La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
El Domingo 28 de Noviembre en Misa de 1230, P. Santiago (bienvenido, Padre) en su homilía, hacia un paralelismo entre los salvadores y el estado del bienestar. La crisis económica había demostrado que el estado no podía ser un salvador. El que no estuviera allí puede visitar www.magnificat.tv y recuperarla.
Una crisis económica como la que estamos viviendo no es fácil de explicar ni se debe a una causa o a una lista corta de causas. Eliminado el dogmatismo o la autodefensa por los errores cometidos, encontramos muchas razones que van desde lo coyuntural a lo cultural y a las raíces éticas de una sociedad pero podemos resumirlas en la explosiva combinación de lo peor del individualismo con lo peor del estatalismo. El afán incontrolado por ganar dinero sin medida y una ocupación de espacios privados por el estado eliminado la motivación y la iniciativa del individuo.
En paralelo, leo un artículo en www.católicosonline.org que hila perfectamente con este tema: Los católicos y las nuevas ideologías, firmado por Monseñor Crepaldi. El tercer eje de una reflexión viene de la caída de las dictaduras comunistas representada por la caída del Muro. Parecía que era el fin de las ideologías estatalistas, primero los fascismos, ahora los comunismos. Era el fin de la historia, tal y como declaraba un memo.
El comunismo es la cara menos amable de un proceso de estatalización de la vida pero el estado del bienestar (con minúsculas) es una cara más amable del mismo fenómeno, como lo es el ecologismo o el cientifismo, la idolología de la diversidad o de género. En todas ellas, se establecen unas materias que se anteponen al individuo. Abrasado un tema, se pasa al siguiente. No creo que en su esencia haya mucha diferencia entre exacerbar una raza o hacerlo con una nación o región. No creo que sea muy diferente luchar para que la clase proletaria elimine las injusticias históricas eliminando a la burguesía opresora o hacerlo por un mundo en el que la población “sostenible” es la que determine un comité o una plataforma que fija, por ejemplo, el número de hijos que un matrimonio puede tener, o si se pueden comer uvas en marzo alegando que el calentamiento global que genera el transporte desde Chile o Sudáfrica es inaceptable solo porque un burgués opresor (vaya, se me ha escapado), se quiere dar el capricho.
Son caras de un fenómeno que quiero llamar subsidiariedad. No en su acepción jurídica ni filosófica. Subsidiariedad en el sentido que el individuo es subsidiario del estado que”…no puede conducir por ti…”, que sabe lo que tú quieres aunque no lo sepas, que prefiere darte el sueldo y no que tu lo ganes, que te otorga derechos, no los protege porque son previos al propio estado. La subsidiariedad es con-causa de la crisis porque de nuevo, olvida que los estados solo destruyen economía, nunca la crean. Porque los estatalistas olvidan que el coste de transformación que necesita un estado para repartir lo que previamente ha recaudado es más alto que el bien que dicen querer hacer.
Pero no es de economía de lo que quería hablar si no remarcar que la subsidiariedad es el fin de la libertad del individuo.
La subsidiariedad de forma sibilina propone seguridad a cambio de libertad. Mantiene las apariencias, las retuerce pero muy pronto niega la libertad. Por un lado, dicen: yo te doy un subsidio de paro, monto unas fiestas fastuosas, convoco miles de plazas de funcionario pero, soy yo quien lo hace. O, yo te prometo un país de mitológico cuyo sentido de ser es una raza/cultura/historia/aspiración diferencial. Es una versión actualizada de pan y circo de los romanos. Futbol y pago por desempleo para todos.
Por otro, te otorga derechos. Qué cosas, éste o aquel parlamento me otorga derechos a mí, que le he nombrado. Deberíamos ser los individuos los que les dictáramos los derechos de los que podían disponer para cada legislatura.
Una vez que el debate sobre los derechos intrínsecos se acaba, empiezan a inventarse nuevos derechos que solo el estado puede garantizar y desde ese punto empiezan a vulnerar los derechos fundamentales. El derecho a la vida es un ejemplo claro. Cuando la sociedad considera el derecho a la vida como algo propio, una vez posado en la conciencia este concepto, el ataque viene realzando otros pseudoderechos que acaba vulnerando el verdadero derecho, por ejemplo, el derecho a la vida se ve agredido por el derecho a abortar, el derecho de los hijos y parientes a acabar con la vida de su familiar cuando se convierte en un estorbo. Todo ello con bellas palabras pero ocultando brutales conceptos que con otra denominación y con otro tempo, habrían sido rechazados. Cuando el individuo es la unidad de medida, cuando somos creaturas de Dios, todo lo demás no es posible.
El estatalismo, el subsidiarismo que es la forma en la que el estado domina al individuo es imposible si todos somos conscientes de que somos hijos de Dios, desde el gobernante hasta el más mínimo e indefenso de los gobernados.
El riesgo opuesto es el individualismo egoísta que puede llevar a la insolidaridad y el salvajismo. De eso, en otro blog, que también tiene tela que cortar.