El Evangelio no nos dice nada acerca del momento en que debió morir San José. Sólo sabemos que cuando Jesús inició su vida pública, más o menos a la edad de treinta años, su padre adoptivo había fallecido. Por lo tanto, fue en algún momento a lo largo de los años en que Jesús vivió en Nazaret que José pudo descansar en el seno del Padre y gozar de los premios prometidos por Dios a quien, como él, fue calificado como un “varón justo”.
De la muerte de José se deduce, por consiguiente, que la Santísima Virgen desde ese instante quedó viuda. Viuda y acompañada durante una temporada por su único hijo. Viuda, después, que debió aprender a vivir en soledad cuando a Jesús le llegó la hora de dejar el hogar y empezar a cumplir la misión para la cual había venido al mundo.
La muerte de José tuvo que ser muy dura para la Virgen. Algunos, piadosamente, han querido ver en el padre adoptivo de Jesús a un venerable anciano que no despertaba en el corazón de María más que una filial ternura. No me atrevo a decir que ese planteamiento es erróneo, porque, simplemente, no hay datos que indiquen cómo fueron en realidad las cosas. De todos modos, prefiero pensar que los dos esposos se quisieron con un amor auténtico y que ese amor, por ser el que dos creyentes se tenían entre sí, incluyó el respeto a la decisión de consagración que la Virgen había hecho y que, probablemente, José también asumió.
María y José, una pareja singular, ciertamente, pero no tanto como para no tener entre ellos un fuerte lazo de amor. Lo que pasa es que hoy, tan acostumbrados como estamos por las películas a que a los cinco minutos de que un chico conoce a una chica ya están los dos en la cama, nos resulta muy difícil aceptar que las cosas hayan podido ser de otra manera alguna vez a lo largo de la multisecular historia del ser humano. En realidad, para convencernos de que lo normal no es lo de ahora, basta con que preguntemos a cualquiera que peine canas y nos dirá que, efectivamente y no hace mucho, lo de la castidad no era una originalidad ni una rareza, como es hoy, sino que era lo más normal y lo que la mayoría practicaba.
María debió sufrir mucho con la muerte de José. Había sido para ella, siempre, una persona buena y leal, un amigo, un confidente, un apoyo. María, forzosamente, debió echarle mucho de menos. Aunque tenía la certeza de que la muerte no era el final y que, lo mismo que había sucedido antes con sus padres, su marido iba a disfrutar de la compañía de Dios en el cielo, no por eso dejó de sentir su ausencia. Tanto más cuanto se acercaban los momentos en que debían empezar a ocurrir las cosas que se habían estado preparando desde el nacimiento de Jesús y ella se iba a encontrar sola para afrontarlas. ¡Qué enorme apoyo hubiera representado para la Virgen tener a su lado a José cuando Jesús se marchó de casa y no digamos cuando empezaron a llegar noticias contradictorias sobre su actividad!
¡Cómo se parece esta mujer viuda, fuerte y frágil a la vez, a tantas y tantas de nuestros días!. Conozco varios casos en los que ellas -a veces ellos- tienen que afrontar la difícil papeleta de la educación de los hijos sin tener el apoyo del marido. Se ven forzadas a hacer de madre y de padre. Y, para colmo, si fracasan en esa tarea educativa, se sienten tentadas de responsabilizarse por ello, como si no se dieran los mismos fracasos en familias donde los hijos han contado con la presencia de los dos progenitores.
María, que pasó por todas las etapas de un ser humano, es, en su viudedad, un punto de apoyo, una referencia, una fuente de consuelo, para los que tienen que vivir la última etapa de su vida en soledad. En una soledad que a veces está mitigada por la compañía de los hijos o de los nietos, pero que en otras ocasiones no cuenta ni siquiera con esos apoyos, y no porque no existan sino porque se han olvidado de aquella que tanto hizo por ellos.
Propósito: Agradecer a Dios por la disponibilidad de las personas que han enviudado y que son tan útiles para la propia familia y para la Iglesia, y no dejarlas solas.