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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual Menual: La Virgen Maria XXXI Enero 2012

Cuarta semana

 

María Desolada.

 

                Cuando voy al Vaticano siempre hago mi primera parada dentro de San Pedro ante la imagen de la Virgen de Miguel Ángel, conocida como “la Pietá”. Apenas cruzar el umbral, a la derecha, como dando la bienvenida al peregrino y recordándole que aquel edificio majestuoso se edificó sobre la fe en el amor de un Dios que murió para salvar a los hombres y sobre la fe en el amor de una mujer, Madre de Dios, que no abandonó a su Hijo en la lucha por la redención.

 

                Miguel Ángel consiguió, con esa escultura, no sólo la perfección en su trabajo de dominar la piedra, sino, sobre todo, expresar un cúmulo de sentimientos que sin duda la Virgen llevaría dentro y que quedan reflejados maravillosamente en el mármol blanco de que está hecha la estatua. La juventud de María, casi de la edad del Hijo que sostiene, muerto, sobre sus rodillas, es evidentemente irreal. Pero es, a la vez, auténtica, pues representa a una maternidad que no envejece nunca, pues nunca, hasta el momento de su muerte, las madres dejan de serlo de sus hijos, por mayores que sean ellas y ellos. Luego está, entre tantos detalles que se pueden destacar de esta impresionante escultura, el gesto de la mano de la Virgen, suspendido en el aire, como preguntándole al cielo el por qué ha ocurrido todo, prolongando en silencio la pregunta que el Hijo hizo poco antes de morir. “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Por último, el hecho mismo de que sean las rodillas de María las que sirvan de trono al Hijo muerto. A esas rodillas se subió Jesús cuando era un niño para jugar con su mamá, para, desde allí, ver el mundo. En esas rodillas debió apoyar su cabeza más de una vez, cuando de adolescente se preguntaba cuándo llegaría la hora de dejar la paz de Nazaret para lanzarse a los caminos del mundo. Nunca, ni de vivo ni de muerto, tuvo el Hijo de Dios un trono más noble, más valioso. Ni el oro ni las piedras preciosas pueden compararse a las rodillas de una madre. De hecho, cuando todo falló, sólo la madre siguió ahí, ofreciéndole al Hijo el don de su amor gratuito, un amor que no espera nada a cambio porque encuentra en el mismo amor el pago merecido.

 

                María Desolada, María que acoge en sus brazos al Hijo muerto, al Hijo descendido de la Cruz ya cadáver. María que ya no tiene, aparentemente, nada por lo que luchar y que recibe, después de tantos años de esfuerzo y de sacrificio, un destrozo humano, un cuerpo torturado, una bandera desgarrada, una promesa aparentemente incumplida, un ideal fracasado. María del Descendimiento, María del sepulcro, María de las últimas horas del Calvario, que lleva consigo la nada de la muerte, la impotencia de no haber podido ayudar al ser más querido, la sensación de inutilidad y de fracaso más absoluta.

 

                ¡María, cómo te pareces ahí, al pie de la Cruz y con tu Hijo muerto en los brazos, a todas esas madres de la historia, del pasado, del presente y del futuro, que han visto morir a sus criaturas sin poder evitarlo! ¡Cómo te pareces a las madres que tienen un hijo en la droga y no logran que salga de ella! ¡Cómo me recuerdas a las que he conocido con un hijo enfermo de sida! ¡Y a esas otras que ven que sus hijos fracasan en los matrimonios, que están en el paro, que son alcohólicos, que han perdido la fe!

 

                Y me pregunto, ¿cómo no sentir a María próxima, cercana, como uno de los nuestros, cuando su experiencia ha sido la misma que la nuestra, cuando ella ha conocido más que nadie el dolor, el abandono, la desesperación, la impotencia, el fracaso?. María Desolada, María del Descendimiento, tú que sabes lo que es sufrir, tú que has probado el amargo sabor de la derrota y de la desesperación, ayúdanos a ser como tú, a no rendirnos, a seguir luchando, a creer que, a pesar del testimonio elocuente del fracaso, todavía es posible la victoria.

 

                Porque María Desolada fue, sobre todo, eso: la victoria del amor por encima de la lógica de la razón. Cuando el cuerpo muerto del Hijo gritaba que ya no había esperanza, ella no tiró la toalla de la fe ni del amor. Acogió aquellos despojos, les dio el amor que necesitaban y siguió creyendo en la palabra de su Hijo, en la promesa de su Hijo. Ella, la Desolada, era más que nunca la creyente, la esperanzada, la triunfadora.

 

Propósito: Agradecerle a Dios por el ejemplo que nos ha dejado la Virgen y que nos es tan importante cuando nos parece que ya no hay remedio para nuestros problemas.

 

 

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