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La misión de los Franciscanos de María es vivir y difundir la espiritualidad del agradecimiento, ayudando a todos a comprender que ése es el corazón del Evangelio, aquello que Dios espera y tiene derecho a encontrar en el corazón del cristiano.

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Formación Espiritual del Mes, Noviembre de 2011 (Tercera Semana)

Tercera semana
 
La noticia.
 
En la vida nos dan continuamente noticias. De hecho vivimos en la era de la comunicación y cada día nos desayunamos con desgracias y alegrías que proceden de los lugares más diversos del planeta. Pero hay noticias que transforman nuestra vida, que cambian nuestra realidad de tal forma que se puede hablar de un antes y un después. Son noticias trascendentales, generalmente ligadas a acontecimientos dolorosos, pero también a veces a alegrías como el nacimiento de un hijo, por ejemplo.
Pensando en María, en aquella situación en que se encontraba, en Betania, acogida a la hospitalidad de Lázaro y sus hermanas, podemos imaginarla pasando en oración la noche del Jueves Santo. Su intuición de Madre, además de las palabras entre misteriosas y claras que le había dicho su Hijo al despedirse de ella, le hacían comprender que el momento definitivo estaba muy cerca, que podía ser en aquel mismo momento. Estoy seguro de que su relación espiritual con Jesús le hizo seguir paso a paso los grandes acontecimientos de aquella noche santa y terrible: la Eucaristía, la traición de Judas, el prendimiento, los malos tratos en la cárcel de Caifás. Estoy seguro de que ni siquiera se acostó aquella noche, porque ella sí supo acompañar a su Hijo con la oración mientras los apóstoles, tan bravucones, tan masculinos, dormían.
Por eso la noticia, que posiblemente llevó a Betania el joven y asustado Juan, no la pilló desprevenida. Fue, en verdad, una noticia que introdujo un antes y un después en su vida. Pero fue algo que ella sabía que, quizá, había sabido siempre, que había intuido desde aquella profecía de Simón y Ana precisamente cuando llevaron al Templo al recién nacido Jesús.
Ella sabía que su Hijo no había venido para ser un Mesías glorioso, un Mesías triunfador, un Mesías militar. Ella sabía que su Hijo tenía que pagar el precio del rescate y que eso suponía, inevitablemente, el dolor y la desgracia. Lo que no sabía era ni el cuándo ni el cómo. Aquella noticia que le llevaba Juan se lo decía. A la vez que le confirmaba esas intuiciones, le comunicaba que el momento había llegado. El momento para el que él, Jesús, se había estado preparando treinta y tres años. El momento para el cual ella, María, había sido elegida no sólo como madre que un día dió a luz a un ser humano sino como madre que sostiene en la prueba al Hijo querido.
Por eso la reacción de María no fue la que cabía esperar en una madre cualquiera a la que le comunican que a su Hijo le han detenido y que tiene muy pocas posibilidades de escapar con vida. Mientras en aquella casa todos se pusieron nerviosos y las lágrimas, los gritos, los aullidos casi se mezclaban con las carreras y los improperios, ella se recogió un momento en su interior y volvió a decirle al Padre lo que le dijo la primera vez, ante el ángel: “Soy tu esclava. Aquí estoy para hacer tu voluntad”.
María de la mala noticia. María de la desgracia. María que es una más de tantas madres y padres a los que les comunican que su hijo ha muerto en un accidente de tráfico, que se va a divorciar, que se ha quedado en el paro, que se droga, que tiene sida, que tiene, de una forma o de otra, la vida rota. María, que no llora, ni maldice, ni tan siquiera pregunta. María, que se recoge en oración y no pierde el tiempo en disquisiciones filosóficas -tan masculinas como el miedo-, sino que pide ayuda a Dios para que llene sus manos y su corazón de fuerza con que poder socorrer a su Hijo.
Sí, aquella noche terrible y magnífica del Jueves Santo, en la casa de Lázaro hubo varias sorpresas. Una fue la noticia que llevó Juan, de que habían detenido a Cristo en el huerto de los olivos. Otra fue ver el espectáculo de María, de la Madre, que en lugar de desesperarse se disponía a actuar: con la oración, con la presencia, con la fe, con la esperanza.
 
Propósito: Agradecerle a Dios la fe de María, verdadero ejemplo para nosotros, que ante una terrible noticia no se hunde, sino que se abandona en el Señor, confiando plenamente en Él.
 
 
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