La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Segunda semana
Saciar la sed de Dios.
Apenas había terminado Cristo de expresar aquel mandato-ruego a su Madre, por el cual ésta se convertía en madre de los discípulos, madre de todos los que quieran acogerse a su protección incluidos los pecadores, el Señor expresó una necesidad más prosaica. Se había desangrado tanto que no podía más y suplicó que le dieran de beber. “Tengo sed”, dijo. Inmediatamente, un soldado, piadoso, se acercó y con una lanza le acercó a la boca una esponja empapada en vinagre; no era precisamente agua cristalina, pero dicen los expertos que servía más que ésta para aliviar la sed espantosa que debió sentir Nuestro Señor, casi desangrado como ya estaba.
Un poco más tarde, cansados los soldados de tener que hacer guardia allí, cuenta el Evangelio que se fueron acercando a los tres crucificados y que a dos de ellos les rompieron las piernas. No se trataba de una medida de crueldad gratuita, por muy dolorosa y terrible que fuera. Buscaban acabar con su vida lo antes posible. En el caso de Cristo, estaba ya tan cercano a la muerte que no le sometieron a ese espantoso suplicio, sino que le clavaron una lanza en el costado. El Evangelio añade que de él salió sangre mezclada con agua. La Iglesia ha interpretado siempre esta unión de esos dos líquidos como un símbolo: la sangre es la aportación de Cristo a la redención y el agua la aportación de los hombres. La sangre es la práctica totalidad, mientras que el agua, casi testimonial, nos ayuda a sentirnos también útiles, por más que sepamos que la redención se la debemos, gratuita e inmerecidamente, al Señor, al Salvador.
Todo eso lo vio María. ¿Es capaz alguien de imaginar la medida de su sufrimiento? ¿Qué sucedería con cualquier madre que viera morir en esas condiciones a su hijo, que le oyera pedir agua mientras se desangra y viera que le dan vinagre, que viera ir hacia él a un soldado para romperle las piernas como había hecho ya con sus compañeros y que luego, como el que hace un favor, se conformara con clavarle la lanza en el costado?
¡Qué inmenso dolor, qué gran suplicio el que tuvo que soportar María al pie de la cruz! Pero, ¿por qué estaba allí? ¿por qué no se encontraba lejos, en Betania, rezando? Se podría haber ahorrado todas aquellas escenas, todo aquel sufrimiento añadido. ¿Por qué, pues, no salir corriendo?
Y, sin embargo, ¿cabe imaginar siquiera que María pudiera estar en otro sitio, en aquel momento, que al pie de la cruz? Sólo la posibilidad de que su Hijo abriera los ojos y la viera, sólo la posibilidad de que su presencia allí pudiera llevarle algo de consuelo, merecía la pena y justificaba el sufrimiento terrible que significaba para la Virgen presenciar lo que estaban haciendo con Jesús.
Ella no quería ir a otro sitio, y no porque la gustara sufrir, sino porque deseaba amar. Su sitio era aquel, al pie de la cruz, para poner su hombro bajo el peso que destrozaba la espalda del ser amado y aliviar, aunque fuera sólo levemente, el enorme sufrimiento que Cristo padecía.
Por lo demás, aquel grito de Jesús con el que expresaba su sed, era también una petición de otro tipo de bebida. “Tengo sed”, está escrito en las humildes capillas de los hogares de la Madre Teresa. “Tengo sed”, que significa que el Señor está siempre sediento de nuestro amor, de nuestro corazón, de nuestra fidelidad. Y María, antes incluso que el soldado le acercara el vinagre a la boca, le dio de beber con su presencia. Jesús tenía sed de consuelo y ella estaba allí para dárselo, por grande que fuera el precio que debía pagar por ello. Jesús tenía sed de compañía -como había expresado horas antes en el huerto de los olivos- y la Madre no estaba dispuesta a quedarse dormida como hicieron los apóstoles mientras su Hijo moría, solo y crucificado, rodeado únicamente de enemigos aulladores.
Y, por si fuera poco, alguien debía recoger el agua mezclada con la sangre que salía de su costado. Ella, que no había podido disfrutar de la Eucaristía, sí que estaba allí para ser compañera en el martirio. Ella estaba presente donde hacía falta, no para mandar sino para servir, no para ser la primera en los honores sino para ser la primera en el amor.
Propósito: Agradecer a Dios que María, en nombre de la Humanidad, estuviera donde debía estar y cuando debía estar.