La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Queridos franciscanos de María, el Evangelio de esta semana nos invita a amar a Dios y a amar al prójimo. Pero no sólo eso: nos invita a amar al prójimo por amor a Dios. Es decir, nos recuerda que nosotros no sólo tenemos motivaciones humanas (la compasión que nos da ver a alguien sufrir o el instinto que nos lleva a querer a los nuestros), sino que además tenemos motivaciones religiosas. Para nosotros esto es especialmente importante, pues constituye uno de los puntos de nuestra espiritualidad, con el cual hacemos frente decidida y abiertamente al secularismo. El secularismo, como sabéis, intenta quitar a Dios de la vida del hombre, tanto de la vida pública como de la privada. Lo hace, entre otros modos, alegando que hay que hacer las cosas sólo por humanismo, por sentimientos humanitarios. No se plantea la cuestión de qué hay que hacer cuando esos sentimientos son débiles y no tienen la fuerza suficiente para hacerte obrar o cuando, simplemente, no existen. Por eso cada vez se ama menos, pues todos parecen haber optado por hacer las cosas sólo cuando les apetezca. Nosotros, en cambio, introduciendo el agradecimiento en nuestra motivación, tenemos una fuerza poderosísima para hacer el bien y evitar el mal; ya no queremos obrar sólo por los motivos humanitarios –aunque si están son bienvenidos-, sino que queremos obrar por amor al Señor, que nos ha amado tanto y nos sigue amando con un amor rico en misericordia. Por lo tanto, esta semana, no sólo debemos plantearnos lo que tenemos que hacer –amar a Dios y amar al prójimo-, sino el por qué debemos hacer eso. Tenemos que amar al prójimo por amor a Dios. Ese “por ti, Jesús”, que ponemos siempre a la hora de hacer cualquier cosa es lo decisivo y en lo que tenemos que entrenarnos durante estos siete días de una forma especial.
Además, este domingo la Iglesia celebra la Jornada del Domund. Es un buen momento para reflexionar sobre el valor inmenso de la fe y también sobre si nosotros le damos a la fe ese gran valor. Sentimos compasión ante el hambriento, ante la víctima de la guerra o de la violencia doméstica; nos conmueven los niños golpeados o aquellos que no pueden subsistir debido a las circunstancias en las que viven. Pero, ¿nos conmueven también los millones de personas, sobre todo de jóvenes, que están lejos de Dios y que, por ello, han perdido el sentido de su vida y se hacen daño a sí mismos además de hacérselo a los demás? Quizá incluso nosotros, católicos practicantes, no damos la debida importancia a la fe y lo consideramos algo secundario, cuando en realidad es lo más importante. El mayor don que yo puedo darle a alguien es el de ayudarle a encontrarse con Cristo, pues ese ha sido y es el mayor de los dones que yo mismo poseo. Amemos al prójimo, pues, por amor a Dios y manifestemos nuestro amor haciendo lo posible –con la oración, con el ofrecimiento de nuestros dolores, con el testimonio o con la palabra- para también él se encuentre con Jesucristo, crea en Él, le ame y le siga.
En cuanto al tema de formación, esta semana ha sido rica en acontecimientos. En España, por ejemplo, estamos expectantes ante el verdadero significado del anuncio de ETA de que dejará de matar. Sin embargo, creo que para todos lo más importante es el documento del Papa convocando a un Año de la Fe. Sobre esto he escrito el artículo que os adjunto y he grabado el comentario de la Actualidad Semanal que pronto estará en nuestra televisión: www.magnificat.tv.
Que Dios os bendiga siempre.
P.Santiago