La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote
Un grito a favor de la paz. No un grito desesperado, ciertamente. Pero un grito al fin. Una y otra vez eso es lo que ha hecho el Papa Benedicto XVI, en cada uno de sus discursos, durante la visita al Líbano. Ha hablado del perdón, de la tolerancia entre las religiones, del ejemplo que los libaneses pueden ofrecer a toda la región, de la importancia de aceptar las legítimas diferencia sin pretender eliminar al que es distinto. Se ha compadecido de los que sufren las consecuencias de la violencia, la ha condenado de la manera más tajante. Y sobre todo, una y otra vez, ha pedido a todos el mayor de los esfuerzos por la paz.
Aunque ha citado a Siria y no a Irán, en la mente de todos estaba no sólo el sangriento conflicto que desgarra a la nación vecina al Líbano, sino también la posible guerra que puede estallar entre Israel y sus aliados -sobre todo Estados Unidos- y los iraníes a cuenta de la posible adquisición por éstos de la capacidad de fabricar bombas atómicas. De hecho, en uno de sus últimos discursos, el Papa ha llegado a afirmar que "quien quiere construir la paz debe dejar de ver en el otro un mal que debe eliminar". Una clara alusión a las reiteradas amenazas de los dirigentes iraníes, que continuamente hablan de eliminar a Israel.
¿Tendrá éxito el Papa? ¿Cesará la sangrienta guerra civil en Siria? ¿Se evitará la guerra contra Irán? O, incluso, ¿conseguirá que la primavera árabe respete los derechos de las minorías cristianas que viven en países como Libia, Egipto o Irak? Son interrogantes para los que no tenemos ahora mismo una respuesta. Pero, en cualquier caso, el vicario de Cristo ha hecho lo que tenía que hacer. Como el pastor solícito, se ha metido en la boca del lobo, ha desafiado las amenazas de los violentos -en un momento tan delicado como el actual, con todo el mundo musulmán en llamas tras el vídeo ofensivo contra Mahoma-, se ha hecho presente ante los cristianos perseguidos y ha clamado emotiva e insistentemente por la paz. Esto, en sí mismo, ya es un éxito. Ha hecho lo que tenía que hacer. Ahora son los demás los que tienen que hacer su parte. Si, al final, hay guerra, nadie podrá decir que la Iglesia católica no hizo todo lo que pudo por la paz y la reconciliación. Nadie podrá acusarnos de ser instrumentos de violencia, de alentar nuevas cruzadas, de azuzar el odio o la venganza. Benedicto XVI, el Papa de la paz, ha demostrado lo contrario.