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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Cartas del Padre Santiago: 23 de enero 2012

Dibujo

 

Queridos franciscanos de María, el evangelio de este domingo nos ofrece, como una instantánea fotográfica, el momento en que Jesús llamó a los primeros apóstoles. Personalmente, lo que más me llama la atención fue la respuesta de estos: el hecho de que, como dice el texto, "inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron". "Inmediatamente". ¡Qué palabra! Ahí está contenido todo. No hubo regateo. No hubo un intento de conseguir lo mismo pagando menos. No hubo excusas. No hubo el "vuelva usted mañana", o su equivalente "ya me convertiré cuando sea viejo". No hubo tampoco eso de "¿y no te conformarías con que fuera un buen laico casado?". Inmediatamente. Sin discusiones. Sin poner pegas. Sin retrasos. Inmediatamente lo dejaron todo y le siguieron, y eso que lo dejaban no era malo: un buen trabajo honrado y una familia ya creada como en el caso de Pedro o por crear como en el de Juan.

 

                Pero, ¿por qué? Sin duda que Jesús tenía tal fuerza, tal atractivo, que debía ser dificilísimo resistir a su llamada. Sin embargo, hubo quien lo hizo, como le sucedió más tarde con aquel cuyo nombre ignoramos y que ha pasado a la historia con el apelativo de "el joven rico". Por lo tanto, también Pedro, Juan, Santiago, Mateo y los demás podían haber hecho lo mismo. También ellos podían haberle dicho a Jesús: "Mira, estoy muy ocupado ahora y, además, ya tengo mis planes, que por cierto no son malos; pídeselo a otro, a alguien a quien no le gusten las mujeres, o que no sueñe con ser médico, o piloto, o, simplemente, millonario". Pero no lo hicieron. De forma inmediata, lo dejaron todo, sus realidades presentes y, lo que era aún más difícil, sus sueños para el futuro. Lo dejaron todo y le siguieron.

 

                ¿Por qué, pues, sucedió esto? Sin duda había ingredientes que fueron decisivos en aquella respuesta valiente y generosa. La gracia de Dios fue el primero de ellos, pero sin duda que también actuó sobre el joven rico y éste no la secundó. Además de la gracia hubo otra cosa: la calidad humana de aquellos, su profunda religiosidad, su bondad y generosidad; eran personas con el alma grande, que se dieron cuenta enseguida de que lo que se les estaba ofreciendo era una gran oportunidad para su vida. Pero esa oportunidad maravillosa no consistía en un sueldo magnífico en la capital del reino, o en un trabajo de relumbrón, o en una actividad humana que les proporcionara aventuras y les permitiera salir de su vida monótona de pescadores. Jesús lo expresó muy bien en lo que le dijo a San Pedro: "Desde ahora serás pescador de hombres". Pescar aquellos peces espinosos y bastante insípidos del lago no estaba mal; era un trabajo honrado y, a pesar de sus riesgos probablemente los que lo ejercían lograban llevar un vida modesta pero digna; pero al fin era eso: pescar peces; con ellos se alimentaba a los hombres y eso era ciertamente un servicio, y se ganaba algo de dinero con el que sacar adelante a la familia, y se esperaba la hora en que un accidente en el lago o la mera vejez pusiera fin a una vida como tantas otras. En cambio, lo que Jesús ofrecía no tenía nada que ver con eso, y no porque les hablara de aventuras o de riquezas o de poder; ni siquiera el patriotismo nacionalista fue lo que les movió a seguirle, suponiendo que le hubiesen visto desde el principio como el Mesías liberador de la esclavitud impuesta por los romanos. Lo que Pedro, Andrés, Santiago, Juan y los demás captaron enseguida era que su vida podía entrar en una aventura maravillosa, única, irrepetible si seguían a Jesús y colaboraban con él. De pescar peces a "pescar" hombres había una enorme diferencia. Y, simplemente, eligieron la mejor parte. Esa mejor parte consistía en vivir con Jesús -¡qué tres años debieron ser aquellos!- y en poder decir después que le habían visto y oído, que habían comido y reído con él, que le habían visto llorar por un amigo muerto, que le habían visto hacer milagros porque su compasión se le salía por los ojos, que le habían visto morir e incluso perdonar a sus asesinos y, sobre todo, que le habían visto resucitado. ¿Había negocio mejor que ese? ¿Había oficio mejor? ¿Acertó o no Pedro cuando dejó su barca para convertirse en el primero de los apóstoles? ¿Quién le conocería hoy si no lo hubiera hecho? ¿Cuántos se habrían perdido si él no hubiese aceptado ser la roca sobre la que había de edificarse la casa de la Iglesia?

 

                Por eso, tenemos que acercarnos a Jesús sin miedo. No temas lo que pueda pedirte. Baja las barreras defensivas. Si tienes planes y Él te los cambia, no los añores; es lo mejor para ti y, a través tuyo, para tantos que encontrarán contigo la felicidad de estar con Él. Elije la mejor parte: seguirle a Él en el camino de la santidad, pida lo que pida.

 

                Contad con mi oración y mi bendición. Cuento con la vuestra.

                P.Santiago

 

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