paraguas.
Por lo tanto, debemos practicar y predicar la conversión, el arrepentimiento, el perdón. No como fin en sí misma, sino como un medio necesario para alcanzar el premio prometido: el perdón de los pecados y la vida eterna. Podríamos añadir aún otra cosa: como un medio utilísimo para darle una alegría a Dios, que estará contento de que abandonemos nuestra vida de pecado y avancemos por el camino de la santidad.
Practicar y predicar la conversión, esa es la clave. Y la conversión se practica a través del perdón. Un perdón que se pide a Dios y que se recibe de Dios. Un perdón que se pide al prójimo ofendido por nosotros y que se le otorga cuando es él el que nos ha ofendido.
Propósito: Quita de tu camino lo que te impide acercarte a Dios. Conviértete sinceramente y confiésate. Además, dale al prójimo el don de tu perdón, que tú has recibido de Dios.