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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Filioque

Una de las razones que separan (tristemente) a la Iglesia católica de las ortodoxas, es el tema del "filioque". Dicha palabra latina significa «y del Hijo». Este pequeño matiz aplicado en un detemrinado lugar (el credo) es una de las cuasas más importantes de una separación que nunca debiera haberse dado y que rezo porque termine pronto.

 

La primera versión de Credo se fijó en el Primer Concilio Ecuménico celebrado en Nicea en 325. En el se afirmaba la creencia en el Espíritu Santo. El Credo niceno ampliado por el Segundo Concilio Ecuménico, celebrado en Constantinopla en 381, fue en el que se estableció, siguiendo lo dispuesto en el Evangelio de Juan (15,26b), que el Espíritu Santo “procede del Padre”. En el año 397, durante el primer Concilio de Toledo, se produjo la añadidura del término Filioque, por lo que el Credo pasaba a declarar que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”.

 

La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). (CIC)

 

Diría el beato JPII:

"En cuanto a la procesión y al origen del Espíritu Santo del Hijo, los textos del Nuevo Testamento, aún sin hablar de ella abiertamente, ponen de relieve relaciones muy estrechas entre el Espíritu y el Hijo. El envío del Espíritu Santo a los creyentes no es obra sólo del Padre, sino también del Hijo. En efecto, en el Cenáculo, tras haber dicho: “El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre” (Jn 14, 26), Jesús añade: “Si me voy, os lo  enviaré” (Jn 16, 7). Otros pasajes evangélicos expresan la relación entre el Espíritu y la revelación realizada por el Hijo, como en los que Jesús dice: “Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Jn 16, 14-15). El evangelio dice claramente que el Hijo ―no sólo el Padre― “envía” al Espíritu Santo; más aún, que el Espíritu “recibe” del Hijo lo que revela, pues todo lo que tiene el Padre es también del Hijo (cf. Jn 16, 15)."

 

En el Concilio de Florencia (1439) encontramos una puntualización importante: “Los latinos afirman que diciendo que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo no pretenden excluir que el Padre sea la fuente y el principio de toda la divinidad, es decir, del Hijo y del Espíritu Santo; ni quieren negar que el Hijo tenga del Padre (el hecho) que el Espíritu Santo procede del Hijo; ni consideran que existan dos principios o dos espiraciones, sino que afirman que es único el principio y única la espiración del Espíritu Santo, como hasta ahora han asegurado”. “Declaramos que lo que afirman los santos Doctores y Padres, ― que el Espíritu Santo procede del Padre por medio del Hijo― tiende a hacer comprender y quiere significar que también el Hijo, como el Padre, es causa, según los griegos,  principio, según los latinos, de la subsistencia del Espíritu Santo. Y, dado que todas las cosas que son del Padre, el Padre mismo las ha dado al Hijo con la generación, menos el ser Padre: esta misma procesión del Espíritu Santo del Hijo, el Hijo mismo la tiene eternamente del Padre, del que también ha sido engendrado eternamente”.

 

Esta puntualización llegó algo tarde, pues desde el año 1054 la separación era real y a las diferencias doctrinales había que sumar las políticas y una cierta animadversión histórica.

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