El dogma de la Inmaculada Concepción, también conocido como Purísima Concepción, es un dogma de fe del catolicismo que sostiene la creencia en que María, madre de Jesús, a diferencia de todos los demás seres humanos, no fue alcanzada por el pecado original sino que, desde el primer instante de su concepción, es decir, de su ser personal, estuvo libre de todo pecado.
"Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano. Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia, y que además, si osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho." Bula “Ineffabilis Deus”, de 7 de diciembre de 1854.
La especial relación entre España y la creencia en la Inmaculada Concepción de María la explica muy bien Messori:
Tras el fin de la Reconquista y la unificación de las Españas (a la que se someterá Portugal, también en línea con el entusiasmo «inmaculista»), los reyes enviaron en varias ocasiones embajadas a Roma para obtener de la Santa Sede la proclamación del dogma. Se convirtió en una verdadera cuestión de Estado, y no sólo por la devoción sincera de los mismos soberanos, sino también por razones de orden público. En efecto, estallaban tumultos cada vez que algún incauto predicador (normalmente un dominico) afirmaba que también María, como toda persona humana, había nacido con el pecado original. En Sevilla hubo incluso una revuelta cuando un hermano «provocador» sostuvo una tesis paradójica: María habría ido al infierno, si hubiera muerto antes del nacimiento de Jesús...
Los reyes de España (sobre todo en el siglo XVll), a través de embajadores ordinarios y extraordinarios, hacían presente a los Papas que el fermento crecía: consejos municipales se reunían para expresar el «voto de sangre» en nombre de toda la ciudad; lo mismo hacían las universidades y las asociaciones profesionales. Para enseñar en las escuelas o para detentar un cargo público era necesario jurar la creencia en la Inmaculada Concepción.
Los Papas conocían la situación, pero se negaban a decidir una cuestión teológica, aún no completamente aclarada, bajo las presiones de la plaza. Así, a la delegación enviada por Felipe III a principios del siglo XVII, se le concedió sólo lo que se podía conceder: el Papa Pablo V promulgó un decreto que prohibía negar en público la Concepción Inmaculada, aun autorizando la continuación de la investigación y comparación entre las escuelas de religiosos.
El pueblo español hizo fiesta, pero hizo saber inmediatamente que no le bastaba. También porque la Inquisición (dominica, como sabemos) pareció interpretar inmediatamente esta concesión papal a favor de una de las dos partes que se enfrentaban. Así, desde España se enviaron otras delegaciones oficiales a Roma, hasta que —en 1661— se obtuvo de Alejandro VII la imposición de silencio a los detractores de la Purísima, incluso en las discusiones privadas. Además, en España y en todas sus posesiones, el 8 de diciembre se reconoció como fiesta de precepto.
Más tarde, la Inmaculada Concepción —junto a san Jacobo, Santiago— se convirtió oficialmente en la patrona de la nación. El pueblo sentía cada concesión sucesiva como una victoria suya: se organizaban grandes fiestas espontáneas, con las corridas correspondientes, en cuanto los mensajeros de Roma traían alguna noticia juzgada positiva para la causa de la Inmaculada.
En el XI Concilio de Toledo el rey visigodo Wamba ya era titulado «Defensor de la Purísima Concepción de María», abriendo una línea de fieles devotos entre los reyes hispanos. En la segunda mitad del siglo XIV, Juan I, rey de Aragón, por edicto propio había establecido que en sus territorios, arrancados al yugo musulmán, se celebrara cada año «con gran solemnidad» la fiesta de la Inmaculada Concepción. hábito religioso. Éste, según la santa, se lo había sugerido la Virgen misma durante una aparición: túnica blanca y toca azul. Son los mismos colores que tendrá la Inmaculada de Lourdes En 1489, la princesa de sangre real Beatriz de Silva, proclamada después beata, fundó el primer convento de las Concepcionistas, importantes no sólo por ser las primeras religiosas instituidas bajo el nombre de la Purísima, sino también por su hábito religioso. Éste, según la santa, se lo había sugerido la Virgen misma durante una aparición: túnica blanca y toca azul. Son los mismos colores que tendrá la Inmaculada de Lourdes (Pareció ser aprobada precisamente la misma fórmula teológica hasta el punto de que aquel 25 de marzo de 1858 la Virgen se definió a sí misma como «Inmaculada Concepción»). María Inmaculada fue proclamada Patrona de España por el papa Clemente XIII, mediante la bula “Quantum Ornamenti”, de fecha 25 de diciembre de 1760. España celebra a la Inmaculada como patrona y protectora desde 1644,(más de 200 años antes de ser decretado por la bula) siendo el 8 de diciembre fiesta de carácter nacional. Durante la celebración de dicha festividad, los sacerdotes españoles tienen el privilegio de vestir casulla azul. Este privilegio fue otorgado por la Santa Sede en 1864, como agradecimiento a la defensa del dogma de la Inmaculada Concepción que hizo España.
No está de más recordar las palabras del beato cardenal Newman:
«Si echamos un vistazo a Europa, veremos que han dejado de adorar a su Divino Hijo, pasando a un banal humanismo, no los pueblos que se han distinguido por la devoción a María, sino precisamente aquellos que han rechazado tal devoción. Se ha extinguido el celo por la gloria del Hijo allí donde éste no estaba ya unido al ardor en la exaltación de la Madre. Los católicos, que fueron, aunque injustamente, acusados de adorar a una criatura en lugar de al Creador, lo siguen adorando. Mientras que sus acusadores, que habían pretendido adorar a Dios con mayor "pureza", han dejado de adorarlo».