La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.
Siete son los sacramentos. Cada cual tiene sus efectos. "Los sacramentos son signos sensibles (...) (que) realizan eficazmente la gracia que significan en virtud de la acción de Cristo y por el poder del Espíritu Santo". (1084 CIC) El sacramento de la penitencia, en concreto, según dice la "Lumen Gentium" "Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones".
¿Qué debe hacer el pecador para recibir el perdon divino? Según el Concilio ecuménico de Florencia (año 1439) "El cuarto sacramento es la penitencia, cuya cuasi-materia son los actos del penitente, que se distinguen en tres partes. La primera es la contrición del corazón, a la que toca dolerse del pecado cometido con propósito de no pecar en adelante. La segunda es la confesión oral, a la que pertenece que el pecador confiese a su sacerdote íntegramente todos los pecados de que tuviere memoria. La tercera es la satisfacción por los pecados, según el arbitrio del sacerdote; satisfacción que se hace principalmente por medio de la oración, el ayuno y la limosna. La forma de este sacramento son las palabras de la absolución que profiere el sacerdote cuando dice: Yo te absuelvo, etc.; y el ministro de este sacramento es el sacerdote que tiene autoridad de absolver, ordinaria o por comisión de su superior. El efecto de este sacramento es la absolución de los pecados." Es por tanto algo sencillo: Reconocerse pecador, hacerlo en voz alta y sin ambagues y reparar el daño. Mucho premio para algo tan sencillo.
¿Cuales son los beneficios tangibles? Según el CIC "El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, "tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual" (Concilio de Trento) y "Este sacramento reconcilia con la Iglesia al penitente. El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros."(1468,1469)
Pero ¿hay más? Sí, claro. Uno de las más maléficas características del pecado es que prepara nuestra alma para repetir la falta e incluso probar con faltas nuevas. El mal llama al mal. Por ello debemos cuidar nuestra alma para que esté alerta y en Gracia, no vayamos pasito a pasito adentrándonos en un ponzoñoso lodazal del que más nos cueste salir y dónde la necesaria reparación sea más difícil de realizar. Quien mantiene una saludable vida espiritual con frecuente confesión, reconoce abiertamente sus beneficios, la fuerza que encuentra para no pecar en gran medida, las ayudas con las que cuenta para minimizar las faltas y para reconocer sus fallos y volver al confesionario. No vuelve a uno más exigente, en el sentido de querer escudriñarse buscando de manera mortificante algo que echarse en cara, pero si vuelve a uno más capaz de decirse, "otra vez lo has hecho mal, esto hay que arreglarlo y debo luchar con más intensidad". El sacramento de la confesión no sólo perdona los pecados sino que confiere al penitente una gracia −llamada sacramental− apropiada para luchar contra los defectos y pecados confesados, por ello aún no siendo estrictamente necesario, conviee confesar también los pecados veniales, sobre todo aquellos recurrentes contra lo que se quiere luchar con especial ahínco.
Y tengamos todos claro que este sacramento no es cosa de cada cual, asunto particular; pues aunque sea un sacramento que se celebre de forma privada, en un bisbiseo en el confesionario, como ya dijo Juan Pablo II, "Pero, junto a los pastores, toda la comunidad cristiana debe quedar involucrada en la renovación pastoral de la Reconciliación. Lo impone el carácter eclesial propio del sacramento. La comunidad eclesial es el seno que acoge al pecador arrepentido y perdonado y, antes aún, crea el ambiente adaptado para el camino de regreso al Padre. En una comunidad reconciliada y reconcialiante los pecadores pueden volver a encontrar el camino perdido y la ayuda de los hermanos. Y, por último, a través de la comunidad cristiana puede volverse a diseñar un sólido camino de caridad, que haga visible a través de las buenas obras el perdón recibido, el mal reparado, la esperanza de poder encontrar todavía los brazos misericordiosos del Padre."